Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Sí que vino. Él y Archie eran muy buenos amigos. Tenía que venir. Pero vino solo.

Había terminado con el mantel. Ahora, había cogido su blusa de vestir y metía la punta de la plancha en los frunces del hombro. Esto debía de ser todavía más difícil que planchar fundas de almohada.

– Háblame de la casa de Londres.

– ¡Oh! Henry, ¿es qué no te cansas de oír siempre las mismas historias?

– Me gusta que me hables de la casa.

– Bueno. Estaba en Kensington, pegada a otras casas iguales. Era muy alta y muy estrecha, y cuánto trabajo. Las cocinas, en el sótano, y el cuarto de los niños, en el último piso. Me parecía que me pasaba el día subiendo escaleras. Pero era una casa muy bonita, llena de objetos de gran valor. Y siempre había movimiento, visitas, cenas, invitados muy elegantes. Alexa y yo nos sentábamos en el recodo de la escalera, a mirar por entre los barrotes.

– Y nadie os veía.

– Nadie. Era como jugar al escondite.

– Y también ibais al palacio de Buckingham…

– Sí, a ver el cambio de la guardia. Y a veces tomábamos un taxi y nos íbamos al zoo de Regent’s Park a ver a los leones. Y después, cuando Alexa ya fue mayorcita, yo la acompañaba al colegio y a la clase de baile. Algunos niños eran Lords y Ladies y no tienes idea de lo estiradas que eran sus niñeras.

Pequeños Lords y Ladies y una casa llena de objetos de gran valor. Henry se dijo que Edie había tenido experiencias maravillosas.

– ¿Te dio pena marcharte de Londres?

– ¡Oh! Henry, me dio pena porque todos estábamos muy tristes y nos íbamos por una razón muy triste. Una tragedia. Imagina, un hombre que conduce su coche muy de prisa, sin pensar que en la carretera puede haber otras personas, y en un segundo Edmund que pierde a su esposa, y Alexa, a su madre. Y la pobre Lady Cheriton, a su única hija. Muerta.

Muerta. Era una palabra terrible. Como el chasquido de unas tijeras al cortar en dos un cordón que sabes que nunca, nunca volverá a estar entero.

– ¿Le importó a Alexa?

– Importar no es la palabra adecuada para expresar tanta tristeza.

– Pero eso quería decir que podías volver a Escocia.

– Sí. -Edie suspiró y dobló la blusa-. Sí, volvimos. Volvimos todos. Tu padre, a trabajar en Edimburgo y Alexa y yo, a vivir en Balnaid. Y, poco a poco, las cosas fueron mejor. La pena es una cosa muy curiosa, porque no tienes que cargar con ella toda la vida. Al cabo de un tiempo, la dejas al lado del camino y sigues andando y allí se queda. Para Alexa fue una vida nueva. Iba a la escuela de Strathcroy, lo mismo que tú, y se hizo amiga de los niños del pueblo. Y tu abuela Vi le compró una bicicleta y un bonito pony de Shetland. Al poco tiempo, nadie habría dicho que había vivido en Londres. Pero, en cuanto fue lo bastante mayor como para viajar sola, iba a pasar las vacaciones con Lady Cheriton. Era lo menos que podíamos hacer por la pobre señora.

Edie había acabado de planchar. Desenchufó la plancha, la dejó en el hogar para que se enfriara y luego dobló la tabla de planchar. Pero Henry no quería dar por terminada aquella fascinante conversación.

– Antes de Alexa cuidaste de papá, ¿verdad?

– Eso es. Hasta que cumplió los ocho años y se fue al internado.

– Yo no quiero ir al internado -dijo Henry.

– Anda, anda ya. -La voz de Edie se hizo ligera y animosa. No estaba dispuesta a aguantar quejas ni llantos-. ¿Y por qué no? Allí tendrás a muchos chicos de tu edad y jugaras al fútbol y al criquet, y te lo pasaras estupendamente.

– No conoceré a nadie. No tendré ni un amigo. Y no podré llevarme a Moo.

Edie estaba enterada de lo de Moo. Moo era un trozo de satén y lana, restos de la manta de la cuna de Henry. Vivía bajo la almohada y le ayudaba a dormirse por la noche. Sin Moo no podría quedarse dormido. Moo era muy importante para él.

