Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Mejor que bien, tesoro. Es un milagro.

– Y no olvidéis que también traigo a Jeff.

– Estaremos encantados de conocerlo.

– Hasta mañana, entonces.

– ¿A qué hora?

– A eso de las cinco. Pero no os preocupéis si nos retrasamos.

– No nos preocuparemos.

– Tengo muchas ganas de veros.

– Y nosotros. Conducid con precaución, tesoro.

– Naturalmente. -Le envió un beso por los cientos de millas de cable telefónico y colgó.

Archie se quedó sentado en la silla de la cocina, con el teléfono zumbándole en la mano. Lucilla y Pandora. Venían a casa.

Colgó. El zumbido cesó. El viejo reloj de la cocina emitía un tictac lento. Permaneció inmóvil unos momentos y luego se levantó, salió de la cocina y anduvo pasillo adelante hasta su estudio. Se sentó a su escritorio, abrió un cajón y sacó una llave. Con la llave abrió otro cajón más pequeño. Del cajón sacó un sobre amarillento dirigido a él y dirigido, con la letra grande e inmadura de Pandora, al Cuartel General del Regimiento de Leales Highlanders de la Reina en Berlín. Tenía matasellos de 1967. Contenía una carta, pero no la sacó para leerla porque la sabía de memoria. Por lo tanto, no había más razón para no haberla hecho pedazos o lanzado al fuego que la de que no había podido decidirse a destruirla.

Pandora. Que regresaba a Croy.

A lo lejos empezó a oírse un motor de coche acercándose a la casa por el camino particular que subía de la carretera general. Era un motor inconfundible. Isobel y Hamish volvían en el minibús de su expedición de recolección de arándano. Archie volvió a introducir el sobre en el cajón, cerró, guardó otra vez la llave y fue al encuentro de su familia.

Isobel había dado la vuelta a la casa y había parado en el patio y cuando Archie volvió a la cocina su esposa y su hijo abrían ya la puerta y entraban triunfalmente, cada uno con dos enormes cestos rebosantes de la oscura fruta. Después de su incursión a los matorrales, los dos estaban impresentables, tiznados, sucios de barro y desgreñados. Parecían un par de jornaleros del campo, pensó Archie cariñosamente.

Cada vez que miraba a Hamish sentía un pequeño sobresalto de sorpresa, porque durante aquellas vacaciones de verano el chico había crecido a ojos vistas. Ahora, con doce años, ya era más alto que su madre y su jersey, agujereado en los codos y manchado, se tensaba sobre unos hombros musculosos. El faldón de la camisa le salía por fuera de los tejanos, las manos y la boca estaban manchadas de zumo violeta y su desgreñada mata de pelo de color maíz pedía a gritos un buen corte. Archie lo contempló con orgullo.

– Hola, papá. -Hamish, dejó los cestos en la mesa de la cocina y gimió-: Estoy hambriento.

– Tú siempre estás hambriento.

Isobel también dejó su carga.

– Hamish, te has pasado la tarde comiendo bayas. -Llevaba el pantalón de pana que le hacía bolsas en las rodillas y una camisa que Archie había desechado hacía tiempo-. No puedes tener hambre.

– Pues tengo hambre. Las bayas no llenan. -Hamish se dirigía ya al aparador donde estaban las cajas de bizcocho. Destapó una ruidosamente y cogió un cuchillo.

Archie contempló la cosecha con admiración.

– Habéis trabajado mucho.

– Debe de haber por lo menos treinta libras. Nunca había visto tanto arándano. Hemos ido al otro lado del río, donde Mr. Gladstone siembra los nabos. Los setos de esos campos están cuajados de fruto. -Isobel arrimó una silla y se sentó-. Me muero por una taza de té.

– Tengo que darte una noticia -empezó Archie.

Ella le miró rápidamente, siempre temiendo lo peor.

– ¿Una buena noticia?

– Inmejorable -respondió él.

