Rosamunde Pilcher - Septiembre
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Se zambulló. El agua estaba fresca aunque no lo bastante como para refrescar de verdad. Empezó a nadar. Recordó las veces que se había lanzado al lago de Croy y al sacar la cabeza del agua había lanzado un alarido porque el frío se introducía por cada poro del cuerpo; era un frío mordiente, que aturdía y cortaba la respiración. ¿Cómo había podido nadar en lo que prácticamente era agua de nieve? ¿Cómo podían ella y Archie y los demás entregarse a tan masoquistas placeres? Pero que divertido. Y luego salías y te ponías buenos jerséis de abrigo, y encendías el fuego en la orilla pedregosa del lago y asabas las mejores truchas del mundo sobre las brasas humeantes. Nunca le había sabido tan buena la trucha como en aquellos almuerzos improvisados.
Siguió nadando. Arriba y abajo de la larga piscina. Otra vez Escocia. Ahora no eran sueños, sino recuerdos. ¿Y bien? Les dejó libre curso. Dejó que se la llevaran del lago, bajando por el escarpado sendero que seguía el curso del arroyo, que se precipitaba montaña abajo, saltando y borboteando hasta verterse en el Croy. Agua parda e impregnada de turba, espumeante como la cerveza, que saltaba sobre las rocas y caía en ollas profundas y oscuras en las que acechaba la trucha. Durante siglos, aquel arroyo se había abierto a un estrecho valle de márgenes verdes y jugosas, abrigadas del viento del Norte y floridas. Allí crecían la dedalera y el áster, unos helechos verdes y suaves, y cardos altos y púrpura. Había un rincón especial. Lo llamaban el Corrie y era punto de destino de muchos picnics de primavera y verano, cuando el viento del Norte era muy frío para encender hogueras junto al lago.
El Corrie. No dejó que el recuerdo se detuviera allí, sino que le obligó a seguir adelante. El sendero se empinaba y retorcía entre grandes formaciones de rocas, peñas de granito del principio de los tiempos. Un último viraje y aparecía el valle a los pies, soleado, con la sombra de alguna nube, con toda su pastoral belleza. El Croy era un hilo de plata y entre los árboles apenas se divisaban los dos puentes arqueados; la distancia reducía el pueblo a un simple juguete colocado en la alfombra de la habitación de los niños
Una pausa para la contemplación y otra vez adelante. El sendero se allanaba. Ahora venía la valla de los ciervos y la puerta alta. Ya empezaban a verse árboles. Pinos de Escocia y, más abajo, el verdor de las hayas. Luego, la casa de Gordon Gillock con la multicolor colada de Mrs. Gillock ondeando colgada de los alambres, y los perros de caza que, cuando pasabas, estallaban en una algarabía de frenéticos ladridos.
Ya llegaba a casa. El sendero se había convertido en una carretera alquitranada que discurría entre cobertizos de piedra, heniles y establos. Olía a ganado y estiércol. Otra puerta y llegabas a la vivienda del granjero con su alegre jardín y su muro de piedra seca cubierto de madreselva. La reja del ganado. La avenida de los rododendros…
Croy.
Basta. Pandora rechazó los impetuosos recuerdos como se reprime a los niños demasiado vehementes. No deseaba continuar. Basta de recrearse en el pasado. Basta de Escocia. Hizo otro largo y salió de la piscina subiendo los bajos escalones. Las piedras que pisaba ya estaban calientes. Entró en la casa chorreando. En el baño, se duchó, se lavó el pelo y se puso un vestido limpio. suelto y sin mangas, el más fresco que tenía. Salió de la habitación, cruzó el recibidor y entró en la cocina.
– Serafina.
Serafina se volvió. Estaba en el fregadero, limpiando con ahínco un cubo de mejillones. Era una mujer pequeña, cuadrada y morena, de piernas robustas, iba calzada con unas alpargatas y peinada con un moño. Siempre vestía de negro porque empalmaba los lutos. En cuanto se aliviaba el de un abuelo o pariente lejano moría otro miembro del clan, y Serafina otra vez de negro. Sus vestidos negros parecían idénticos, pero ella se desquitaba de tanta sobriedad con los delantales, que eran de vivos colores y abigarrados dibujos.
