– ¿Adónde, guapa?
Ya se había decidido.
– A Ovington Street.
No despediría el taxi hasta asegurarse de que Alexa estaba en casa. Si tampoco ahora la encontraba, iría directamente a casa de Felicity. Se sintió mejor cuando se hubo decidido. Bajó el cristal, se arrellanó en el asiento y pensó en quitarse los zapatos.
Era una carrera corta. Cuando el taxi entró en Ovington Street, Virginia se inclinó hacia delante buscando el coche de Alexa. Si el coche estaba, tenía que estar Alexa. El coche estaba. Era una furgoneta blanca con una franja roja, aparcada junto al bordillo delante de la puerta azul. Menos mal. Hizo una indicación al taxista y este detuvo el coche a mitad de la calle.
– ¿Puede esperar un momento? Voy a ver si hay alguien en casa.
– Vale, guapa.
Recogió sus compras y se apeó. Subió las escaleras y pulsó el timbre. Oyó ladrar a Larry y la voz de Alexa mandándole callar. Dejó los paquetes en el suelo, abrió el bolso y volvió atrás para pagar el taxi.
Alexa estaba en la cocina, batallando brevemente con los restos de su jornada de trabajo que había traído de Chiswick en la furgoneta. Sartenes, fiambreras de plástico, ensaladeras de madera, cuchillos, huevo hilado y una caja de cartón de botellas de vino llena de vasos sucios. Cuando todo estuviera limpio, seco y guardado, subiría a su habitación, se quitaría la arrugada falda de algodón y la blusa, se ducharía y se pondría ropa limpia. Después, prepararía una taza de té… Lapsang souchon con una rodaja de limón… sacaría a Larry y, a la vuelta, empezaría a pensar en la cena. De regreso de Chiswick se había parado en una pescadería y había comprado una trucha arco iris, la favorita de Noel. Asada, con almendras. Y quizá…
Oyó acercarse lentamente un taxi. Desde el fregadero, la visibilidad era escasa. El taxi paró. Una voz de mujer. Un taconeo en la acera. Alexa, que estaba aclarando un vaso bajo el grifo, esperó, con el oído atento. Sonó el timbre.
Larry, que odiaba el timbre, prorrumpió en una romanza de ladridos. Alexa, molesta por tener que interrumpir su trabajo, no sintió más entusiasmo que el animal. ¿Quién diablos podía ser?
– ¡Cállate, pesado! -Dejó el vaso, se quitó el delantal y subió a averiguar quien llamaba. Ojalá no fuera nadie importante. Abrió la puerta y vio un montón de paquetes de tiendas caras. El taxi dio la vuelta y se alejó. Y…
Alexa ahogó una exclamación. Su madrastra. Con ropa de ciudad pero perfectamente reconocible. Llevaba un vestido negro, una chaqueta roja y unos zapatos de charol y su cabeza, recién salida de las manos de algún gran artífice, exhibía un nuevo peinado, con todo el pelo recogido en la nuca por un gran lazo de terciopelo.
Su madrastra. Con un aspecto fantástico, pero sin anunciarse ni ser esperada. Las consecuencias de la visita ahuyentaron de su cabeza todos los pensamientos menos uno.
Noel.
– Virginia
– No vayas a morirte del susto. Hice esperar al taxi porque pensé que quizás no estuvieras en casa -Le dio un beso-. He estado de compras -explicó innecesariamente, y se agachó a recoger los paquetes. Alexa, haciendo un esfuerzo, se sobrepuso y la ayudó.
– Es que ni siquiera sabía que estabas en Londres.
– Sólo durante un par de días -Lo dejaron todo en la mesa del recibidor-. Y no digas que por qué no te he llamado, porque desde ayer por la noche no he hecho otra cosa. Pensé que a lo mejor te habías ido fuera.
– No -Alexa cerró la puerta-. Pero ayer cenamos… ayer cené fuera y hoy tenía que servir un convite y no he vuelto hasta ahora mismo. Estaba fregando los cacharros. Por eso estoy hecha una facha.
– Estás estupenda -Virginia la observó-. ¿Has adelgazado?
– No lo sé. Nunca me peso.
– ¿Qué tal el convite?
– Bien. Era un almuerzo para celebrar el noventa aniversario de un señor. En Chiswick. Una casa preciosa, al lado del río. Veinte comensales, todos familia. Dos biznietos.
