Por ello, aunque Tom hubiera sido un hombre antipático e insociable, su diaria aparición habría sido bien recibida. Pero era un sujeto jovial que, nacido y criado en Tullochard, no se amilanaba ante los elementos desencadenados ni las ariscas soledades de su distrito. Además, cuando no hacía de cartero, se ganaba la admiración de sus vecinos tocando magistralmente el acordeón, y era figura obligada en el tablado de todos los bailes, con la jarra de cerveza a su lado en el suelo, dirigiendo a los danzarines en una interminable sucesión de jigas y ruedas. Y los pegadizos aires folclóricos le acompañaban a todas partes, porque Tom repartía el correo silbando.
Era mediados de agosto. Lunes. Un día de viento y nubes. No hacía calor pero al menos no llovía. Isobel Balmerino, envuelta en un gran delantal, estaba sentada a un extremo de la mesa de la cocina de Croy, desplumando tres pares de faisanes. Habían sido cobrados el viernes y habían permanecido colgados en la despensa durante tres días. Quizás hubieran tenido que reposar un poco más, pero quería acabar con aquel cisco y tener los bichos a buen recaudo en el congelador antes de que llegara el siguiente grupo de americanos.
La cocina era enorme y victoriana, y en ella abundaban los indicios de la ajetreada vida de Isobel. En un aparador había una vajilla de loza bastante desportillada y un tablero de avisos lleno de postales, direcciones y recordatorios de llamadas al fontanero. Los cestos de las perras estaban cerca de la cocina de carbón y de los ganchos del techo, antaño usados para curar jamones, colgaban ahora grandes ramas de flores secas. Sobre los fogones había una gran parrilla que se subía y bajaba con ayuda de una polea y en la que se ponían a secar las prendas de lana mojadas por la lluvia o la ropa planchada para acabar de quitarle la humedad. El sistema tenía sus inconvenientes porque, si había salmón para el desayuno, las fundas de almohada olían a pescado pero, a falta de armario secador, no había otra solución.
Antaño, en tiempos de la vieja Lady Balmerino, aquella polea había dado motivo a una anécdota muy celebrada por la familia. Mrs. Harris era la cocinera en aquel entonces, y una cocinera excelente, pero no se preocupaba por las pamplinas de la higiene. Solía tener en la cocina una gran olla de hierro en la que hervían huesos y los restos de todas las verduras que se le antojaba recoger de los platos. Aquel caldo era la base de sus famosas sopas. Un año, la casa se llenó de invitados para la cacería. El tiempo era desastroso y en la parrilla de la cocina se amontonaban las chaquetas, los bombachos, los jerséis y los calcetines peludos. Durante la quincena que duro la cacería, las sopas eran más y más sabrosas. Las invitadas pedían la receta. “¿Qué ha echado usted en la sopa, Mrs. Harris? ¡Qué aroma! ¡Es deliciosa!”. Pero Mrs. Harris, muy ufana, se limitaba a decir que su madre ya tenía muy buena mano para las sopas y ella la había heredado. Terminó la cacería y los invitados se marcharon dejando buenas propinas en las coloradas manos de Mrs. Harris. Entonces se vació la olla para fregarla. Y en el fondo apareció un apelmazado calcetín de lana.
Dos pares de aves desplumadas y el tercer par esperando turno. Había plumas por todas partes. Isobel las recogió cuidadosamente, envolvió en papel de periódico y las metió en una bolsa de basura de plástico negro. Había extendido un nuevo periódico y empezado con el ave número cinco cuando oyó silbar.
La puerta de atrás se abrió y Tom Drystone irrumpió alegremente en la cocina. La corriente levantó una nube de plumas. Isobel lanzó un gemido y él cerró con rapidez.
– Ya veo que el amo la mantiene ocupada -Las plumas volvieron a posarse. Isobel estornudó. Tom, con un golpe seco, dejo las cartas sobre el aparador-. ¿No podría hacer que la ayudara el joven Hamish?
– No está. Se ha ido a Argyll a pasar una semana a casa de un amigo del colegio.
– ¿Qué tal día tuvieron el viernes en Croy?
– Sólo regular, por desgracia.