Serafina iba con la Casa Rosa. Había trabajado durante quince años para el matrimonio inglés que había edificado la casa. Cuando, hacía dos años, a causa de la presión familiar y de su precario estado de salud los ingleses se decidieron por fin, de mala gana, a regresar a Inglaterra, Pandora, que estaba buscando un lugar donde vivir, les compró la propiedad. En seguida descubrió que había heredado también a Serafina y Mario. Al principio, Serafina no estaba segura de si querría trabajar para Pandora y Pandora no sabía que pensar de Serafina. No era precisamente atractiva y, a menudo, sus modales eran rudos. Pero decidieron concederse mutuamente un mes de prueba, de un mes pasaron a tres, luego a un año y así habían seguido hasta la fecha, muy contentas y sin decir ni una palabra.
– Buenos días, señora. 1¿Ya se ha levantado?
Después de pasar quince años con sus antiguos señores, Serafina hablaba un inglés aceptable, lo cual era una suerte para Pandora. Hablaba francés sin dificultad, pero el español le resultaba un libro cerrado. La gente decía que era fácil porque quien más quien menos estudiaba latín en la escuela, pero la educación de Pandora no había incluido el latín y no era cosa de empezar ahora.
– ¿El desayuno?
– Está en la mesa. Ahora le llevo el café.
La mesa estaba puesta en la terraza que daba a la avenida. Allí había sombra y el lugar recogía la brisa del mar. Al cruzar el salón, la mirada de Pandora tropezó con un libro que estaba en la mesa de centro. Era un libro grande y lujoso que Archie le había enviado en su cumpleaños. Wainwright en Escocia . Sabía por que se lo había enviado. Él, a su manera inocente y meridiana, no cejaba en esfuerzos por atraerla a casa. Por ello, Pandora ni lo había abierto. Pero ahora se detuvo al verlo. Wainwright en Escocia. Otra vez Escocia. ¿Era hoy el día de dejarse invadir por la nostalgia?, sonrió por aquella debilidad que la había acometido de pronto. ¿Por qué no? Cogió el libro y se lo llevó a la terraza. Mientras pelaba una naranja, lo abrió.
Era, sí, un libro para tener en la mesita de centro, hecho para ser hojeado a ratos perdidos. Dibujos a pluma, mapas de bella ejecución y un texto simple. Fotografías en color a cada página. Las arenas plateadas de Morar. Ben Vorlich. Las cascadas de Dochart. Sonaban bien los viejos nombres, como un redoble de tambor.
Empezó a comer la naranja. Unas gotas de zumo cayeron sobre las páginas y ella las limpió zafiamente, dejando algunas manchas. Serafina le llevó el café y ella, abstraída, ni levantó la mirada.
“Aquí, el río, tras largo y plácido viaje, salta con súbito furor precipitándose por un ancho cauce rocoso en espumeante catarata, con soberbio despliegue de bravura. Al paso de las impetuosas aguas, surgen islas frondosas, en una de las cuales se encuentra el cementerio del clan MacNab, con magníficos árboles que realzan la gran belleza del paraje…”
Se sirvió el café, volvió la pagina y siguió leyendo.
Wainwright en Escocia la absorbió todo el día. Lo llevó de la mesa del desayuno a la tumbona de la piscina y, después del almuerzo, a la cama. A las cinco, lo había leído de cabo a rabo. Lo cerró y lo dejó caer al suelo.
Había refrescado pero aquel día, por una vez, no había sentido el calor. Se levantó de la cama y fue a nadar otra vez, luego se puso un pantalón blanco y una camisa azul y blanca, se peinó y se pintó los ojos. Pendientes y pulsera de oro. Sandalias blancas. Nube de perfume. La botella estaba casi vacía. Tendría que comprar otra. La perspectiva de este pequeño lujo la llenó de placer.
Se despidió de Serafina, salió por la puerta principal, bajó las escaleras y fue al garaje en busca del coche. Descendió por la estrecha y serpenteante carretera y se adentró en la vía más ancha, que conducía al puerto. Dejó el coche en la plazoleta de la oficina de Correos y entró a recoger sus cartas. Las metió en su bolso de paja con asas de piel y se fue, andando despacio, por las calles todavía animadas, parándose en los escaparates, aquí a mirar un vestido y allí a preguntar el precio de un exquisito echarpe de encaje. En la perfumería compró un frasco de “Poison” y siguió andando, siempre en dirección al mar. Al fin llegó al ancho paseo de palmeras, que corría paralelo a la playa. Todavía había mucha gente en la arena y en el agua. A lo lejos, las velas de los windsurfistas se agitaban a la brisa del atardecer como alas de pájaros.
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