Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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En Balnaid, Virginia fue en busca de Henry.

– Henry, ven a cambiarte.

El niño estaba en el suelo del cuarto de los juguetes con el juego de construcción espacial y la interrupción le contrarió.

– ¿Por qué tengo que cambiarme?

– Porque hoy almorzamos fuera y no puedes ir con esa pinta.

– ¿Por qué?

– Porque tienes los tejanos sucios, la camiseta sucia y los zapatos sucios, y tú estás sucio.

– ¿Tengo que arreglarme?

– No; sólo ponerte una camiseta limpia, unos tejanos limpios y unas zapatillas limpias.

– ¿Y los calcetines?

– Y calcetines limpios.

Suspiró con resignación.

– ¿Tengo que guardar la construcción espacial?

– No; puedes dejarla donde está. Pero date prisa o papá empezará a impacientarse.

Tirando de él, lo llevó a su habitación, se sentó en la cama y le quitó la camiseta.

– ¿Habrá más niños?

– Hamish.

– Él no querrá jugar conmigo.

– Henry, hablas de Hamish como si fueras un bebé. Si tú no te portas como un bebé, él jugará contigo. Quítate el pantalón y las zapatillas.

– ¿Quién habrá?

– Nosotros. Y Vi. Y los Balmerino. Y Lucilla, que ha vuelto de Francia. Y un amigo de Lucilla que se llama Jeff. Y Pandora.

– ¿Quién es Pandora?

– La hermana de Archie.

– ¿Yo la conozco?

– No.

– ¿Tú la conoces?

– No.

– ¿Papá la conoce?

– Sí; la conoció cuando era niña, Vi también la conoce.

– ¿Y tú por qué no la conoces?

– Porque hace muchos años que vive en el extranjero. Ha vivido en América. Es la primera vez que vuelve a Croy.

– ¿Y Alexa la conoce?

– No. Alexa era muy pequeña cuando ella se fue a América.

– ¿Pandora conoce a tus abuelos de Leesport?

– No. Ellos viven en Long Island y Pandora vivía en California. Eso está al otro lado de los Estados Unidos.

– ¿La conoce Edie?

– Sí. Edie la conoció cuando era una niña.

– ¿Cómo es?

– Henry, por Dios, si no la conozco, ¿cómo quieres que lo sepa? ¿Has visto ese cuadro que hay en el comedor de Croy? ¿El de la niña? Pues la niña es Pandora, cuando era joven.

– Ojalá sea guapa todavía.

– A ti te gustan las señoras guapas, ¿eh?

– No me gustan las feas. -Hizo una mueca de monstruo-. Como esa Lottie Carstairs.

Virginia no tuvo mas remedio que reírse.

– ¿Sabes una cosa, Henry Aird? Tú me vas a matar. Trae el cepillo del pelo y después ves a lavarte las manos.

Desde el pie de la escalera, Edmund llamó:

– Virginia.

– ¡Ahora mismo bajamos!

Los esperaba vestido con un pantalón de franela gris, una camisa de sport, un foulard, un pullóver de cachemir azul y sus relucientes mocasines "Gucci".

– Es hora de irse.

Cuando Virginia se acercó a él le dio un beso:

– Está usted muy elegante, Mr. Aird, ¿lo sabía?

– Pues usted no digamos. Andando, Henry.

Subieron al “BMW”. Pararon en el pueblo, Edmund entró en la tienda de Mr. Ishak y volvió cargado con el montón de periódicos del domingo. Luego, se dirigieron a Pennyburn.

Vi oyó el coche mientras cerraba la puerta. Edmund abrió la portezuela y ella se instaló a su lado. A Henry le pareció que estaba muy elegante y se lo dijo.

– Gracias, Henry. Este pañuelo tan bonito me lo trajo tu madre de Londres.

– Ya lo sé. A mí me trajo un palo y una pelota de cricket.

– Si me los enseñaste…

– Y a Edie, un cardigan. A Edie le encantó. Dice que se lo guarda para el domingo. Es azul rosa.

– Lila -le dijo Virginia.

– Lila. -Repitió la palabra para sí porque le había gustado el sonido. Lila.

El potente coche dejo atrás Pennyburn y aceleró cuesta arriba.

