Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Ya lo sé.

– ¿Lo sabes?

– Hoy almorcé con Angus Steynton en el club. Me lo dijo él.

– Va a ser sonado. Carpas, orquestas, resopón… Pienso estrenar un vestido sensacional…

Él la miró y se interrumpió sorprendida. Era como si no hubiera oído nada. Al fin, preguntó:

– ¿Qué sucede?

– He vuelto temprano porque esta tarde no he ido al despacho. He estado en Templehall, hablando con Colin Henderson.

Templehall. Colin Henderson. El corazón le dio un vuelco y sintió la boca seca.

– ¿Por qué, Edmund?

– Quería hablar con él de todo este asunto. Todavía no había tomado una decisión respecto a Henry, pero ahora estoy seguro de que esto es lo mejor.

– ¿Qué es lo mejor?

– Enviarlo a Templehall en septiembre.

– ¿Interno?

– Está muy lejos para que duerma en casa.

La inquietud se había consumido en el fuego de la indignación. Nunca se había sentido tan furiosa con Edmund. Y, además, estaba escandalizada. Sabía que era autoritario y hasta dictador, pero no que fuera falso. Y ahora le parecía que había actuado a espaldas suyas, que la había traicionado. Se sentía burlada, indefensa, derrotada antes de haber podido efectuar un solo disparo.

– No tenías derecho. -Era su voz, pero no parecía ser Virginia la que hablaba-. Edmund, no tenías derecho.

Él alzó las cejas.

– ¿Qué no tenía derecho?

– No tenías derecho a ir sin avisarme. Yo debí ir contigo a hablar del asunto, como dices tú. Henry es tan hijo mío como tuyo. ¿Cómo has podido llevarlo todo a escondidas, sin decir una sola palabra?

– No lo he llevado a escondidas y te lo digo ahora.

– Sí. Cuando ya es un hecho consumado. No me gusta que se me considere un cero a la izquierda, una persona que no cuenta para nada. ¿Por qué tienes que tomar tú todas las decisiones?

– Supongo que porque siempre las he tomado.

– Has obrado con doblez. -Se puso en pie, cruzando los brazos con fuerza sobre el pecho, como si la única forma de impedir que golpearan a su marido fuera mantenerlos bien apretados. Ella, siempre tan sumisa, era ahora la tigresa que defiende al cachorro-. Tú sabes muy bien, y siempre lo has sabido, que yo no quiero que Henry vaya a Templehall. Es muy pequeño. Es muy niño. Ya sé que a los ocho años tú fuiste a un internado y sé que Hamish Blair también, pero, ¿por qué tiene que ser obligatorio para todos seguir la tradición? Es arcaico, es victoriano, esta anticuado meter internos a los niños pequeños. Y, lo que es peor, no hace maldita la falta. Henry puede seguir en Strathcroy hasta los doce años y después ir al internado. Eso me parece razonable. Pero antes no, Edmund. Ahora no

Él la miro con autentica perplejidad.

– ¿Por qué quieres hacer a Henry diferente a los otros niños? ¿Por qué va a marcársele como un caso especial y quedarse en casa hasta los doce años? Quizá lo confundes con los niños americanos que parecen dirigir a la familia entera hasta que llegan a adultos…

Virginia estaba descompuesta.

– No tiene nada que ver con América. ¿Cómo se te ocurre semejante cosa? Se trata de lo que cualquier madre sensible y normal siente hacia sus hijos. Eres tú el que está equivocado, Edmund. Pero ni remotamente se te ocurrirá considerar la posibilidad de que estés equivocado. Actúas como un padre victoriano. Anticuado, testarudo y dominante.

No obtuvo ninguna reacción con su explosión. La expresión de Edmund no se alteró. En tales momentos, su cara era impenetrable, con los ojos entornados y la boca inexpresiva. Deseó que saltara, que se dejara llevar, que perdiera su compostura, que alzara la voz. Pero esto era impropio de Edmund Aird. En los negocios se le conocía como un hombre de hielo. Permanecía siempre sereno impávido, sin dejarse provocar.

– Sólo piensas en ti misma -dijo.

– Pienso en Henry.

