Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Fuera de aquí si no queréis que os pise la cola.

Virginia estaba en el dormitorio, cambiando las sábanas de la gran cama de matrimonio, una de las tareas del lunes. Henry se había ido de compras. Su madre le había dado cinco libras y se había marchado al pueblo a hacer una visita a Mrs. Ishak y adquirir la cantidad de caramelos, chocolatinas y galletas que estaba autorizado a llevarse a Templehall en su cartera y que tenían que durarle todo el trimestre. Nunca había dispuesto de tanto dinero para golosinas y esta novedad había distraído momentáneamente su atención de la circunstancia de que al día siguiente dejaría su casa por primera vez. Ocho años y fuera de casa. No para siempre, claro. Pero Virginia sabía que cuando volviera a verlo sería ya otro Henry porque habría visto cosas y hecho y aprendido cosas totalmente ajenas a la vida de su madre. Se iba al día siguiente. El primero de diez años de separación de sus padres y de su casa. El inicio de su proceso de formación. Que debía realizarse lejos de ella.

Puso las fundas en las almohadas. Sólo les quedaban veinticuatro horas. Había procurado no pensar en ello durante el fin de semana, hacer como si el martes no hubiera de llegar. Sospechaba que Henry había hecho otro tanto y su inocencia le hacia sufrir. La víspera, cuando entró a darles las buenas noches, se preparó para una escena de llanto y protestas. Ya se acabó el fin de semana. El último fin de semana. No quiero ir al colegio. No quiero dejarte. Pero Henry sólo le dijo que lo había pasado muy bien jugando con Hamish, que se había colgado por una pierna del columpio de Hamish; y, agotado por la actividad del día, se había dormido casi al momento.

Virginia extendió las sábanas frescas y planchadas. Procuraré que hoy pase un día divertido, se dijo. Y mañana resistiré como sea. Cuando Edmund se lleve a Henry, cuando ya no pueda oír el coche, buscaré algo que hacer. Iré a ver a Dermot Honeycombe y me dedicaré a buscar con calma un regalo para Katy Steynton. Algo de porcelana, un quinqué o quizás una pieza de plata del dieciocho. Escribiré una carta muy larga a los abuelos. Arreglaré el armario de la ropa blanca, repasaré los botones de las camisas de Edmund… Y entonces llegará Edmund y lo peor ya habrá pasado, y podré empezar a contar los días que faltan hasta el primer fin de semana que Henry pase en casa.

Hizo un hato con las sábanas sucias y las echó al corredor, guardó varias prendas de vestir y zapatos, retocó el almohadón. Entonces, sonó el teléfono. Lo cogió y se sentó en el borde de la cama recién hecha.

– Balnaid.

– Virginia. -Era Edmund. A las nueve y cuarto de la mañana.

– ¿Estás en el despacho?

– Sí. He llegado hace diez minutos. Virginia, oye. Tengo que ir a Nueva York.

No se alteró. Edmund iba a Nueva York con frecuencia…

– ¿Cuándo?

– Ahora. Hoy mismo. Tomo el primer avión para Londres. Saldré de Heathrow esta tarde.

– Pero…

– Estaré en Balnaid el viernes, a tiempo para el baile. Probablemente, a eso de las seis de la tarde. Antes, si me es posible.

– Entonces… -Le resultó difícil asimilar lo que le decía-. ¿Vas a estar fuera toda la semana?

– Exactamente.

– Pero…, la maleta…, la ropa… -Objeción ridícula, ya que sabía que en el piso de Moray Place había de todo, trajes, camisas y ropa interior para cualquier capital y cualquier clima.

– La ropa me la llevaré de aquí.

– Pero… -Al fin, comprendió la trascendencia de lo que él le decía. Él no puede hacerme esto. La ventana de la habitación estaba abierta y el aire que entraba no era frío. Pero Virginia inclinada sobre el teléfono, estaba tiritando. Vio cómo los nudillos de la mano que sostenía el aparato se ponían blancos-. Mañana es martes. Tienes que acompañar a Henry a Templehall.

– No podré.

– Lo prometiste.

– Tengo que ir a Nueva York.

– Que vaya otro.

– No hay nadie más. Hay pánico y tengo que ir yo.

