– No puedo ni pensarlo. ¿Qué ha sucedido?
Virginia, al ver cómo se borraba la alegría de la cara de Alexa, lamentó haber dicho tanto. Hablando de Noel había olvidado que Alexa era su hijastra y se había permitido comentar sus problemas con toda libertad, como con una amiga intima. Una mujer de su misma edad. Y Alexa no era una mujer de su misma edad.
– No pongas esa cara de susto -dijo rápidamente-. No es para tanto. Es sólo que Edmund se empeña en enviar a Henry a un internado y yo no quiero. No tiene más que ocho años, es muy pequeño. Edmund sabe lo que pienso y, sin embargo, lo decidió todo sin consultarme y yo me enfadé. El tema se ha calentado de tal manera que no podemos ni hablar de él. Ni mencionarlo. Y cada uno sigue en sus trece. Es una de las razones por las que me llevé a Henry a Devon. Él sabe que va a ir a un colegio y que su padre y yo estamos enfadados. Yo procuro que se divierta y que todo parezca normal. Y nunca se me ocurriría decirle ni una palabra contra Edmund. Ya sabes cómo adora a su padre. Pero no es fácil.
– Pobre Henry.
– Sí. Pensé que le vendría bien pasar un par de días con Vi. Se llevan estupendamente, ya lo sabes. Con la excusa de comprar un vestido y verte a ti, vine a Londres a pasar un par de días. En realidad, no necesitaba el vestido, pero te he visto y me alegro de que mi viaje haya servido para algo.
– Pero ahora tienes que volver a Balnaid.
– Sí. Quizá todo se arregle.
– Lo siento. Pero lo entiendo. Sé cómo es papá cuando se le mete algo en la cabeza. Es como una pared de ladrillo. Así actúa en el trabajo. Seguramente, por eso le va tan bien. Pero no resulta fácil para el que está enfrente y tiene otra opinión.
– Exactamente. A veces pienso que sería más humano que por una vez en su vida, hiciera un buen disparate. Entonces tendría que reconocer que también puede equivocarse. Pero él nunca hace disparates ni tiene que reconocer nada.
Se miraron totalmente de acuerdo con expresión sombría. Y Alexa dijo sin convicción:
– Quizás a Henry le guste la escuela, una vez allí.
– ¡Oh! No sabes cuanto lo deseo. Por el bien de todos, especialmente por el de Henry, me gustaría estar equivocada. Pero temo que no sea así.
– ¿Y tú…? ¡Oh! Virginia, no te imagino sin Henry a tu lado.
– Eso es lo malo. Yo tampoco.
Buscó otro cigarrillo y Alexa decidió que era conveniente cambiar de conversación.
– Vamos a tomar una copa -sugirió-. Después de todo esto, a las dos nos vendrá bien. ¿Tú que quieres? ¿Un whisky?
Virginia miró el reloj.
– Tengo que irme. Felicity me espera para cenar.
– Hay tiempo. Y tienes que esperar a Noel. Ya no tardará. Ahora que sabes lo nuestro, quédate. Así, si lo conoces, te será fácil decir a papá lo bien que te ha caído.
Virginia sonrió. Alexa tenía veintiún años y ahora ya era una mujer con experiencia, pero seguía tan inocente como siempre.
– De acuerdo. Pero que no sea muy fuerte el trago.
Noel había comprado las flores a una florista ambulante cerca de la oficina. Claveles, guisantes de olor y una nube de mosquitera. No tenía intención de comprar flores, pero al verlas se había acordado de Alexa y retrocedió para echarles otro vistazo. La florista tenía ganas de irse a casa y le dio dos manojos por el precio de uno. Dos manojos hacían un buen efecto.
Ahora que vivía en Ovington Street, volvía a casa andando todas las tardes. Así tenía ocasión de estirar las piernas, y la distancia no era tan grande como para resultar fatigosa después de la jornada de trabajo. Resultaba agradable doblar la esquina sabiendo que aquella era ahora su calle.
