Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Sí. Desde luego, es una lata.

Las puertas de lo alto de la escalerilla se abrieron y los pasajeros empezaron a bajar. Algunos buscaban a los que los esperaban, otros parecían desorientados y angustiados cargados con un excesivo equipaje de mano. Había la proporción normal de hombres de negocios que regresaban de asistir a reuniones y conferencias en Londres con la consabida cartera, el paraguas y el periódico doblado. Uno, con toda naturalidad, llevaba un ramo de rosas rojas.

Edmund, aguardando la aparición de Virginia, los observaba. Al verlo, alto y elegantemente vestido, nadie hubiera podido sorprender ni asomo de la inquietud que sentía en sus ojos de pesados párpados o en sus facciones. Porque Edmund no estaba seguro de que Virginia se alegrara de verlo allí.

Desde la tarde en que le había dado a conocer su decisión de enviar a Henry al internado, sus relaciones eran dolorosamente tensas. Era su primera pelea y aunque era hombre que podía prescindir perfectamente de la aprobación de sus semejantes, todo aquello le fastidiaba y estaba deseando que acabara de una vez aquella glacial cortesía que se había instalado entre ellos dos.

No tenía muchas esperanzas. En cuanto la escuela primaria de Strathcroy inició las vacaciones de verano, Virginia se llevó a Henry a Devon, a pasar tres largas semanas en casa de sus padres. Edmund esperaba que aquella larga separación curase las heridas y pusiera fin al mal humor de Virginia, pero las vacaciones, pasadas en compañía de su adorado hijito, parecían haber endurecido su actitud y había regresado a Balnaid más fría que nunca.

Edmund podía soportarlo, pero sabía que la tensión que existía entre ellos no pasaba inadvertida a Henry. El niño se había vuelto reservado y llorica y estaba más apegado que nunca a su precioso Moo. Edmund odiaba a Moo. Le parecía ofensivo que su hijo fuera incapaz de dormirse sin aquel asqueroso pingo de manta. Hacía meses que decía a Virginia que se lo quitara pero Virginia, por lo visto, había hecho caso omiso de sus consejos. Ahora sólo faltaban unas semanas para que Henry se fuera a Templehall y allí harían lo que no había hecho ella.

Después del desastre de las vacaciones en Devon, Edmund frustrado ante la obstinada reserva de Virginia, pensó en provocar otra pelea a fin de precipitar las cosas. Pero decidió que con ello sólo conseguiría empeorar la situación. En su actual estado de animo, Virginia era capaz de hacer las maletas y marcharse a Leesport, Long Island, a casa de sus amantísimos abuelos, que acababan de regresar del crucero. Allí la mimarían como siempre y le dirían que tenía razón y que Edmund era un monstruo obstinado por pretender separarla del pequeño Henry.

De modo que Edmund optó por no remover el asunto e intentar capear el temporal. Al fin y al cabo, no pensaba cambiar de idea ni hacer concesiones. En realidad, era Virginia quien debía decidir si entraba en razón.

Cuando anunció que se iba a Londres a pasar unos días, Edmund recibió la noticia con alivio. Si unos días de diversiones y compras no podían disipar su mal humor, nada lo lograría. Henry, dijo ella, se quedaría con Vi. Él podía hacer lo que quisiera. Por lo tanto, metió a los perros en las perreras de Gordon Gillock, cerró Balnaid y pasó la semana en su piso de Moray Place.

Aquella semana de soledad no le supuso ningún sacrificio. Sencillamente, barrió de su mente todos los problemas domésticos, se dejó absorber por el trabajo y disfrutó de la oportunidad de efectuar largas y productivas jornadas en el despacho. Por otra parte, la noticia de que Edmund Aird estaba en la ciudad solo se propagó rápidamente. Los hombres atractivos estaban siempre muy solicitados y le llovieron las invitaciones a cenar. Durante la ausencia de Virginia, había salido todas las noches.

Pero la verdad era que él quería a su mujer y le dolía profundamente el obstáculo que estaba interponiéndose durante tanto tiempo entre ellos como un pantano fétido. Mientras esperaba verla aparecer, hacía votos fervorosos para que las diversiones de Londres la hubieran dispuesto a una tesitura más razonable.

