Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Yo… -Joe vacilo-. No quisiera que me tomara por indiscreto, pero he observado que cojea usted. ¿Un accidente?

– No. Me volaron la pierna en Irlanda del Norte.

– ¿Lleva una prótesis?

– Sí. Aluminio. Una maravilla de la técnica. Diga, ¿a qué hora quiere el desayuno? ¿A las ocho y cuarto? Tendrán tiempo antes de que venga el coche a recogerles para llevarles a Gleneagles. ¿Quiere que le llame?

– Si es tan amable. A eso de las ocho. Con este aire de las montañas duermo como un tronco.

Archie se adelantó a abrir la puerta. Pero Joe Hardwicke señaló la bandeja de los vasos.

– ¿Podría ayudarle a llevarla a la cocina?

Archie se mostró agradecido pero firme.

– De ninguna manera. Norma de la casa. Ustedes son los huéspedes. No deben ni mover un dedo. -Salieron al vestíbulo.

– Muchas gracias -dijo Joe Hardwicke al pie de la escalera.

– A ustedes. Buenas noches. Que descanse.

Archie se quedó al pie de la escalera hasta que el americano desapareció y oyó abrir y cerrar la puerta del dormitorio. Luego, volvió al salón, arregló el fuego, ajustó el guardafuegos, y abrió las pedas cortinas. Fuera, el jardín estaba iluminado por la luna. Oyó ulular una lechuza. Salió del salón dejando la bandeja donde estaba y apagó las luces. Cruzó el vestíbulo hacia el comedor. El servicio de la cena había sido retirado y la mesa estaba puesta para el desayuno. Sintió remordimiento porque aquella era tradicionalmente su tarea e Isobel había tenido que hacerla sola mientras él estaba de charla.

Fue a la cocina. También estaba recogida y ordenada. Sus dos perras labrador dormitaban en sus cestos junto a la cocina de carbón. Cuando entró él, alzaron la cabeza. Pumba, pumba, hicieron sus colas.

– ¿Ya habéis salido? -les preguntó-. ¿Os sacó Isobel antes de acostarse?

Pumba, pumba. Estaban tranquilas y contentas. No le quedaba nada que hacer.

A la cama. De pronto, se sintió muy cansado. Subió la escalera, apagando las luces a su paso. Se desnudó en el vestidor. La chaqueta de esmoquin, la corbata, la camisa con la botonadura. Zapatos y calcetines. Los pantalones eran lo más difícil, pero tenía su técnica para quitárselos. No miraba hacia el espejo de cuerpo entero del armario porque le disgustaba verse desnudo; el lívido muñón del muslo, el reluciente metal de la pierna, los tornillos y bisagras, las correas y cordones que la sujetaban, a la vista, descaradamente, obscenamente.

Rápidamente, se puso el camisón, una prenda mucho más práctica para él que el pijama. Entró en el baño contiguo, orinó y se lavó los dientes. En el gran dormitorio no había ninguna luz encendida, pero por la ventana entraba el claro de luna. Isobel ya dormía pero se despertó al entrar él.

– ¿Archie?

Él se sentó en la cama.

– Sí.

– ¿Qué hora es?

– La una y veinte.

Ella dijo al cabo de un momento:

– ¿Habéis estado hablando?

– Sí. Perdona. Tenía que ayudarte.

– No importa. Son simpáticos.

Él desabrochó el arnés y, con suavidad, retiró del muñón la copa de cuero acolchado. Cuando se hubo quitado la prótesis, se inclinó para dejar el odioso artilugio en el suelo, al lado de la cama, con las fijaciones preparadas para poder ponérsela al día siguiente con la mayor facilidad posible. Sin la prótesis, se sentía desequilibrado y extrañamente ingrávido y el muslo le escocía. Había sido un día muy largo.

Se tendió al lado de Isobel y se subió la fresca sábana hasta los hombros.

– ¿Estás bien? -La voz de ella era soñolienta.

– Sí.

– ¿Sabes que Verena Steynton va a dar un baile para Katy? En septiembre.

– Sí. Me lo dijo Violet.

– Tendré que comprarme un vestido.

– Sí.

– No tengo nada que ponerme.

Volvió a dormirse.