– No -convino ella-. No podrás llevarte a Moo, desde luego. Pero a nadie le parecería mal que te llevaras un osito.

– Los ositos no sirven. Y Hamish Blair dice que sólo los pequeñajos se llevan el osito al colegio.

– Hamish Blair dice muchas tonterías.

– Y tú no estarás allí para darme la comida.

Edie dejó su aire animoso. Extendió la mano y le revolvió el pelo.

– Chico. Todos tenemos que crecer, seguir adelante. El mundo se pararía si nos quedásemos siempre en el mismo sitio. Vamos… -miró el reloj-, ya es hora de que te vayas para casa. Prometí a tu madre que estarías de vuelta a las seis. ¿Irás bien tú solo o quieres que te acompañe un trecho?

– No; iré bien yo solo.

6

Edmund Aird tenía casi cuarenta años cuando se casó por segunda vez y Virginia, su nueva esposa, veintitrés. Ella no procedía de Escocia, sino de Devon y era hija de un oficial del regimiento de Devon y Dorset que se había retirado del Ejercito para cuidar de una granja heredada, una considerable extensión de tierras entre Dartmoor y el mar. Ella se había criado en Devon, pero su madre era americana y cada verano madre e hija cruzaban el Atlántico para pasar los meses de julio y agosto en la vieja casa de la familia. Estaba en Leesport, en la costa sur de Long Island, un pueblo que miraba las dunas de la isla de Fire sobre las azules aguas de la Gran Bahía del Sur.

La casa de los abuelos era vieja, de madera, grande y muy ventilada. La brisa marina circulaba por ella agitando los visillos y transportando al interior los aromas del jardín. El jardín era espacioso y estaba separado de la tranquila y arbolada calle por una valla de madera blanca. Había unas glorietas dispuestas para la vida al aire libre y grandes porches con mamparas de tela metálica, santuarios de frescor al abrigo de los insectos. Pero lo mejor de la casa era que estaba al lado del club local, un hervidero de actividad social, con sus restaurantes y bares, su campo de golf, sus pistas de tenis y su enorme piscina de color turquesa.

Era un mundo distinto al del húmedo y brumoso Devon y el viaje anual confería a la joven Virginia un lustre y una sofisticación que la distinguían de sus contemporáneas inglesas. Su ropa, adquirida durante grandes expediciones a la Quinta Avenida, tenía clase y estilo. Su voz poseía un deje del dulce acento materno y cuando volvía a la escuela, con su pelo rubio bien cuidado y sus largas y esbeltas piernas de americana, era objeto de mucha curiosidad y admiración y, cómo no, también de mucha envidia maliciosa.

Que ella pronto aprendió a neutralizar.

No era muy dada al estudio y se apasionaba por cualquier actividad al aire libre. En Long Island jugaba al tenis, navegaba y nadaba. En Devon montaba a caballo y todos los inviernos participaba en la caza del zorro. Cuando creció, los jóvenes acudían en tropel atraídos por su hermosa figura que, realzada por el atavío de caza, montaba un envidiable caballo, o vestida con una faldita blanca que apenas le cubría las posaderas, volaba con pericia por la pista de tenis. En los bailes de Navidad, formaban enjambre alrededor de ella. Cuando Virginia estaba en casa, el teléfono no paraba de sonar y siempre era para ella. Su padre se quejaba, aunque en el fondo se sentía orgulloso. Con el tiempo, dejó de quejarse y mandó instalar otro teléfono.

Al dejar el colegio, Virginia marchó a Londres y aprendió a utilizar la máquina de escribir eléctrica. Aquello era muy aburrido, pero como no tenía talento ni ambición parecía lo único que podía hacer. Compartía un piso en Fulham y efectuaba trabajos temporales, porque de este modo podía ir y venir cuando recibía una invitación interesante. Los hombres seguían acosándola, pero ahora eran diferentes: más viejos, más ricos y, algunos, casados. Ella dejaba que gastaran grandes cantidades de dinero en invitarla a cenar y en regalos. Y, cuando los tenía rendidos de pasión insatisfecha y devoción, desaparecía de Londres sin avisar para disfrutar de otro fabuloso verano con los abuelos y conocer Ibiza o hacer un crucero por la costa occidental de Escocia, o pasar la Navidad en Devon.

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