Finalmente, Isobel, cansada de tropezarse con su marido, perdió la paciencia.
– Archie, si no puedes estarte quieto, ¿por qué no haces algo útil como poner la mesa? Los manteles individuales y las servilletas están en el aparador. -Y subió a las habitaciones dejándolo entregado a la tarea.
No es que a Archie le importara poner la mesa. Antes, era Harris quien se encargaba de esta tarea, por lo que no debía de ser impropio de un hombre. Y cuando tenían huéspedes americanos, poner la mesa para la cena era siempre misión de Archie y le causaba cierto placer realizar la labor con militar precisión, alineando milimétricamente los cubiertos y doblando las servilletas en forma de mitra.
Las copas tenían un poco de polvo, por lo que fue en busca de un paño de cocina. Estaba frotándolas cuando oyó el coche que subía la cuesta. El corazón se le disparó. Miró el reloj, que señalaba las cuatro. Aún era temprano, sin duda. Dejó la copa y el paño. No podía ser…
El largo alarido del claxon hizo añicos el silencio de la tarde y disipó sus dudas.
La señal tradicional de Lucilla.
Archie no podía andar de prisa, pero ahora anduvo lo más de prisa que podía. Cruzó el comedor en toda su longitud hasta la puerta.
– ¡Isobel!
La puerta principal estaba abierta. Había empezado a cruzar el vestíbulo cuando apareció el coche, un rugiente “Mercedes”, que esparcía la grava con los neumáticos.
– ¡Isobel! Ya están aquí.
Llegó hasta la puerta, pero no pasó de ella. Pandora fue más rápida que él. Casi antes de que el coche se detuviera, había saltado ya a tierra y corría hacia él. Pandora, con su pelo brillante flotando al aire y aquellas piernas largas y delgadas.
– ¡Archie!
Llevaba un abrigo de pieles que le llegaba casi hasta los tobillos, pero ello no fue obstáculo para que subiera las escaleras de dos en dos y si él, por culpa de la pierna, ya no podía levantarla en vilo y darle una vuelta como cuando era una niña, sus brazos seguían siendo tan fuertes como siempre y sus brazos estaban esperándola.
Isobel… la querida Isobel, amable, buena y hospitalaria… había dado a Pandora la mejor habitación de invitados. Estaba en la parte delantera de la casa y sus altas ventanas miraban al Sur, hacia el valle y el río. La habitación estaba amueblada tal como recordaba Pandora en los tiempos de su madre. Unas camas gemelas de latón, altas, tan anchas como una cama de matrimonio pequeña. Una alfombra descolorida con dibujo de rosas y un artístico tocador con muchos cajoncitos y un espejo basculante.
Pero las viejas cortinas habían sido sustituidas por pesados estores de lino color crema. Probablemente, el cambio se había hecho con atención a los huéspedes, a los que sin duda no habían de gustar unas cortinas de cretona radia con el forro quemado por el sol. También para ellos habían convertido el vestidor contiguo en cuarto de baño. Aunque no había cambiado mucho, ya que Isobel se había limitado a hacer instalar una bañera, un lavabo y un inodoro sin tocar las alfombras, las librerías ni la cómoda butaca.
Se suponía que Pandora estaba deshaciendo el equipaje. “Deshaz las maletas y ponte cómoda”, le había dicho Isobel. Entre ella y Jeff habían subido todo el equipaje de Pandora. (Archie, desde luego, no podía subir maletas, a causa de la pierna. Pandora decidió no pensar en Archie. Su pelo gris la había impresionado y nunca había visto a un hombre tan delgado.) “Puedes darte un baño, si quieres. Hay agua caliente de sobra. Luego, baja a tomar una copa. cenaremos a eso de las ocho.”
De eso hacía un cuarto de hora y Pandora no había hecho más que llevar el neceser al baño y poner unos cuantos frascos en el lavabo de mármol. Sus píldoras y jarabes, su “Poison”, el aceite para el baño, las cremas y las lociones. Ya se bañaría después. Ahora no.
