Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Muchas veces me he preguntado… ¿Recibiste la carta que te mandé a Berlín?

– Sí.

– Nunca contestaste…

– Cuando decidí lo que iba a decirte, ya te habías ido a América y era demasiado tarde.

– ¿Se lo contaste a Isobel?

– No.

– ¿Ni… a nadie más?

– No.

– Entiendo. -Sonrió-. Los Aird vienen mañana a almorzar.

– Lo sé. Les invité yo.

– Buenas noches, Archie.

– Buenas noches.

La tarde se deslizaba hacia la noche. La casa empezaba a calmarse tras otro día de vivo ajetreo. Hamish vio la televisión un rato y después subió a acostarse. En la cocina, Isobel puso la mesa para el desayuno -última tarea del día- y abrió la puerta de los perros para que hicieran su ronda final por el oscuro jardín, alerta al olor de algún conejo merodeador. Apagó las luces y se fue a la cama. Al cabo de un rato, Jeff y Lucilla volvieron del pueblo. Entraron por la puerta de atrás. Archie oyó sus voces arriba, en el vestíbulo. Después, silencio.

Era más de medianoche cuando terminó. Un día de reposo y el esmalte se habría secado. Ordenó sus utensilios, tapó los pequeños botes de pintura, limpió los pinceles, apagó la luz y cerró la puerta. Lentamente, recorrió el oscuro pasillo y subió la escalera para iniciar las habituales comprobaciones de cada noche, operación que él llamaba acostar a la casa. Repasó los cerrojos de las puertas y las fallebas de las ventanas, los guardafuegos y los enchufes. En la cocina, encontró los perros dormidos. Se puso un vaso de agua y bebió. Finalmente, subió la escalera.

Pero no fue inmediatamente a su habitación sino que se dirigió al final del pasillo, donde brillaba una rendija de luz bajo la puerta de la habitación de Lucilla. Golpeó suavemente, abrió la puerta y encontró a su hija en la cama, leyendo.

– Lucilla.

Ella levanto la vista, puso una señal en la página y dejó el libro.

– Creí que te habías acostado hace rato.

– No. Estaba trabajando. -Se sentó en el borde de la cama-. ¿Lo has pasado bien esta noche?

– Sí; ha sido divertido. Toddy Buchanan estaba en buena forma, como siempre.

– Quería darte las buenas noches y también las gracias.

– ¿Por qué?

– Por haber venido a casa.

La mano de Archie descansaba sobre el edredón. Ella la cubrió con la suya. Isobel usaba camisones de batista blanca con puntillas, pero Lucilla dormía con una camiseta verde con el lema "Salvemos las selvas” estampado en el pecho. Su oscuro cabello se esparcía sobre la almohada como la seda y sintió una oleada de ternura

– ¿No estás decepcionado? -le preguntó.

– ¿Por qué había de estarlo?

– Muchas veces, cuando te has pasado años esperando una cosa, luego te sientes desilusionado cuando la cosa sucede.

– No me siento desilusionado.

– Es muy guapa.

– Pero está espantosamente delgada, ¿no crees?

– Sí. Pero es que es un puro nervio, todo lo quema.

– ¿Qué quieres decir?

– Esto. Duerme mucho, pero cuando está despierta tiene una marcha impresionante. Superdirecta, diría yo. Estar todo el día con ella es verdaderamente agotador. Y luego se queda dormida como si el sueño fuera lo único que puede recargarle las baterías.

– Siempre fue así. Mrs. Harris decía: “Esa Pandora. O en los cielos o por los suelos.”

– Maníaco depresiva.

– No tanto.

– Pero camino.

Archie frunció el ceño. Y, entonces, hizo la pregunta que le había obsesionado durante toda la noche.

– ¿Tú crees que se droga?

– ¡Papá!

Se arrepintió inmediatamente de haber mencionado sus temores.

– Te lo pregunto porque imagino que tú sabes de esas cosas más que yo.

– Desde luego, no es una drogata. Aunque quizá tome algo para animarse. Mucha gente lo hace.

– ¿Pero no es adicta?

– ¡Oh! Papá, no lo sé. Pero preocupándonos por Pandora no vamos a adelantar nada. Tienes que aceptarla como es. Como se ha vuelto. Divertirte con ella. Reírte.

