Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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No obstante, hubo un tiempo… hacía apenas tres meses… en que ella se consideraba feliz sola en la casa, sin más compañía que la de Larry, entregada a su trabajo, a su pequeña rutina, saliendo alguna que otra noche o yendo a ver a una amiga de vez en cuando. Pues bien, aquello era sólo media vida. ¿Cómo había podido resistirlo?

“No se echa de menos lo que nunca se tuvo”. Era la voz de Edie, clara y sonora. Al pensar en Edie, Alexa sonrió. Se llenó su taza de té, la dejó en la mesita de noche, sacó del bolsillo los sobres y los esparció sobre el edredón. Una factura de Peter Jones, un anuncio de baterías de cocina vitrificadas, una postal de una mujer que vivía en Barnes y quería que le preparase unos platillos para tenerlos en el congelador y, por último, el sobre grande, grueso y blanco.

Lo miró. Matasellos escocés. ¿Una invitación? A una boda, quizá…

Abrió el sobre con el pulgar y sacó el tarjetón.

– ¡Caramba! -exclamó.

– ¿Qué es?

– Una invitación al baile. “Irás al baile”, dijo el hada madrina a Cenicienta.

Noel alargó la mano y cogió la invitación.

– ¿Quién es Mrs. Angus Steynton?

– Viven cerca de mi casa, en Escocia. A unas diez millas.

– ¿Y quien es Katy?

– Su hija, naturalmente. Trabaja en Londres. A lo mejor la conoces… -Alexa reflexionó y agregó-: No; no lo creo. A ella le gusta salir con los jóvenes de la Guardia… son un grupo muy cerrado.

– El dieciséis de septiembre. ¿Irás?

– Me parece que no.

– ¿Por qué no?

– Porque no quiero ir sin ti.

– No me han invitado.

– Ya lo sé.

– ¿Les dirás “voy si puedo llevar a mi amante”?

– Nadie sabe que tengo un amante.

– ¿Todavía no has dicho a tu familia que vivo contigo?

– Todavía no.

– ¿Por alguna razón en particular?

– Pues… no lo sé, Noel.

Lo sabía. Quería guardarlo todo para sí. Con Noel habitaba un mundo mágico y secreto de amor y aventura, y temía que si dejaba entrar a alguien se perdiera el encanto y se malograra todo.

Y también… y este era un reconocimiento patético… carecía de valor moral. Tenía veintiún años pero eso no quería decir nada, porque por dentro todavía se sentía como de quince y con tantas ganas de agradar como siempre. Pensar en las posibles reacciones de la familia la angustiaba. Imaginaba el disgusto de su padre, la sorpresa y el horror de Vi y la preocupación de Virginia. Y, luego, las preguntas.

Pero, ¿quién es? ¿De qué lo conoces? ¿vivís juntos? ¿En Ovington Street? ¿Y por qué no lo hemos sabido hasta ahora? ¿Qué hace?¿Cómo se llama?

Y Edie. Si Lady Cheriton levantara la cabeza.

No era que no comprendieran. No era que fueran anticuados o hipócritas. No era que no quisieran a Alexa… era que ella no podía soportar la idea de darles un disgusto.

Tomó otro sorbo de té.

– Ya no eres una niña -dijo Noel.

– Ya sé que no soy una niña. Soy una mujer. Pero ojalá no fuera una mujer tan cobarde.

– ¿Te avergüenzas de esta pecaminosa cohabitación?

– No me avergüenzo de nada. Es que… la familia. No quiero herirles.

– Tesoro, se sentirán mucho más heridos si se enteran de lo nuestro antes de que tú te decidas a contárselo.

Alexa reconoció que tenía razón.

– ¿Y cómo quieres que se enteren? -preguntó.

– Esto es Londres. La gente habla. Me sorprende que tu padre todavía no haya oído rumores. Hazme caso y sé valiente.

Le dio la taza vacía y un rápido beso en la mejilla. Alargó la mano hacia la bata y saltó de la cama.

– Y luego escribes a Mrs. Estonton o como se llame y le dices que sí que irás encantada y que llevarás a tu Príncipe Azul.

Alexa sonrió a pesar suyo.

– ¿Tú me acompañarías?

– Probablemente, no. Las danzas tribales nunca fueron mi fuerte -Y con estas palabras entró en el cuarto de baño. Casi inmediatamente. Alexa oyó correr el agua de la ducha.