– Pero, ¿cuándo ha llamado? ¿Qué te ha dicho? ¿Por que no llamó antes? -Isobel no le daba tiempo de contestar-. ¿Por qué no llamó desde Palma, o desde Francia, con más tiempo? No es que me haga falta tiempo, no importa; lo único que importa es que vienen. Mira que parar en el “Ritz”… No creo que Lucilla haya estado nunca en un hotel. Pandora exagera. Habrían podido ir a otro menos fastuoso.

– Probablemente Pandora no conoce otro.

– ¿Y se quedan para el baile? ¿Y trae también al criador de ovejas? ¿De verdad crees que ha podido convencer a Pandora? Es increíble que, al cabo de tantos años, haya tenido que ser Lucilla quien la traiga. Tendré que preparar todas las habitaciones. Vamos a estar a tope, porque también tendremos al americano amigo de Katy. Y habrá que encargar comida. Todavía debe haber faisanes en el congelador…

Estaban sentados a la mesa, tomando el té. Hamish, acuciado por el hambre, había hervido el agua y preparado el té. Mientras sus padres hablaban, había sacado tres tazas y las cajas del bizcocho y las galletas y había colocado el pan en la madera. También había puesto en la mesa la mantequilla y un tarro de pasta de avellana al chocolate por la que últimamente había desarrollado gran predilección. En ese momento, estaba fabricándose un sándwich gigante con ella.

– ¿…te habló de Pandora? ¿Dijo algo?

– No mucho. Sólo parecía encantada de la vida.

– ¡Cómo me hubiera gustado estar aquí para hablar con ella!

– Podrás hablar con ella mañana.

– ¿Se lo has dicho a alguien?

– No. Sólo a vosotros.

– Tengo que llamar a Verena para que cuente con tres personas más en la fiesta. Y hay que decírselo a Virginia. Y a Vi.

Archie volvió a llenarse la taza.

– He pensado que a lo mejor era buena idea invitar a todos los Aird a almorzar el domingo. ¿Qué te parece? Al fin y al cabo, no sabemos cuanto tiempo va a quedarse Pandora y la próxima semana, entre unas cosas y otras, esto va a ser un circo de tres pistas. El domingo podría ser un buen día.

– Una idea estupenda. Llamaré a Virginia. Y encargaré un filete al carnicero.

– Ñam ñam -hizo Hamish, cogiendo otra rebanada de pan de jengibre.

– … y si hace buen día podríamos jugar al croquet. No hemos jugado en todo el verano. Tendrás que segar la hierba, Archie. -Dejó la taza en la mesa con aire atareado-. Ahora tengo que hacer mermelada de arándano y preparar las habitaciones. Pero que no se me olvide llamar a Virginia…

– Yo la llamaré -dijo Archie-. Eso puedo hacerlo yo.

Pero Isobel, cuando hubo puesto la gran olla de la mermelada en el fogón, comprendió que si no daba la noticia a alguien estallaría e hizo una pausa para telefonear a Violet. Pero en Pennyburn no contestó nadie. Colgó y volvió a llamar media hora después.

– Diga.

– Vi, soy Isobel.

– ¡Oh! Querida.

– ¿Estás ocupada?

– No. Estoy sentada con una copa en la mano.

– Vi, si no son más que las cinco y media. ¿Es que te das a la bebida?

– Momentáneamente. He tenido el día más agotador de toda mi vida. Me he llevado a Lottie Carstairs de compras a Relkirk y a tomar el té. Bueno, ya ha pasado y he hecho mi buena obra de la semana. Pero me pareció que merecía un buen whisky con soda.

– Desde luego. Incluso dos buenos whiskies con soda. Vi, tengo que decirte una cosa fantástica. Lucilla ha llamado desde Londres, mañana llega a casa y trae a Pandora.

– ¿Trae a quién?

– A Pandora. Archie está entusiasmado. Imagina, hace veintiún años que intenta hacerla venir a Croy y ahora va a venir.

– No puedo creerlo.

– ¿Verdad que parece increíble? Ven a almorzar el domingo y así los verás a todos. También vendrán los otros Aird y puedes venir con ellos.

– Me encantaría. Pero… Isobel, ¿por qué crees que habrá decidido venir tan repentinamente? Me refiero a Pandora.

– Ni idea. Lucilla dijo no sé qué del baile de los Steynton, pero es una excusa muy pobre.

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