Pero no estaban en la cocina. Lo supo nada más entrar en la casa, porque se oían voces al otro lado de la puerta de la biblioteca. Sólo unas voces y una puerta cerrada, ¿era esto razón para pensar que ocurría algo malo y que las cosas no andaban bien?
Se le secó la boca. Cruzó el ancho pasillo de puntillas y se quedó junto a la puerta. Quería entrar y darles una sorpresa, pero casi sin darse cuenta se puso a escuchar.
– … apenas ha dejado el parvulario. Necesita estar en su casa. -Era su madre, con una voz que él no había oído nunca, aguda y como si estuviera a punto de echarse a llorar-. No podemos sacarlo de casa. No quiero que se vaya.
– Lo sé. -El que hablaba era su padre.
– Es demasiado pequeño.
– Tiene que crecer.
– Crecerá lejos de mí.
Estaban peleando. Lo increíble había sucedido: su madre y su padre estaban peleándose. Henry, helado de terror, esperaba. Al cabo de un momento, volvió a hablar su padre.
– Templehall es una buena escuela, Virginia, y Colin Henderson, un buen director. No se exige demasiado a los chicos pero se les enseña a trabajar. La vida va a ser dura para Henry…
Entonces, era eso. Iban a enviarlo a Templehall. Al internado.
– … cuanto antes aprendan a afrontarla y a aceptar lo bueno y lo malo, mejor.
Lejos de sus amigos, de Strathcroy, de Balnaid, de Edie y de Vi. Pensó en Hamish Blair, tan mayor, tan superior, tan cruel. Sólo los chiquitos tienen osito.
– … Henry está demasiado atado a ti.
No podía seguir escuchando. Todos los temores que Henry había sentido en su vida le asaltaron ahora. Andando de espaldas, se apartó de la puerta de la biblioteca y, una vez a salvo en el vestíbulo, dio media vuelta y echó a correr. Cruzó el vestíbulo, subió la escalera y recorrió el pasillo hasta su cuarto. Cerró de un portazo, se quitó la bandolera y se tumbó en la cama arrugando el edredón. Metió la mano debajo de la almohada, en busca de Moo.
“Henry está demasiado atado a ti.”
Y por eso lo enviaban fuera.
Con el pulgar en la boca y apretando a Moo contra su mejilla, estaba seguro, de momento. Algo consolado, no lloraría. Cerró los ojos.
El salón de Croy, que sólo se utilizaba en las grandes solemnidades, era enorme. El alto techo y las artísticas cornisas eran blancos, las paredes estaban tapizadas de un damasco rojo descolorido y la alfombra, turca, era muy grande y conservaba unas cálidas tonalidades aunque lucía algunas zonas raídas. Había sofás y sillones, unos con funda y otros con su tapizado original de terciopelo, pero ninguno casaba. Sobre las mesitas se veían arquetas, fotos con marco de plata y montones de números atrasados de la revista Country Life. De las paredes colgaban muchos óleos oscuros, retratos y flores, y en la mesa situada detrás del sofá había un jarrón de porcelana china que contenía un perfumado y florido rododendro.
Los leños ardían detrás del guardafuegos. La alfombrilla extendida delante del hogar era blanca y peluda, y si en ella se sentaba algún perro húmedo, olía a oveja. La chimenea era de mármol, con una impresionante repisa que servía de soporte a un par de candelabros de plata dorada y esmalte, dos figuras de porcelana y un florido reloj victoriano.
El reloj, con alegre campanilleo, dio las once.
Todos se sorprendieron. Mrs. Franco, muy elegante con su pantalón de seda negro y su blusa de crepé de color crema, declaró que no podía creer que fuera tan tarde. Ella se iba a la cama y su marido también, si quería estar despejado para su partido de golf del Gleneagles. Con estas palabras, los Franco se levantaron. Mrs. Hardwicke los imitó.
– Ha sido perfecto y una cena exquisita… Gracias a los dos por su hospitalidad.