Había descubierto que la vida doméstica con Alexa tenía muchas ventajas. No sólo había resultado una amante encantadora y dúctil, sino también la menos exigente de las compañeras. Al principio, Noel temía que pudiera mostrarse dominante y que controlase el tiempo que pasaba fuera de casa. Había soportado antes esas ansias de presión, que le hacían sentirse como si tuviera una piedra de molino colgada del cuello. Pero Alexa era diferente y no ponía mala cara si tenía que acompañar a cenar a algún cliente de fuera ni cuando iba al club a jugar al squash dos veces por semana.
Ahora sabía que cuando abriera la puerta azul la encontraría allí esperando oír la llave en la cerradura, y que subiría corriendo a la cocina a recibirle. Él se serviría una bebida para relajarse, se ducharía y cenaría opíparamente, después verían las noticias o escucharían música. Y finalmente se acostarían.
Apretó el paso. Subió las escaleras de dos en dos. Con las flores bajo el brazo, sacó la llave del bolsillo del pantalón. La puerta, bien engrasada, se abrió lentamente y enseguida percibió las voces por la puerta abierta del salón. Al parecer Alexa tenía visita. Lo cual era insólito porque desde que Noel se había trasladado a Ovington Street había mantenido a distancia a todas sus amistades.
– … me gustaría que te quedaras a cenar -decía. Cerró la puerta procurando no hacer ruido-. ¿No podrías telefonear a Felicity y darle cualquier excusa?
La mesa del recibidor estaba llena de paquetes caros. Dejó la cartera en el suelo.
– No sería correcto.
– Una mujer -Se paró un momento delante del espejo ovalado, doblando ligeramente las rodillas, y se alisó el cabello con la mano.
– Tenemos trucha a la almendra…
Entró en el salón. Alexa estaba en el sofá, de espaldas a él, pero la visita lo vio en seguida y sus miradas se encontraron. Tenía los ojos más asombrosos que había visto en su vida, de un azul intenso y brillante y con una mirada fría y retadora.
– Hola -dijo ella.
Alexa se levantó de un salto.
– Noel, no te he oído entrar -Estaba sofocada y un poco desaliñada, pero encantadora. Él le tendió las flores y se inclinó para besarla en el pelo.
– Hablabas muy entusiasmada -dijo, volviéndose hacia la visita, que se había puesto de pie. Era una rubia impresionante, alta y esbelta, con un vestido negro ceñido y un lazo de terciopelo negro en la nuca-. ¿Qué tal? Soy Noel Keeling.
– Virginia Aird -Su apretón de manos fue firme y amistoso y le pareció que desentonaba con aquella mirada brillante. Comprendió que Alexa le había hecho confidencias y que aquella soberbia criatura estaba al corriente de la situación. Situación que él debía dominar ahora.
– ¿Y usted es…?
– Mi madrastra, Noel -Alexa habló de prisa descubriendo que se sentía algo nerviosa e insegura-. Ha venido de compras y me ha hecho una visita sorpresa. Una grata sorpresa. ¡Oh! Que flores tan bonitas. Eres un encanto. -Aspiró voluptuosamente. ¿Por qué será que los claveles me recuerdan siempre la salsa de pan?
Noel miró a Virginia sonriendo.
– No piensa más que en la comida.
– Las pondré en agua. Estamos tomando una copa, Noel.
– Ya veo.
– ¿Quieres?
– Sí, claro, pero no te apures, me sirvo yo.
Los dejó y se fue camino de la cocina. Noel se volvió hacia Virginia.
– Siéntese, no quería molestar. -Ella se sentó cruzando con gracia sus largas piernas-. ¿Desde cuándo está en Londres y cuanto tiempo piensa quedarse?
Ella lo explicó. Una decisión súbita, una invitación de una vieja amiga. Tenía una voz grave, con un leve y atractivo acento americano. Había intentado hablar por teléfono con Alexa sin conseguirlo. Finalmente, había decidido presentarse sin avisar. Mientras ella hablaba, Noel preparó su bebida. Luego, se sentó en una butaca frente a ella. Observó que aquella mujer tenía unas piernas excepcionales.
– ¿Y cuándo regresa a Escocia?
– Mañana, quizás. O pasado.
– Oí que Alexa la invitaba a cenar. Me gustaría que se quedara.
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