Sabía lo que iba a suceder en cuanto empezaba. Siempre era lo mismo. Calles desiertas y lóbregas, llenas de pintadas. Cielo encapotado y lluvia. Él llevaba el chaleco antibalas y conducía un "Land Rover” blindado, pero ocurría algo raro, porque hubiera debido llevar acompañante e iba solo.

Tenía que llegar al cuartel. Allí estaría seguro. El cuartel era una comisaría requisada a la Policía del Ulster, fortificada y armada hasta los topes. Si podía llegar antes de que ellos aparecieran, estaría a salvo. Pero ya estaban allí. Siempre venían. Cuatro figuras, cortando la calle, bajo la lluvia. No tenían cara, solo pasamontañas, y le apuntaban con sus armas. Él buscó su rifle, pero no estaba. El “Land Rover” se había inmovilizado. Él no recordaba haber parado. La puerta estaba abierta y ellos lo sacaban a la fuerza, quizás esta vez lo mataran a golpes. Pero era lo mismo de siempre. La bomba. Parecía un paquete de papel marrón pero era una bomba, y ellos la ponían en la parte trasera del "Land Rover", y él los miraba. Y a continuación él volvía a estar al volante y ahora era cuando empezaba la pesadilla. Porque él iba a meter el coche en el cuartel y allí explotaría matándolos a todos.

Conducía como un loco. Aún llovía, no veía nada, pero pronto llegaría. Todo lo que tenía que hacer era entrar por la puerta, llevar el coche explosivo al foso, saltar al suelo como pudiera y correr como un condenado antes de que explotara la bomba.

El pánico lo destrozaba y su propia respiración le zumbaba en los oídos. Las puertas se abrían, él entraba, bajaba por la rampa al río. Sus paredes de hormigón se elevaban a uno y otro lado, sin dejar pasar la luz. Escapar. Tiraba de la palanca de la puerta pero, estaba atascada. La puerta no se abría, estaba atrapado, la bomba hacía tictac, mortífera, asesina, y él estaba atrapado. Gritó. Nadie sabía que él estaba allí. Siguió gritando…

Despertó chillando como una mujer, con la boca muy abierta y la cara empapada en sudor… unos brazos lo rodearon…

– Archie.

Ella lo abrazaba. Al cabo de unos instantes, lo empujó suavemente, obligándole a tumbarse otra vez. Lo consolaba como a un niño, gimiendo suavemente. Le besaba los párpados.

– No es nada. Sólo ha sido un sueño. Estas aquí, yo estoy contigo… ya pasó. Estás despierto.

Su corazón le golpeaba el pecho como un martillo y se estremecía en el sudor. Se quedó quieto en sus brazos y, poco a poco, su respiración se calmó. Alargó el brazo hacia el vaso de agua, pero ella llegó antes, se lo sostuvo mientras bebía y volvió a dejarlo en la mesita.

Cuando se hubo calmado, ella dijo con una punta de regocijo en la voz:

– Ojalá no hayas despertado a nadie o pensarán que te estoy matando.

– Sí. Lo siento.

– ¿Era… lo de siempre?

– Sí. Otra vez. La lluvia, los encapuchados, la bomba y el jodido foso. ¿Por qué tengo pesadillas de cosas que no me han pasado nunca?

– No lo sé, Archie.

– Quiero que se acaben de una vez.

– Lo imagino.

Se volvió y hundió la cara en el suave hombro de ella. Si esto acabara, quizá podría volver a ser un verdadero marido.

AGOSTO

1

En Croy, la llegada del correo no tenía hora fija. Tom Drystone, el cartero, debía cubrir con su furgoneta roja durante la jornada una extensa zona, por largos y sinuosos caminos de un solo sentido, que llevaban a remotas granjas de ovejas y a casas de campo de los estrechos valles. Mujeres jóvenes, aisladas con hijos pequeños, espiaban su llegaba mientras tendían la ropa al frío viento. Los viejos que vivían solos le encargaban las medicinas, le daban conversación y hasta le invitaban a tomar una taza de te. En invierno Tom cambiaba la furgoneta por un “Land Rover" y sólo la peor de las ventiscas le impedía ir a entregar la tan esperada carta de Australia o la blusa comprada por catálogo; y cuando los temporales del Noroeste averiaban las líneas del teléfono y de la electricidad, él era para mucha gente el único medio de comunicación con el mundo exterior.

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