Por su propio bien. Porque él no tenía intenciones de vivir ni un día más bajo aquella nube de hostilidad y, como no hubiera depuesto su actitud, estaba decidido a quedarse en Edimburgo y no volver a Balnaid.

Virginia fue una de los últimos pasajeros en aparecer por la puerta. Empezó a bajar las escaleras. La vio inmediatamente. Se había cambiado de peinado y vestía ropa desconocida y evidentemente recién estrenada. Un pantalón negro, una blusa azul zafiro y un impermeable larguísimo que le llegaba casi a los tobillos. Además del bolso de mano, llevaba numerosas bolsas y cajas relucientes y extravagantes. Era la viva imagen de la mujer elegante recién llegada de una expedición a las mejores tiendas. Estaba guapísima y parecía unos diez años más joven.

Y era su mujer. Ahora se daba cuenta de lo mucho que la había echado de menos, a pesar de todo. No se movió. Sentía los latidos de su corazón.

Ella, al verlo, se detuvo. Sus miradas se encontraron. Aquellos ojos tan azules y brillantes. Durante un largo momento, sólo se miraron. Luego, ella sonrió y siguió bajando la escalera.

Edmund exhaló un largo suspiro en el que se mezclaban el alivio, la alegría y una especie de juvenil sosiego. Al parecer, Londres había surtido efecto. Todo se arreglaría. Sintió que su rostro se abría en una sonrisa irreprimible y fue a su encuentro. Diez minutos después, se encontraban en el coche, con el equipaje de Virginia en el portamaletas, las puertas cerradas y los cinturones abrochados. Los dos solos y juntos.

Edmund, agitó las llaves del coche en la mano y preguntó:

– ¿Qué quieres hacer?

– ¿Tú que sugieres?

– Podemos volver a Balnaid directamente. O quedarnos en el piso. O cenar en Edimburgo y después irnos a Balnaid. Henry pasa una noche más en casa de Vi, o sea que estamos libres.

– Me gustaría ir a cenar y después a casa.

– Pues eso haremos -Introdujo la llave y accionó el encendido-. He reservado mesa en “Rafaelli’s”

Maniobró por el abarrotado aparcamiento, se acercó a la garita y pagó. Luego salió a la carretera.

– ¿Qué tal Londres?

– Mucho calor y mucha gente. Pero bien. He visto a montones de gente y he ido por lo menos a cuatro fiestas, y Felicity tenía entradas para El fantasma de la ópera. He gastado tanto que cuando recibas las facturas te dará un ataque.

– ¿Te has comprado el vestido para la fiesta de los Steynton?

– Sí. Es un “Carolina Charles”. Una creación fabulosa. Y he ido a la peluquería.

– Ya veo.

– ¿Te gusta?

– Muy elegante. Y el impermeable es nuevo.

– Al llegar a Londres me vi tan provinciana, que perdí la cabeza. Es italiano. En Strathcroy no me servirá de mucho, desde luego, pero no pude resistirme.

Se reía. Esta era su dulce Virginia. Se sentía contento y agradecido y se propuso recordarlo cuando llegaran los inevitables estadillos de “American Express”.

– Ya veo que tendré que ir a Londres más a menudo -decía ella.

– ¿Has visto a Alexa?

– Sí y tengo muchas cosas que contarte, pero las reservaré para la cena. ¿Cómo está Henry?

– Llamé la otra noche. Como siempre, disfrutando. Vi invitó a Kedejah Ishak a tomar el té en Pennyburn y ella y Henry construyeron una presa en el arroyo y botaron barquitos de papel. Estaba muy contento de quedarse con Vi una noche más.

– ¿Y tú? ¿Qué has hecho?

– Trabajar. Cenar fuera. He hecho mucha vida de sociedad esta semana.

Ella le miró de soslayo.

– No me sorprende -dijo, sin rencor.

Tomó la carretera vieja de Glasgow desde la que se divisaba Edimburgo, con su impresionante aspecto de grabado romántico bajo el inmenso cielo gris acero. Las calles anchas y arboladas, la silueta de las espiras y las torres y, dominándolo todo, la sombría mole del castillo, con la bandera ondeando. Entraron en el barrio de New Town, con sus armoniosas plazas georgianas y sus espaciosos paseos. Los edificios habían sido limpiados recientemente y, a la última luz de la tarde, las fachadas de las ventanas y los pórticos clásicos con airosos remates en forma de abanico tenían color de miel.

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