¿Por qué tanto alboroto? Alexa cogió la invitación y la miró frunciendo el ceño. Ojalá no hubieras venido, le decía. Vas a dar la campanada.

3

Aquel mes de agosto, toda la isla se achicharraba bajo una ola de calor sin precedentes. Las mañanas empezaban calurosas y a mediodía la temperatura había escalado alturas insoportables. A primeras horas de la tarde, toda persona sensata se metía en casa y se echaba en la cama, asfixiada, o dormía en alguna terraza a la sombra. A la hora de la siesta, el viejo pueblo situado en lo alto de la montaña descansaba con todas las persianas echadas. Las calles estaban desiertas y las tiendas cerradas.

Pero abajo, en el puerto, era distinto. Había mucha gente y mucho dinero que ganar como para respetar la vieja costumbre. Los turistas no estaban para siestas. No querían perder ni un momento de sus caras vacaciones durmiendo. Y los que llegaban de excursión por un solo día y no tenían a donde ir, se sentaban a bandadas en las terrazas de los cafés, colorados y sudorosos, o deambulaban por las galerías comerciales refrigeradas. La playa estaba llena de sombrillas de palma y cuerpos semidesnudos y asalmonados, y el puerto deportivo de embarcaciones de todas clases. Sólo los de los barcos parecían saber lo que les convenía. Generalmente, desplegaban gran actividad pero a esta hora los yates y las lanchas se balanceaban perezosamente en las aguas aceitosas y en las cubiertas, a la sombra de los toldos de lona, yacían cuerpos de color caoba, inmóviles como si ya estuviesen muertos.

Pandora se despertó tarde. Había pasado toda la noche dando vueltas y, por fin, a las cuatro, había tomado un somnífero, se había dormido y había soñado profusamente. Hubiera seguido durmiendo, pero Serafina hacía mucho ruido en la cocina y el entrechocar de los platos le rompió el sueño. Al cabo de unos momentos, a pesar suyo, abrió los ojos.

Había soñado con lluvia y ríos de aguas pardas y un aire húmedo y perfumado, y el sonido del viento. Con lagos profundos y montañas oscuras, surcadas de senderos encharcados que conducían a cimas nevadas. Pero lo más importante era la lluvia. No era vertical, fragorosa y tropical como allí, sino fina y mansa. Formaba nubes de minúsculas gotitas, casi impalpable e insidiosa como el humo…

Empezó a moverse. Las imágenes se borraron, desaparecieron. ¿Por qué había de soñar ahora con Escocia? ¿Por qué, después de tantos años, volvían a su memoria aquellas viejas imágenes de lugares fríos? Quizás fuera el calor de este agosto cruel, los días inacabables de sol candente, el polvo y la sequedad, las nítidas sombras negras del mediodía. Se añoraba aquella bruma suave y perfumada.

Volvió la cabeza y al otro lado de las vidrieras correderas, que habían estado abiertas toda la noche, vio la balaustrada de la terraza, el brillante colorido de los geranios, el cielo. Azul, sin una nube, pregonando calor.

Se incorporó apoyándose en un codo y, por encima de la amplia cama, extendió la mano hacia el reloj de la mesita de noche. Las nueve. Más estrépito en la cocina. Serafina hacía notar su presencia. Y, si estaba ella, también estaría Mario, su marido y jardinero de Pandora, arañando la tierra con su arcaico azadón. Mario y Serafina vivían en el pueblo y todas las mañanas venían a trabajar en el ciclomotor de Mario que subía la cuesta rugiendo a todo gas. Mario conducía el ruidoso artefacto con Serafina detrás, sentada púdicamente de lado y abrazada a él con sus brazos fuertes y morenos. Era un milagro que el estrépito que a diario anunciaba su llegada no hubiera despertado antes a Pandora; pero las píldoras eran muy potentes.

Hacía mucho calor para quedarse en la cama, revuelta y arrugada. Demasiado tiempo había estado ya allí. Pandora apartó la fina sábana y, desnuda, sobre el suelo de mármol de la espaciosa habitación, se dirigió al cuarto de baño. Cogió el bikini, dos pañuelitos anudados, volvió al dormitorio, salió a la terraza y bajó las escaleras que conducían a la piscina.

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