Al llegar, vieron el viejo “Land Rover” de Archie delante de la casa. Edmund paró al lado y, mientras la familia Aird se apeaba, apareció Archie en la puerta a recibirlos.

– Hola, ya estáis aquí.

– Estás muy elegante, Archie -dijo Edmund-. Supongo que no habré venido muy campestre.

– Es que estuve en la iglesia. Me tocaba la lectura. quería ponerme algo menos formal, pero ya no hay tiempo. O sea que vais a tener que tomarme como estoy. Vi. Virginia. Me alegro mucho de veros. Hola, Henry, buenos días. ¿Cómo estás? Hamish está en su cuarto adecentándose. Ha montado el “Scalextric” en el cuarto de jugar. Si quieres subir a echar un vistazo…

La sugerencia, hecha con naturalidad, fue sabia y atrajo la atención de Henry como Archie había supuesto. No le preocupaba la conducta de su hijo, a quien habían advertido de la venida de Henry y habían recordado que debía tratar con hospitalidad al pequeño invitado.

En cuanto a Henry, sólo tardó un instante en pensar que, sin nadie más alrededor, Hamish podía ser un compañero divertido a pesar de que Henry tuviera cuatro años menos que él. Y Henry no tenía “Scalextric”. Era una de las cosas que pensaba poner en la lista de Navidad.

Se le iluminó la cara.

– ¡Oh! Bueno -dijo, alejándose hacia la escalera a buen paso y dejando a los mayores con sus asuntos.

– Una brillante idea -murmuró Vi, como hablando consigo misma. Y agregó-: ¿Había mucha gente en la iglesia esta mañana?

– Dieciséis personas, incluido el rector.

– Hubiera tenido que ir, para hacer bulto. Voy a tener remordimientos durante todo el día…

– Pero no todo son malas noticias. El obispo ha tenido la suerte de descubrir un fideicomiso legado a la iglesia hace años. Cree que sacará un buen pellizco, que puede servir para liquidar el saldo de la factura de los electricistas…

– Sería formidable.

– Pero yo creía que habíamos organizado el bazar para eso… -intervino Virginia.

– Siempre podemos redistribuir los fondos…

Edmund no dijo nada. Había tenido una mañana muy larga que había procurado llenar con asuntos insignificantes que requerían su atención y que llevaban pendientes varias semanas. Había escrito algunas cartas, pagado unas cuentas y había contestado a una consulta de su administrador. Ahora, empezó a sentirse impaciente. Al fondo del ancho corredor, las puertas de la biblioteca estaban sugerentemente abiertas. Le apetecía un gin-tonic, pero Archie, Virginia y Vi se habían quedado encallados al pie de la escalera, absortos en cuestiones eclesiásticas sin ningún interés para Edmund, que había procurado siempre mantenerse al margen de ellas.

– … porque nos hacen falta reclinatorios nuevos.

– Vi, yo creo que es más urgente una caldera de carbón que los reclinatorios…

Su madre y su esposa parecían haber olvidado la razón principal de su venida a Croy. Edmund escuchaba dominando su irritación. De pronto, dejó de escuchar. Otro sonido captó su atención. De la biblioteca llegaba el repicar de unos tacones altos. Miró por encima de la cabeza de Virginia y vio salir a Pandora.

Ella se detuvo en el vano de la puerta a observar la situación. A pesar de la considerable distancia que los separaba, sus ojos se encontraron con los de Edmund. Él olvidó su impaciencia y por su cabeza empezaron a desfilar palabras, como si le hubieran pedido una descripción urgente y buscara afanosamente, para desecharlos de inmediato, los adjetivos aptos para describirla: mayor, más delgada, atenuada, elegante, mondaine, amoral, experimentada.

Pandora. La hubiera reconocido en cualquier lugar del mundo. Con aquellos ojos grandes y ávidos, la boca carnosa y su provocativo lunar sobre el labio superior. Las facciones y la silueta permanecían inalterables al paso de los años y su abundante melena castaña todavía era juvenil.

Sintió que se le paralizaba la cara. No podía sonreír. Los demás percibieron oscuramente su silencio y su inmovilidad, como el perro de raza que señala el ave. La conversación se interrumpió y sus voces se apagaron. Vi volvió la cabeza.

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