Ahora, todavía tenía que convencerse de que estaba realmente en casa. De que había vuelto a Croy. Pero era difícil, porque en aquella habitación no se sentía en casa. Era una invitada, un ave de paso. Abandonando sus frascos, volvió al dormitorio, a la ventana. Apoyó los codos en el alféizar y contempló la vista tantas veces recordada para convencerse de que no era todo un sueño. Esto le llevo algún tiempo. Pero, ¿qué había sido de su habitación, la que había sido la habitación de Pandora desde su infancia? Decidió ir a echar un vistazo.
Salió al pasillo, subió al piso superior y escuchó. De la cocina llegaban alegres sonidos domésticos y voces apagadas. Lucilla e Isobel estarían preparando la cena y, probablemente, hablando de Pandora. A la fuerza tenían que hablar. No importaba; le daba lo mismo. Cruzó el corredor y abrió la puerta de la habitación de sus padres, ahora, de Archie e Isobel. Vio la enorme cama de matrimonio… la chaise longue al pie de la cama, con un jersey de Isobel descansando encima, un par de zapatos en el suelo… Vio las fotografías de la familia, la plata y el crisol en el tocador, libros en las mesitas de noche. Olía a polvos faciales y a agua de colonia. Olores dulces e inocentes. Cerró la puerta y siguió pasillo adelante. Encontró la habitación que antaño era de Archie adornada con la mochila y la chaqueta de Jeff en medio de la alfombra. La habitación de al lado… Lucilla. Llena todavía de los tesoros de una adolescente: posters pegados a las paredes con tachuelas, adornos de porcelana, una cassette, una guitarra con una cuerda rota.
Y, por fin, su habitación. Su antigua habitación ¿Quizá era ahora de Hamish? Todavía no había visto a Hamish. Con cautela, hizo girar el picaporte y empujó la puerta. No era de Hamish. No era de nadie. No había toques personales. Sin sus muebles, sin sus cortinas. Sin rastro de Pandora.
¿Qué habían hecho con sus libros, sus discos, sus vestidos, sus Diarios, sus fotos… su vida? Probablemente, se lo habrían llevado todo a algún desván cuando vaciaron la habitación, la pintaron, la empapelaron y le pusieron aquella bonita moqueta azul.
Era como si Pandora hubiera dejado de existir, como si ya fuera un fantasma.
De nada serviría preguntar por que; bastante claro estaba. Croy pertenecía a Archie y a Isobel y, para mantener la casa, había que aprovechar todas las habitaciones. Y Pandora había renunciado a cualquier derecho sobre ella por el sencillo procedimiento de marcharse y no volver.
Entonces, recordó aquellas últimas semanas de desesperación, de aquella tristeza de la que no podía ni hablar y que la desquiciaba. La desesperación la hacía cruel y fue cruel con las dos personas que más quería en el mundo; contestando mal a su padre y rehuyendo a su madre, malhumorada de la mañana a la noche y amargándoles la vida.
En esta habitación pasaba ella las horas, tumbada boca abajo en la cama, poniendo una y otra vez los discos mas melancólicos que tenía. Matt Monro decía “Vete” a una señora. Y Judy Garland se desgañitaba llamando a El hombre que se fue .
El camino se hace más duro
Más solitario y agreste,
La esperanza te consume
Mañana regresará
Voces
“Cariño, baja a almorzar”.
“No quiero almorzar”.
“¿Por qué no me dices que te pasa?”
“Sólo quiero estar sola. De nada serviría decírtelo. Nunca me entenderías…”
Volvió a ver la cara de su madre, desconcertada y dolorida. Y sintió vergüenza. Con dieciocho anos, debí tener más sentido común. Me creía muy mayor y sofisticada, pero sabía menos de la vida que una niña. Y tardé demasiado en aprender. Había tardado demasiado y era demasiado tarde. Todo había terminado. Cerró la puerta y fue a deshacer el equipaje.
La cena había terminado. Los seis se sentaron alrededor de la mesa a la luz de las velas y consumieron la cena preparada por Isobel con tanto cariño. Aunque no había matado el carnero mejor cebado, se había esmerado. Sopa fría, faisán asado, creme brulee y un excelente queso “Stilton”, todo regado con el mejor vino que Archie había encontrado entre los restos de la bodega de su padre.
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