– ¿Qué les has dado?
– Lo que él pidió: salmón frío y champaña. Y pastel de cumpleaños. Pero, ¿por qué no me avisaste de que venías…?
– ¡Oh! No sé. Fue un impulso. Sentí que tenía que marcharme un par de días. He estado de compras.
– Ya lo veo. Me gusta ese peinado. Debes de estar agotada. Pasa, quítales un peso de encima a tus pies…
– No pido más que eso… -Mientras iba hacia el salón, Virginia quitó la chaqueta y la echó sobre una silla, se dirigió hacia la butaca más grande, se dejó caer en ella, se quitó los zapatos y puso los pies en un taburete-. El cielo.
Alexa la miraba. ¿Cuánto rato se quedaría? ¿Por qué…?
– ¿Por qué no te quedas aquí conmigo? -Gracias a los dioses que no era así, pero era la pregunta obligada.
– Me hubiera invitado yo misma, desde luego, pero había prometido a Felicity Crowe que la próxima vez que viniera a Londres me quedaría en su casa. Ya sabes, es amiga de la infancia. Hubiera sido mi dama de honor, si hubiera tenido damas de honor. No nos vemos mucho, pero cuando nos vemos hablamos sin parar.
Por ahí no había nada que temer.
– ¿Y dónde vive?
– En Cadgewith Mews, en una casita muy bonita, aunque no tanto como ésta.
– ¿Quieres… quieres una taza de té?
– No, no te molestes. Algo fresco.
– Tengo una lata de “Coca-Cola” en el refrigerador.
– Perfecto.
– Ahora… ahora mismo la traigo.
Alexa fue a la cocina, dejando a Virginia en el salón. Abrió la nevera y sacó la lata de cola. Virginia estaba allí y ella debía mantenerse fría y objetiva. Lo de ser fría y objetiva no se le daba muy bien a Alexa. Abajo, el rastro de Noel era escaso. Su chaquetón “Barbour” y la gorra de cheviot estaban en el lavabo. En el salón había un Financial Times . Eso era todo. Pero arriba era distinto. Por todas partes había cosas suyas y la cama estaba hecha para dos, bien claramente. Si Virginia subía, sería imposible disimular. Estaba indecisa y atribulada. Por una parte, quizás fuera mejor así. Las cosas habían venido rodadas. Virginia se había presentado de improviso. Además, Virginia era joven y en realidad no era nada suyo. Seguramente lo comprendería y hasta quizá lo aprobara. A fin y al cabo, había ido con montones de chicos antes de casarse. Virginia podía ser la abogada de Alexa, la persona idónea a la que anunciar, con precaución, que la tímida y regordeta Alexa no sólo había encontrado al fin a un hombre, sino que lo había metido en su casa y vivía con él abiertamente.
Por otra parte, si se lo decía, se habría acabado el secreto. Alexa estaría obligada a compartir a Noel. A hablar de él y presentárselo. Imaginaba a su padre llamándola en una de sus visitas a Londres.
– Os invito a los dos a cenar en el “Claridges”.
La idea le hizo temblar las rodillas pero, en el fondo, sabía que podía afrontar la situación. La incógnita era cómo reaccionaria Noel. ¿Se sentiría, de algún modo, presionado? Ello sería desastroso, porque, tras tres meses de convivencia y de descubrir poco a poco las peculiaridades de su carácter, Alexa sabía que eso era lo único que Noel no podía soportar.
Desorientada y perpleja, hizo un gran esfuerzo por razonar. Tú no puedes hacer nada, se dijo con la voz de Edie. Debes tomar las cosas como vengan. Pensar en Edie la reconfortó un poco. Cerró la puerta de la nevera, cogió un vaso y subió.
– Perdona que haya tardado tanto -Virginia estaba fumando-. Creí que habías dejado el tabaco.
– Lo había dejado pero he vuelto a caer. No se lo digas a tu padre.
Alexa abrió la “Coca-Cola”, la echó en el vaso y se lo tendió a Virginia.
– ¡Oh! Qué bien. Delicioso. Creí que iba a morir de sed. ¿Por qué tiene que hacer tanto calor en las tiendas? ¿Y por qué tiene que haber tanta gente en todas partes?
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