Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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Hacía ya mucho tiempo que Archie e Isobel habían perdido toda esperanza de volver a verla y, no obstante, de vez en cuando, la echaba de menos más que a nadie. La juventud había pasado y los habitantes de la casa se habían dispersado. Los Harris se habían jubilado hacía tiempo y, ahora, el servicio se reducía a Agnes Cooper, que subía del pueblo dos días a la semana para ayudar a Isobel en la cocina.

Y las tierras no estaban mucho mejor. Gordon Gillock, el guarda, seguía en su casita de piedra, con las perreras en la parte de atrás, pero el coto de los faisanes estaba arrendado a una asociación y Edmund Aird pagaba el sueldo del guarda. La granja se había vendido y el parque estaba sembrado. Finalmente, el jardinero -un anciano reseco y arrugado, parte importante de la niñez de Archie- había muerto y no había sido sustituido. Su precioso jardín tapiado se había convertido en un prado; los rododendros, sin poda, se habían hecho enormes y la pista de tenis de tierra batida verdecía de musgo. Archie era ahora el jardinero oficial con la esporádica ayuda de Willy Snoddy, que vivía en un cottage pequeño y pringoso al final del pueblo, ponía trampas a los conejos, pescaba salmón furtivamente y, de vez en cuando, se sacaba algún jornal para bebérselo.

¿Y qué había sido de él mismo? Archie hizo balance. Ex teniente coronel de los Leales Highlanders de la Reina, con una pata de aluminio, una pensión de invalidez del sesenta por ciento y demasiadas pesadillas. De todos modos, gracias a Isobel, aún poseía su patrimonio. Croy todavía era suyo y, Dios mediante, un día sería de Hamish. Cojo y pasando estrecheces, pero todavía era Balmerino de Croy.

De pronto, le pareció gracioso. Balmerino de Croy. Hermoso título y ridícula situación De nada servía intentar averiguar por que habían empeorado tanto las cosas, puesto que nada se podía hacer por remediarlas. Basta de nostalgias. El deber le llamaba y Lady Balmerino aguardaba.

Sin saber por que, se sintió más animado. Encendió el motor y cruzó la pequeña distancia que le separaba de la casa.

5

Había lloviznado todo el día, pero ahora hacía buen tiempo y Henry salió al jardín con Edie después del té. El jardín llegaba hasta el río y, de una cuerda tendida entre dos manzanos, colgaba la colada. Ayudó a Edie a recoger la ropa y a meterla en la cesta y entre los dos doblaron las sabanas sacudiéndolas bien para que no quedaran arrugas. Cuando acabaron volvieron a la casa y Edie puso la tabla y empezó a planchar las fundas de almohada, el delantal y una blusa. Henry miraba, le gustaba el olor de la ropa caliente y ver cómo la plancha la dejaba lisa, reluciente y crujiente.

– Planchas muy bien -dijo.

– A la fuerza, después de tantos años.

– ¿Cuántos años, Edie?

– Pues… -Dejó la plancha en el soporte y dobló la funda de almohada con sus manos llenas de hoyos-. Ahora tengo sesenta y ocho años y tenía dieciocho cuando entre a trabajar en casa de Mrs. Aird. Echa la cuenta.

Hasta Henry podía hacer el calculo.

– Cincuenta años.

– Cincuenta años son mucho tiempo cuando se mira hacia delante, pero al mirar atrás apenas te parece un suspiro. Y una empieza a preguntarse de que va la vida.

– Háblame de Alexa y de Londres. -Henry nunca había estado en Londres, pero Edie había vivido allí varios años.

– ¡Oh! Henry, hemos hablado de eso mil veces.

– A mí me gusta hablar de eso.

– En fin… -marcó un pliegue tan fino como el filo de un cuchillo-. Cuando tu papá era mucho más joven, se casó con una señora que se llamaba Caroline. Se casaron en Londres, en la capilla de Santa Margarita de Westminster, y todos fuimos a la boda y nos hospedamos en un hotel que se llamaba “Berkeley”. ¡Y qué boda! Había diez damas de honor preciosas, vestidas de blanco, como una procesión de cisnes. Y, después de la ceremonia, nos fuimos todos a otro gran hotel que se llama “Ritz” y allí había camareros vestidos de frac tan elegantes que parecían invitados. Y champaña, y unas mesas llenas de comida que no sabías por dónde empezar.

