De Hong Kong. De Frankfurt. Una vez la llevó consigo a Nueva York y después se tomó una semana de vacaciones. La pasaron en Leesport y ella la recordaba como una de las mejores de toda su vida.
Y llegó Henry.
Henry lo cambió todo no a peor, sino a mejor si cabía. Desde que nació Henry, no quiso volver a marcharse. Nunca se había creído capaz de un amor tan desinteresado. Era distinto al amor que sentía por Edmund, pero mucho más precioso porque era totalmente inesperado. Nunca se consideró maternal ni se paró a analizar el verdadero significado de la palabra. Pero aquella minúscula criatura, aquella pequeña vida, la sumía en un estado de inefable asombro.
Todos le gastaban bromas, pero no le importaba. Ella lo compartía con Violet, Edie y Alexa y gozaba compartiéndolo porque sabía que, al término del día, Henry le pertenecía. Lo veía crecer saboreando cada momento. Cuando empezó a gatear, cuando se puso de pie, cuando pronunció sus primeras palabras. Jugaba con él, le hacía dibujos, veía a Alexa pasearlo por el césped en el cochecito de la muñeca. Se tumbaban en la hierba a mirar a las hormigas, bajaban al río y tiraban piedras a las aguas rápidas y espumeantes. Se sentaban junto a la chimenea en el invierno a leer libros ilustrados.
Henry cumplió dos años. Tres años. Cinco años. En su primer día de clase, lo acompañó al colegio de Strathcroy y se quedó en la puerta viéndolo alejarse por el sendero. Había muchos niños, pero ninguno le hacía caso. En aquel momento, parecía muy pequeño y vulnerable y casi no pudo soportar dejarlo allí.
Tres años después, Henry seguía siendo pequeño y vulnerable, y ella se sentía más protectora que nunca. Y esa era la causa de la nube que había aparecido en su horizonte y que le atemorizaba.
De vez en cuando, el tema de la educación de Henry salía a relucir, pero ella se resistía a hablar extensamente de ello con Edmund. Él, de todos modos, conocía ya su opinión. Hacía tiempo que no mencionaban la cuestión. Ella prefería dejarlo así, pensando que era mejor no remover las cosas. No quería tener que pelearse con Edmund. Nunca se le había opuesto en nada y dejaba que él decidiera las cosas importantes. Al fin y al cabo, él era mayor, más sabio y mucho más competente. Pero aquello era distinto. Se trataba de Henry.
Quizá si no pensaba en ello, si no prestaba atención, el problema desaparecería.
Cuando Archie y Violet se alejaron por la avenida en el viejo y maltratado “Land Rover”, Virginia permaneció unos momentos donde estaba, delante de la casa, con la desagradable sensación de no saber que hacer. La reunión de la iglesia había partido el día por la mitad y aún era temprano para entrar en casa y empezar a pensar en la cena.
El tiempo mejoraba por momentos y no tardaría en salir el sol. Quizá debiera hacer algo en el jardín. Desechó la idea. Finalmente, entró en la casa, recogió las tazas de encima de la mesa del comedor y las llevó a la cocina. Los dos spaniels de Edmund dormitaban en sus cestas debajo de la mesa. Pero en cuanto la oyeron acercarse, despertaron y se levantaron con ganas de correr.
– Meto estas cosas en el lavaplatos y nos vamos a dar una vuelta -les dijo.
Siempre hablaba a los perros en voz alta y, a veces, y esta era una de ellas, el sonido de su propia voz la reconfortaba. Los viejos chiflados hablan solos, pensó. En determinados momentos, no era difícil comprender por qué.
Se dirigió a la cocina trasera y, con los perros dando vueltas a su alrededor, descolgó una vieja chaqueta de un gancho y se calzó unas botas de goma. Salieron. Los perros echaron a correr delante de ella por el sendero que orillaba el bosque paralelo al río. Dos millas agua arriba había otro puente. Por él se salía a la carretera principal y al pueblo. No cruzó este puente, sino que siguió andando hacia donde acababan los árboles y empezaba el páramo, millas de brezo, hierba y helechos que iban ascendiendo hacia las montañas. A lo lejos pastaban corderos. Sólo se oía el murmullo del agua.
