Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Es como si hubiera escrito en papel higiénico.

– Lee.

“París, seis de agosto. Queridos mamá y papá: Perdón por la tardanza. No tengo tiempo para noticias. Sólo dos líneas para poneros al corriente de mis movimientos. Dentro de un par de días salgo rumbo al Sur. Voy en autocar, o sea que no tenéis que preocuparos por el autostop. Voy con un amigo australiano que se llama Jeff Howland. No estudia Bellas Artes, sino que cría ovejas en Queensland y se ha tomado un año para darse un garbeo por Europa. Tiene amigos en Ibiza y para allá nos vamos. No sé lo que haremos cuando lleguemos pero, si pasamos a Mallorca, ¿os gustaría que hiciera una visita a Pandora? Si es que sí, mandadme su dirección porque la he perdido. Otra cosa, ando mal de fondos, por lo que os agradecería un anticipo de mi asignación. Escribidme c/o Hans Bergdorf, Apartado 73, Ibiza. París ha estado de fábula, pero ahora no hay más que turistas. Todo el mundo se ha marchado a la playa o a la montaña. El otro día fui a una exposición de Matisse que estaba superbuena. Muchos besos, familia, y NO PREOCUPARSE. Lucita. P.S. No se os olvide el dinero”.

Dobló la carta y volvió a meterla en el sobre.

– Un australiano -dijo Isobel.

– Que cría ovejas.

– Y se da un garbeo por Europa.

– Por lo menos, viaja en autocar.

– En fin, podría ser peor. Pero, ¿no es extraordinario que hable de ir a ver a Pandora? A veces pasamos meses sin pronunciar su nombre y de pronto surge por todas partes. ¿Ibiza queda lejos de Mallorca?

– No mucho.

– Ojalá Lucilla vuelva pronto a casa.

– Isobel, está disfrutando de la vida.

– No me gusta que ande mal de dinero.

– Le enviaré un cheque.

– La echo de menos.

– Ya lo sé.

Isobel había acabado de desplumar, las plumas habían sido meticulosamente recogidas y metidas en la bolsa de la basura. Los seis pequeños cadáveres formaban una patética fila, con el cuello doblado y las patas en alto, como bailarines. Isobel agarró su afilado cuchillo y, sin contemplaciones, abrió uno de los fláccidos cuerpos. Luego, soltó el cuchillo y metió la mano en el ave. La sacó roja de sangre y con un puñado de entrañas gris perla largas y estrechas que, en sorprendente profusión, se amontonaron en el periódico. El olor era asfixiante.

Archie se puso en pie precipitadamente.

– Voy a extender el cheque -Recogió el correo-. No sea que luego se me olvide. -Y se encaminó al estudio, cerrando firmemente la puerta de la cocina para escapar de aquella pequeña masacre doméstica.

Sentado ante el escritorio, sostuvo en la mano unos momentos el sobre dirigido a Pandora. No sabía si escribirle y meter la carta en el sobre de Verena con la invitación. Es una fiesta, le diría. Será divertido. ¿Por qué no vienes y te quedas unos días con nosotros en Croy? Tenemos tantas ganas de verte. Por favor, Pandora. Por favor.

Pero esto ya se lo había escrito otras veces y ella ni se había dignado contestar. Inútil. Suspiró y escribió cuidadosamente las señas en el sobre. Agregó varios sellos por si acaso y una etiqueta de correo aéreo y lo puso a un lado.

Extendió un cheque a nombre de Lucilla Blair, por un importe de ciento cincuenta libras. Luego, empezó una carta para su hija.

“Croy, 15 de agosto

“Mi querida Lucilla:

Hemos recibido tu carta esta mañana con mucha alegría. Espero que hayas llegado bien al sur de Francia y con dinero suficiente para ir a Ibiza, ya que el cheque te lo envío allí, tal como me pides. Acerca de Pandora, estoy seguro de que se alegrará mucho de verte, pero antes de hacer planes llámala para decirle que piensas ir a visitarla.

La dirección es Casa Rosa, Puerto del Fuego, Mallorca. No tengo el número de teléfono, pero seguramente lo encontrarás en la guía telefónica de Palma.

También te mando una invitación para un baile que los Steynton van a ofrecer para festejar el cumpleaños de Katy. Sólo falta un mes y puede que tengas cosas mejores que hacer, pero tu madre se alegraría mucho de que vinieras.