– ¿Había jalea?

– Jalea de todos los colores. Amarilla, roja y verde. Y salmón frío y unos sandwiches riquísimos que podías coger con los dedos, y uva escarchada, reluciente con azúcar. Caroline llevaba un vestido de seda salvaje con una cola muy larga y en la cabeza una diadema de brillantes que su padre le había regalado para la boda, y parecía una reina.

– ¿Era bonita?

– Henry, todas las novias son bonitas.

– ¿Tan bonita como mamá?

Edie no se dejaba pillar.

– Era bonita de otra manera. Era muy alta y tenía un hermoso pelo negro.

– ¿Te gustaba?

– Claro que me gustaba. No hubiera ido a Londres a cuidar a Alexa si no me hubiera gustado.

– Cuéntame eso.

Edie había terminado con las fundas de almohada y empezó a planchar un mantel a cuadros azul y blanco.

– Verás, fue a poco de morir tu abuelo Geordie. Yo todavía vivía en Balnaid, al servicio de tu abuela Vi. Había un bebé en camino, porque Edmund nos lo había dicho cuando vino al entierro de su padre. “Caroline va a tener un hijo”, nos dijo. Vivíamos las dos solas en la casa, haciéndonos compañía la una a la otra, y fue un gran consuelo para tu abuela Vi saber que, aunque Geordie ya no estuviera con ella, pronto habría una nueva vida. Luego nos enteramos de que Caroline buscaba niñera para el bebé. Tu abuela Vi empezó a preocuparse. La verdad es que no soportaba la idea de que una persona desconocida, que muy bien podía ser una bruta sin seso, cuidara de su nieto y le llenara la cabeza de tonterías, o ni siquiera se tomara la molestia de hablarle ni de leerle. A mí no se me ocurrió la idea de ir a Londres hasta que tu abuela Vi me lo pidió. Yo no quería dejar Balnaid y Strathcroy. Pero… lo discutimos y al fin decidimos que no había otra solución. Conque a Londres me fui…

– Seguro que papá se alegró de verte.

– Pues sí que se alegró. Y, al fin, fue una suerte que estuviera yo allí. Alexa nació muy bien, pero después Caroline se puso muy enferma.

– ¿Tuvo el sarampión?

– No; no era el sarampión.

– ¿La tos ferina?

– No; no era una de esas enfermedades. Era algo nervioso. Depresión postparto se llama y es algo horrible. Hubo que llevarla a un hospital y cuando volvió a casa era incapaz de hacer nada y, mucho menos, cuidar de un recién nacido. Pero poco a poco se recuperó y Lady Cheriton, su madre, se la llevó en barco a una isla muy bonita que se llama Madeira. Y, al cabo de un par de meses de estar allí, se puso mucho mejor.

– ¿Y tú te quedaste sola en Londres?

– Sola del todo, no. Una señora muy simpática iba todos los días a limpiar la casa, y tu padre entraba y salía.

– ¿Por qué no veníais todos a Escocia a vivir con Vi?

– Pensamos en venir. Pero sólo de visita. La semana de la boda de Lord y Lady Balmerino… aunque entonces se llamaba todavía Archie Blair y era un oficial muy guapo. Caroline aún estaba en Madeira y Edmund dijo que todos vendríamos a la boda y nos quedaríamos en Balnaid. Tu abuela Vi se puso contentísima cuando se enteró de que veníamos. Bajó la cuna del desván y lavó las mantas y limpió el cochecito. Y entonces a Alexa empezaron a salirle los dientes. Era aún muy chiquita y lo que sufría la pobre… Se pasaba las noches llorando y por más que yo hacía no callaba. Estuve casi dos semanas sin dormir, y al fin Edmund dijo que le parecía que ninguna de las dos estábamos en condiciones de hacer un viaje tan largo. Tenía razón, desde luego, pero yo me llevé un buen disgusto.

– Y Vi, otro, seguro.

– Me parece que sí.

– ¿Papá vino a la boda?

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