– En Mallorca…, ¿crees que es feliz?

– Lo parece. ¿Y por qué no ha de serlo? Una casa de ensueño, jardín, piscina, mucho dinero…

– ¿Tiene amigos?

– Tiene a Serafina y a Mario, que la cuidan…

– No me refería a eso.

– Ya lo sé. No; no veíamos a nadie, por lo que no sé si tiene amigos o no. En realidad, solo vimos a un hombre. Estaba allí cuando llegamos, pero no volvió.

– Pensé que viviría con alguien.

– Yo creo que ese hombre debía de ser su amante y si no volvió fue porque estábamos nosotros. -Él no dijo nada y Lucilla sonrió-: Allí las costumbres son distintas, papá.

– Ya lo sé. Ya lo sé.

Ella lo asió por el cuello, lo atrajo hacia sí y lo besó.

– No te preocupes.

– No me preocupo.

– Buenas noches, papá.

– Buenas noches, mi vida. Que Dios te bendiga.

5

Domingo por la mañana. Nublado, viento en calma, silencio, los sonidos apagados por la lasitud dominical. La lluvia de la noche había dejado charcos junto al camino y había empapado los jardines. En Strathcroy, los cottages dormían con las cortinas echadas. Lentamente, sus ocupantes empezaron a moverse, se levantaban, abrían las puertas, encendían fuego, hacían té.

De las chimeneas ascendían verticales penachos de humo de turba. Se paseaba al perro, se cortaba el seto, se lavaba el coche. Mr. Ishak abrió la tienda para vender bollos, leche, los periódicos del domingo y los demás artículos que una familia podía necesitar para pasar el día de ocio. La campana repicaba en la torre de la iglesia presbiteriana.

En Croy, Hamish y Jeff fueron los primeros en bajar y entre los dos se hicieron el desayuno. Huevos con tocino, salchichas y tomates, tostadas, mermelada de naranja y miel, todo regado con grandes tazas de té bien cargado. Isobel encontró los platos sucios amontonados junto al fregadero y una nota de Hamish.

“Querida mamá. Jeff y yo nos hemos llevado los perros al lago. Él tenía ganas de verlo. Volveremos a las doce y media. A tiempo para el solomillo.”

Isobel preparó café, se sentó y lo tomó pensando en pelar unas patatas y hacer un pastel. Se preguntó si habría suficiente nata para hacer una mousse de grosellas. Apareció Lucilla y, finalmente, Archie, con su mejor traje de cheviot porque le tocaba encargarse de la lectura en la iglesia. Ni su mujer ni su hija se ofrecieron para acompañarle. Con diez personas a almorzar, tenían trabajo más que suficiente.

Pandora no amaneció hasta las doce y cuarto, cuando ya casi no quedaba nada que hacer en la cocina. Sin embargo, era evidente que no había estado ociosa, sino muy atareada pintándose las uñas, lavándose el pelo, maquillándose y rociándose de ”Poison”. Llevaba un vestido de punto con diamantes de colores estampados. Era tan fino, airoso y elegante que tenía que ser italiano forzosamente. Encontró a Lucilla en la biblioteca y le aseguró que había dormido toda la noche de un tirón, pero pareció encantada de hundirse en las profundidades de una butaca y aceptó de buen grado una copa de jerez.

En Pennyburn, Vi se sentó en la cama, bebió su matutina taza de té y elaboró sus planes para el día. Quizá debiera ir a la iglesia. Había muchas cosas por las que pedir. Lo estuvo pensando y luego desistió. Decidió cuidarse. Se quedaría en casa alimentando energías. Terminaría el libro, desayunaría tarde y se sentaría al escritorio a repasar facturas, unas cuentas de la pensión y una incomprensible petición de la Oficina de Impuestos. Estaba invitada a almorzar en Croy. Edmund, Virginia y Henry iban a pasar a recogerla.

Pensaba en aquel almuerzo con más inquietud que gozo. Miró por la ventana para comprobar el cariz del tiempo: noche de lluvia y, ahora, humedad y nubes. Quizá después se animara. Era uno de esos días que requieren ánimos. Para estar cómoda, pensó, llevaría su vestido de lana gris. Y para darse valor, el nuevo pañuelo "Hermès".

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