– Pero tú lo prometiste. Dijiste que acompañarías tú a Henry. Fue mi única condición y tú la aceptaste.

– Ya lo sé y lo siento mucho. Pero yo no tengo la culpa de lo que ha sucedido.

– Manda a otro a Nueva York. Tú eres el jefe. Manda a uno de tus ayudantes.

– Es por ser quien soy por lo que tengo que ir.

– ¡Por ser quien eres! -Su voz resonó en sus oídos chillona de irritación-. Edmund Aird. No piensas mas que en ti mismo y en tu odioso trabajo. “Sanford Cubben”. Detesto “Sanford Cubben”. Ya sé que estoy muy abajo en tu lista de prioridades, pero pensé que Henry estaría un poco mas arriba. No me lo prometiste sólo a mí, se lo prometiste a Henry. ¿Eso no significa nada para ti?

– Yo no prometí nada. Sólo dije que lo acompañaría y ahora resulta que no puedo.

– Eso para mí es un compromiso. Si en tus negocios hubieras adquirido un compromiso semejante, te desvivirías por cumplirlo.

– Virginia, sé razonable.

– ¡No quiero ser razonable! No quiero quedarme aquí sentada aguantando que me digas que sea razonable. Y no llevaré a mi hijo a un internado al que no quiero que vaya. Es como si me pidieras que llevara a uno de los perros al veterinario para que lo matara. ¡No lo haré!

Hablaba como una verdulera y no le importaba. Pero la voz de Edmund seguía sonando odiosamente fría y serena, como siempre.

– Entonces, sugiero que llames a Isobel Balmerino y le pidas que lleve a Henry al mismo tiempo que acompaña a Hamish. Tendrá espacio de sobra para Henry.

– Si has pensado que voy a endosar a Henry…

– Pues tendrás que acompañarlo tú.

– Eres un canalla, Edmund. Eso ya lo sabes, ¿verdad? Te comportas como un cerdo egoísta.

– ¿Dónde esta Henry? Me gustaría hablar con él antes de irme.

– No está en casa -respondió Virginia, con malsana satisfacción-. Ha ido a comprar golosinas a la tienda de Mrs. Ishak.

– Cuando vuelva dile que me llame al despacho.

– Llámale tú. -Y con esta cortante frase de despedida, colgó el teléfono y puso fin a la desastrosa conversación.

Sus gritos habían llegado hasta la cocina.

– ¿Qué sucede? -preguntó Edie desde el fregadero volviendo la cabeza cuando Virginia, con expresión tempestuosa y una brazada de ropa, entró en tromba en la cocina, cruzó hacia la puerta del lavadero y lanzó el fardo contra la lavadora-. ¿Pasa algo malo?

– Muchas cosas. -Virginia sacó una silla y se sentó con los brazos cruzados y la cara alterada-. Era Edmund, que se marcha a Nueva York. Hoy. Ya. Y estará fuera una semana, cuando me había prometido…, me prometió, Edie…, que mañana acompañaría él a Henry al colegio. Le advertí que eso era lo único que no podía hacer. Desde el principio he odiado la idea de enviarlo a Templehall, y si al fin he accedido es porque Edmund me prometió que lo acompañaría él.

Edie reconoció las señales de la cólera y repuso, en tono conciliador:

– Bueno, imagino que si se es un importante hombre de negocios tienen que suceder estas cosas.

– Sólo a Edmund. Otros hombres pueden arreglárselas sin ser tan condenadamente egoístas.

– ¿Usted no quiere llevar a Henry?

– No quiero, es lo último que haría en el mundo. Es inhumano que Edmund me pida eso.

Edie escurriendo la bayeta, consideró el problema.

– ¿Y no podría pedir a Lady Balmerino que lo llevara al mismo tiempo que a Hamish?

Virginia no dejó adivinar que Edmund había hecho esta sensata sugerencia ni lo que había tenido que oír por hacerla.

– No lo sé. -Reflexionó-. Sí que podría pedírselo -reconoció, sobriamente.

– Isobel es muy comprensiva. Y ya ha pasado por ese trance.

– No; ella, no. -Edie comprendió que, dijera lo que dijera, no le parecería bien a Virginia-. Hamish nunca ha sido como Henry. A Hamish podrías enviarlo a la Luna y su única preocupación sería cuando iban a darle de comer.

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