– No. Quieres retenerlo a tu lado. Y quieres imponer tu voluntad. La vida ha sido buena contigo. Siempre has hecho lo que has querido, tus padres te han mimado y malcriado. Y quizá yo también. Pero llega un momento en el que todos tenemos que comportarnos como personas mayores, y me parece que ahora te toca a ti. Henry no es una posesión tuya y tienes que soltarlo.

Apenas podía creer que estuviera diciéndole estas cosas.

– Yo no considero a Henry una posesión mía. Es una acusación insultante. Él es una persona y yo le he hecho como es. Pero tiene ocho años. Apenas ha dejado el parvulario. Necesita estar en su casa. Nos necesita a nosotros. Necesita la seguridad de un entorno que ha conocido toda su vida y necesita tener a su Moo debajo de la almohada. No podemos sacarlo de casa. No quiero que se vaya.

– Lo sé.

– Es demasiado pequeño.

– Tiene que crecer.

– Crecerá lejos de mí.

Edmund no hizo ningún comentario. La cólera de Virginia se había agotado y se sentía herida, derrotada y a punto de echarse a llorar. Para esconder las lagrimas, dio la espalda a su marido, se acercó a la ventana y apoyó la frente en el frío cristal. Miró el jardín sin verlo, con los ojos ardientes. Se produjo un largo silencio. Y, luego, razonable como siempre, Edmund volvió a hablar.

– Templehall es un buen colegio, Virginia, y Colin Henderson, un buen director. No se exige demasiado a los chicos pero se les enseña a trabajar. La vida va a ser dura para Henry. Va a ser dura para todos estos chicos. Competitiva y difícil. Cuanto antes aprendan a afrontarla y a aceptar lo bueno y lo malo, mejor. Amóldate a la situación. Hazlo por mí. Míralo como yo. Henry esta demasiado atado a ti.

– Soy su madre.

– Tú lo asfixias. -Con estas palabras, salió tranquilamente de la habitación.

7

Henry volvía a casa, al sol dorado de la tarde. Había poca gente en la calle porque eran casi las seis y todo el mundo estaba tomando el té. Él imaginaba las mesas puestas, los platos de sopa, quizás, y después la merluza o las chuletas y, para terminar, pastel o galletas, todo bien regado con un té fuerte y caliente. Él se sentía gratamente lleno de salchichas. Pero quizás antes de acostarse le cupiera aún una taza de cacao.

Llegó al puente arqueado que cruzaba el Croy entre las dos iglesias. En lo más alto del arco, se apoyó en el vetusto pretil de piedra y miró al río. Había llovido mucho, demasiado según los campesinos, y venía muy crecido, arrastrando ramas y hierbas. Una vez, Henry había visto pasar un pobre cordero muerto por debajo del puente. Más abajo, el valle se ensanchaba y allí el Croy cambiaba de carácter, se remansaba y ondulaba entre los verdes pastos y por la tarde los rebaños se acercaban a beber. Pero aquí se precipitaba por la ladera, saltando sobre las rocas y formando pequeñas cascadas y ollas.

El sonido del Croy era uno de los primeros recuerdos de Henry. Por la noche, podía oírlo por la ventana abierta de su habitación y todas las mañanas despertaba con su murmullo. Aguas arriba estaba la charca en la que Alexa le había enseñado a nadar. Con sus amigos de la escuela, jugaba a construir presas y ciudades en el barro de la orilla.

Detrás de él, el gran reloj de la torre de la iglesia presbiteriana dio la hora con seis graves y sonoras campanadas. A disgusto reanudó la marcha por el camino que bordeaba la orilla sur. Allí crecían unos olmos muy altos en cuyas ultimas ramas alborotaba una colonia de cornejas. Al llegar a la verja de Balnaid, de pronto, le entró prisa por estar en casa y echó a correr. La cartera que llevaba en bandolera le golpeaba el costado. Al doblar la esquina de la casa, vio el “BMW “azul oscuro de su padre aparcado en la explanada de grava. Una espléndida e inesperada sorpresa. Generalmente, su padre no llegaba hasta después de que Henry se acostara. Pero ahora los encontraría a los dos en la cocina, charlando y explicando lo que habían hecho aquel día, mientras su madre preparaba la cena y su padre tomaba una taza de té.

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