El día doce fue bueno. Iban en coche, de modo que me uní a la partida, sólo por la mañana. Todos fueron muy amables y me cedieron el puesto más bajo. Hamish me acompañó para llevar la escopeta y el zurrón y ayudar a su anciano padre a subir la montaña. Edmund Aird disparó excepcionalmente bien, pero al final de la jornada sólo habíamos cobrado veintiuna parejas y media y dos liebres. Hamish se fue ayer a pasar una semana en Argyll con un compañero de clase. Se llevó la caña de pescar, pero esperaba poder hacer submarinismo. Un beso muy fuerte, cariño mío. Papá."

Leyó la carta y la dobló cuidadosamente. Sacó un gran sobre marrón y metió en él la carta, el cheque y la invitación de Verena. Cerró el sobre, lo franqueó y lo dirigió a Lucilla a la dirección que ella les había dado. Cogió las dos cartas y las dejó en el arco del vestíbulo, al lado de la puerta, para que se las llevara el primero que fuera al pueblo.

2

La invitación de los Steynton fue entregada en Ovington Street el miércoles de la misma semana. Era por la mañana temprano. Alexa, descalza y en albornoz, estaba en la cocina, esperando que hirviera el agua del té. La puerta del jardín estaba abierta y Larry había salido a hacer su ronda de olfateos. A veces encontraba el rastro de un gato y se ponía frenético. Era una mañana gris. Quizá más tarde saliera el sol y disipara la bruma. Oyó el ruido metálico del buzón y al levantar la mirada hacia la ventana vio las piernas del cartero, que seguía su ruta.

Preparó una bandeja y puso unas bolsas de té en la tetera. El agua hirvió y ella hizo la infusión. Luego, dejando al perro con sus planes, subió las escaleras con la bandeja. Las cartas estaban en el felpudo de la puerta. Manteniendo en equilibrio la bandeja, las recogió y las guardó en el amplio bolsillo de la bata. Volvió a subir las escaleras, sintiendo la gruesa alfombra en la planta de los pies. La puerta del dormitorio estaba abierta y las cortinas corridas. La habitación no era grande y la cama que Alexa había heredado de su abuela la llenaba casi por entero. Era una cama majestuosa, ancha y mullida, con cabezal y pies de latón. Alexa dejó la bandeja y volvió a meterse entre las sábanas.

– ¿Estás despierto? Te he traído una taza de té.

El bulto del otro lado de la cama no reaccionó inmediatamente a la llamada. Luego, gruñó y se movió. Asomó un brazo moreno y Noel se volvió a mirarla.

– ¿Qué hora es?

Su pelo oscuro destacaba sobre la almohada blanca. Lo tenía revuelto y sus mejillas eran ásperas. La atrajo hacia sí por la nuca.

– Qué bien hueles -murmuró.

– Champú al limón.

– No. No es el champú al limón. Eres tú.

Retiró la mano. Ella, libre ya, volvió a besarle y a continuación se dedicó a la doméstica tarea de servirle el té. Él ahuecó las almohadas y se incorporó apoyándose en ellas. Estaba desnudo y tan bronceado como si acabara de regresar de unas vacaciones en el trópico. Ella le tendió el humeante tazón de porcelana de Wedgwood.

Bebió despacio, en silencio. Tardaba en despejarse por la mañana y antes del desayuno apenas hablaba. Esto lo había descubierto ella y formaba parte de las pequeñas rutinas de la existencia. Como su manera de hacer el café, o de limpiarse los zapatos, o de mezclar un dry martini. Por la noche, vaciaba los bolsillos depositando el contenido bien alineado encima del tocador, siempre por el mismo orden. Billetera, tarjetas de crédito, cortaplumas y monedas pulcramente amontonadas. Lo mejor de todo era observar desde la cama, ver como se desnudaba y esperar que viniese hacia ella.

Cada día traía nuevos acontecimientos y cada noche nuevos y dulces descubrimientos. Las cosas buenas se acumulaban de tal manera que cada momento y cada hora resultaban mejores que el momento y la hora anteriores. Alexa, viviendo con Noel, compartiendo con él aquella mezcla exquisita de vida hogareña y pasión, había empezado a comprender por qué se casaba la gente. Para que aquello durase siempre.

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