El agua rebosaba por el dique de la profunda charca. Este era el lugar preferido por Henry para nadar. Se sentó en la orilla. Allí solían hacer los picnics en el verano. A los perros les encantaba el río. Con las patas en el agua, bebían como si arrastraran una sed de meses. Después, salieron y se sacudieron enérgicamente junto a ella. Virginia se quitó la chaqueta. De buena gana se hubiera quedado allí un rato, disfrutando del calor del sol, pero en seguida acudieron las inevitables nubes de mosquitos, que empezaron a picar. Se levantó, silbó a los perros y volvió a casa.
Cuando llegó Edmund, estaba en la cocina, preparando la cena. Aquella noche tenían pollo asado y estaba rallando pan para la salsa. Al oír el coche, miró el reloj con sorpresa y vio que no eran más que las cinco y media. Llegaba temprano. Venía de Edimburgo y, por regla general, no llegaba a Balnaid hasta las siete o más. ¿Qué podía haber ocurrido?
Intrigada y un poco intranquila, acabó de rallar el pan y lo echó en la sartén con la leche, la cebolla y el clavo. Removió. Le oyó venir del vestíbulo por el largo pasillo. La puerta se abrió y ella se volvió, sonriendo con cierta inquietud.
– Ya estoy aquí -dijo él, innecesariamente.
Como siempre, miró a su marido con satisfacción. Vestía un traje azul marino con raya blanca, una camisa celeste con cuello blanco y la corbata de seda de “Christian Dior” que le había regalado en Navidad. Traía la cartera en la mano y la ropa un poco arrugada; lógico después de un día de trabajo y un largo viaje en coche, pero no parecía cansado. El nunca se quejaba ni daba muestras de fatiga. Su madre decía que nunca lo había visto cansado.
Era alto, conservaba la figura joven y su cara, de facciones regulares y ojos serenos y hundidos, apenas estaba marcada por las arrugas. Sólo el pelo había cambiado, ya no era negro sino de un blanco plateado, aunque lo conservaba tan abundante y sedoso como siempre. El contraste entre la cara tersa y el pelo cano le confería una mayor prestancia y un especial atractivo.
– ¿Cómo tan temprano? -preguntó ella.
– Ya te explicaré. -Se acercó a darle un beso y miró la sartén-. Huele bien. Salsa de pan. ¿Pollo?
– Pollo.
Dejó la cartera encima de la mesa.
– ¿Y Henry?
– En casa de Edie. No volverá hasta después de las seis. Toma el té con ella.
– Me alegro.
– ¿Por qué te alegras? -preguntó ella, frunciendo el ceño.
– Tenemos que hablar. Vamos a la biblioteca. Deja la salsa para luego…
Salía ya de la cocina. Virginia, desconcertada y alarmada apartó la sartén del fuego y volvió a colocar la pesada tapa en el antehogar de la cocina de fuel. Luego, le siguió. Lo encontró en la biblioteca, agachado delante de la chimenea, arrimando una cerilla al papel y las teas.
Interpretando una critica implícita en la acción, dijo, a la defensiva:
– Edmund, iba a encender el fuego cuando hubiera terminado de preparar la salsa y de pelar las patatas. Pero el día está muy raro. Hemos pasado toda la tarde en el comedor en la reunión de la iglesia. Ni siquiera entramos aquí para nada…
– No tiene importancia.
El papel había prendido y las teas chisporroteaban. Él se puso de pie, frotándose los dedos, y se quedó mirando cómo crecían las llamas. Su perfil no delataba nada.
– El bazar será en julio. -Ella se sentó en el brazo de una butaca-. Me ha tocado la peor parte, recoger trastos viejos. Por cierto, Archie me ha pedido un sobre de la Comisión Forestal… Dijo que tú ya estabas al corriente. Lo encontramos en tu mesa.
– Sí. Se me olvidó dártelo.
– … ¡ah!, y una noticia sensacional. Los Steynton van a dar un baile para celebrar el cumpleaños de Katy, en septiembre…
Читать дальше