– Pues en Glenshandra cobraron cuarenta y tres pares.
– Probablemente, serían algunos nuestros que habrían cruzado la cerca del pantano para visitar a sus amistades. ¿Una taza de café?
– Hoy no, gracias. Llevo un gran cargamento a bordo. Circulares del Consejo. Bueno, me voy…
Y se marchó, silbando, antes de que la puerta se cerrara tras él con un golpe seco.
Isobel siguió arrancando las plumas al faisán. Estaba deseando ir a mirar el correo, a ver si había algo interesante, pero se contuvo. Primero, acabaría de desplumar. Después, recogería las plumas, se lavaría las manos y repasaría el correo. Y, finalmente, atacaría la sanguinaria operación de limpiar las aves.
La furgoneta del correo se alejó rápidamente. Isobel oyó unos pasos en el corredor procedentes del vestíbulo. Lentos y desiguales. Ahora bajaban los pocos escalones de piedra, uno a uno. Se abrió la puerta y apareció su marido.
– ¿Era Tom?
– ¿No le oíste silbar?
– Espero una carta de la Comisión Forestal.
– Aun no lo he mirado.
– ¿Por qué no me avisaste de que ibas a meterte con los faisanes? -Archie parecía más acusador que contrito-. Te hubiera ayudado.
– ¿Quieres limpiarlos?
Él hizo una mueca de repugnancia. Era capaz de disparar contra las aves o de retorcer el pescuezo a la que quedara herida. Era capaz, si se le insistía, de desplumarlas. Pero le repugnaba abrirlas y destriparlas. Ello originaba pequeñas fricciones entre él e Isobel por lo que cambió rápidamente de tema. Como ella esperaba.
– ¿Dónde está el correo?
– Lo ha dejado en el aparador.
Cojeando, se acercó a recogerlo y lo llevó al otro extremo de la mesa, lejos de todo aquel fregado. Se sentó y fue pasando sobres.
– ¡Qué lata! No ha llegado. A ver si se deciden de una vez a darse prisa. Pero hay carta de Lucilla…
– ¡Ah! Qué bien, ya esperaba que escribiera…
– … y una cosa muy grande, gruesa y muy rígida, que bien podría ser una convocatoria de la reina.
– ¿Letra de Berrean?
– Es posible.
– Es la invitación.
– Hay otras dos, parecidas, para reexpedir. Una para Lucilla y la otra, para… -vaciló-. Pandora.
Las manos de Isobel quedaron quietas. Sus miradas se encontraron por encima de la mesa larga y sembrada de plumas.
– ¿Pandora? ¿Invitan a Pandora?
– Al parecer.
– Qué raro. Verena no me dijo que fuera a invitarla.
– No tenía por que decírtelo.
– Tendremos que enviársela. Abre la nuestra, a ver como es.
Lord y Lady Balmerino Mrs. Angus Steynton Recepción Para Katy Viernes, 16 de septiembre 1988 Corriehill Tullochard Baile a las 22.00 h. Se ruega respuesta. Relkirkshire
– Impresionante -dijo Archie, alzando las cejas-. Repujada grabada y con el borde dorado. Dieciséis de septiembre. Verena ha esperado mucho, ¿no te parece? Quiero decir que falta menos de un mes.
– Es que hubo una catástrofe. En la imprenta se equivocaron e imprimieron la primera partida de invitaciones en el reverso del papel, y ella las devolvió y tuvieron que hacerlas de nuevo.
– ¿Y cómo sabía ella que estaban impresas en el reverso del papel?
– Verena sabe mucho de eso. Es una perfeccionista. ¿Qué dice?
– Dice: "Lord y Lady Balmerino. Mrs. Angus Steynton. Recepción. Para Katy. Bla bla. Baile a las veintidós. Se ruega respuesta.” -Levantó la cartulina-. ¿Impresionada?
Isobel, sin las gafas, bizqueó y entornó los ojos.
– Muy impresionada. Quedará de fábula en la repisa. Los americanos pensarán que es una invitación de la realeza. Ahora, léeme la carta de Lucilla. Eso es mucho más importante.
Archie rasgó el fino sobre con el sello francés y extrajo dos hojas de papel barato rayado y muy delgado.
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