Se dieron las buenas noches. Isobel, con su vestido de seda verde de dos años atrás, que era el mejor que tenía, acompañó a las señoras al piso de arriba. Al salir, cerró la puerta y ya no volvió al salón. Archie se quedó a solas con Joe Hardwicke, que, al parecer, no tenía deseos de retirarse todavía. Había vuelto a sentarse en su sillón y parecía dispuesto a permanecer allí otras dos horas por lo menos.
A Archie no le importó; al contrario, su compañía le resultaba grata. Joe Hardwicke era uno de los mejores huéspedes que había tenido, inteligente, liberal y dotado de un cáustico sentido del humor. Durante la cena que solía ser un episodio bastante pesado, había contribuido a mantener una animada conversación; había contado un par de divertidas anécdotas contra sí mismo y, sorprendentemente, resultó un buen conocedor de vinos. La enumeración de la bodega heredada por Archie ocupó casi todo el segundo plato.
Archie le sirvió un trago que el americano aceptó agradecido. Luego, llenó su propio vaso, echó un par de leños al fuego y se hundió en su sillón con los pies sobre la piel de cordero. Joe Hardwicke empezó a hacerle preguntas acerca de Croy. Le fascinaban aquellas casas antiguas. ¿Cuánto tiempo había vivido aquí su familia? ¿En virtud de qué se les había concedido el titulo? ¿Cuál era la historia de la casa?
No preguntaba por curiosidad, sino por interés, y Archie contestó sus preguntas de buen grado. Su abuelo, el primer Lord Balmerino, había sido un industrial de renombre que había hecho fortuna con las lanas. El título le fue otorgado por su aportación al desarrollo industrial y, a finales del siglo XIX, había comprado Croy y sus tierras.
– En aquel entonces aquí no había vivienda. Sólo una torre fortificada del siglo XVI. Mi abuelo construyó la casa incorporando a ella la torre original. Por eso, aunque en la parte de atrás hay zonas muy antiguas, básicamente, la casa es victoriana.
– Parece grande.
– Sí. En aquellos tiempos se vivía a lo grande…
– ¿Y las tierras…?
– La mayoría está arrendada ahora. El coto lo tiene una asociación de cazadores. Edmund Aird, un amigo mío, lo administra, pero yo tengo mi licencia y me uno a ellos cuando van en coche. También tengo un campo para cazar a la espera, pero es sólo para los amigos. La granja esta arrendada. -Sonrió-. Ya ve, no tengo responsabilidades.
– ¿Y qué hace?
– Ayudo a Isobel. Doy de comer a los perros y los llevo a hacer ejercicio cuando puedo. Me encargo de limpiar el bosque y mantengo la casa aprovisionada de leños. En uno de los cobertizos, tengo una sierra circular y, de vez en cuando, sube un viejo bergante del pueblo a echarme una mano. Corto la hierba. -Se interrumpió. No era una respuesta muy satisfactoria, pero no se le ocurría nada más.
– ¿Pesca usted?
– Sí. Poseo un tramo del Croy, unas dos millas aguas arriba del pueblo y en las montañas hay un lago. Se pesca bien al caer la tarde. A esa hora saco la barca. Es un lago muy tranquilo. Y en invierno, cuando a las cuatro ya es de noche, trabajo en un taller que tengo en el sótano. Siempre hay algo que reparar. Arreglo postigos, renuevo zócalos, hago armarios para Isobel, monto estanterías. Y más cosas. Me gusta trabajar la madera. Es una actividad elemental y muy relajante. quizás hubiera tenido que hacerme carpintero en lugar de militar.
– ¿Pertenecía usted a algún regimiento escocés?
– Durante quince años, pertenecí a los Leales Highlanders de la Reina. Pasamos dos en Berlín, con las fuerzas americanas…
La conversación paso de Berlín al Bloque Oriental, a la política y a la situación internacional. Tomaron otra copa y perdieron la noción del tiempo. Cuando, por fin, decidieron ir a acostarse era más de la una.
– Le he hecho trasnochar -dijo Joe Hardwicke, en tono de disculpa.
– En absoluto. -Archie cogió los vasos vacíos y los dejó en la bandeja que estaba encima del piano de cola-. No soy dormilón. Cuanto más corta la noche, mejor.
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