Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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– Es verdad. Pero, en su lugar, yo hablaría con Isobel. De nada sirve preocuparse cuando no se puede hacer nada. Lo que…

– Sí, Edie, ya lo sé, lo que no puedas curar tienes que aguantar.

– Es una gran verdad -dijo Edie, plácidamente, y llenó el cacharro de agua-. Para un disgusto, nada como una buena taza de té.

Estaban tomando el té cuando volvió Henry, con la cartera repleta de golosinas.

– ¡Mami, mira lo que he comprado! -Vació la cartera sobre la mesa de la cocina-. Mira, Edie. Barritas, cigarrillos de chocolate, bolitas, caramelos, galletas de coco, galletas digestivas al chocolate, tofes y caramelos blandos; y Mrs. Ishak me ha dado este chupa-chup. Es un regalo, o sea que puedo comérmelo ya, ¿verdad?

Edie examinó las compras.

– No te los comas todos a la vez o se te caerán los dientes.

– No. -Empezó a quitar el papel del caramelo-. Tienen que durar mucho tiempo.

El furor de Virginia ya se había calmado. Rodeó a Henry con el brazo, y con forzada jovialidad, dijo:

– Ha llamado papá.

Él empezó a lamer.

– ¿Por qué?

– Se marcha a América. Hoy. Esta tarde toma el avión en Londres. O sea que mañana no podrá acompañarte a la escuela. Pero he pensado que yo…

Henry dejó de lamer. La expresión de placer se borró de su cara y miró a su madre con unos ojos enormes y temerosos.

Ella vaciló y luego prosiguió:

– … he pensado que podría llamar a Isobel y pedirle que te lleve con Hamish…

No pudo seguir. La reacción de Henry fue aún peor de lo que ella temía. Un grito de angustia y un torrente instantáneo de lágrimas…

– Yo no quiero que me acompañe Isobel…

– Henry…

Se desasió y tiró el caramelo al suelo.

– No voy a ir con Isobel y Hamish. Yo quiero que me lleve mi madre o mi padre. ¿Qué pensarías si tú fueras yo y…

– Henry…

– …tuvieras que ir con una persona que no es ni tu madre ni tu padre? No puedes hacerme eso…

– Te acompañaré yo.

– Y Hamish estará antipático y no me dirá nada porque él va con los mayores. ¡No está bien!

Llorando furiosamente, dio media vuelta y corrió hacia la puerta.

– Henry, te digo que te acompañaré…

Pero ya había salido y sus pies golpeaban con fuerza los escalones, escapando hacia el santuario de su habitación. Virginia, apretó los dientes y cerró los ojos pensando que ojalá pudiera cerrar también los oídos. Y llegó. El tremendo portazo. Después, silencio.

Abrió los ojos y su mirada se tropezó con la de Edie por encima de la mesa. Edie lanzó un largo suspiro.

– ¡Ay! Pobres de nosotros.

– De lo que ha servido esa brillante idea.

– El pobrecito. Está triste.

Virginia apoyó el codo en la mesa y se pasó la mano por el pelo. De pronto, se sintió incapaz de afrontar la situación.

– Esto es lo que yo más temía. -Ella sabía, y Edie lo sabía también, que las rabietas de Henry, aunque raras, lo dejaban vulnerable y quisquilloso durante horas-. Quería que hoy tuviese un buen día, no un día triste. Nuestro último día juntos. Y ahora Henry va a pasarlo llorando por cualquier cosa y culpándome a mi de todo. Lo que me faltaba. Condenado Edmund. ¿Qué hago, Edie?

– ¿Qué le parece que vuelva por la tarde y me quede con Henry? -propuso Edie-. Conmigo nunca hace dramas. ¿Ha terminado con el equipaje? Puedo terminarlo yo y encargarme de lo que haga falta y él podrá hacerme compañía mientras se le pasa el disgusto. Un día tranquilo es lo que necesita.

– ¡Oh!, Edie -dijo Virginia, con profunda gratitud-, ¿podrás?

– No hay inconveniente. Eso sí, tendré que ir a casa a dar la comida a Lottie, pero puedo estar de vuelta a las dos.

– ¿Y Lottie no puede prepararse la comida ella sola?

– Sí puede, pero lo ensucia todo, quema las sartenes y me deja toda la cocina pringosa. Prefiero hacerlo yo.

Virginia estaba contrita.

– Edie, es tanto lo que haces… Siento haberte gritado.

– Menos mal que estaba yo aquí para que tuviera alguien a quien gritar. -Se levantó sobre sus piernas hinchadas-. Ahora será mejor que siga con lo mío, porque a este paso no vamos a ninguna parte. Suba a hablar con Henry. Dígale que puede pasar la tarde conmigo y que me gustaría que me hiciera uno de esos dibujos tan bonitos.

Virginia encontró a Henry, tal como esperaba, debajo del edredón, con Moo.

– Lo siento, Henry -dijo.

Él, sacudido por violentos sollozos, no contestó. Ella se sentó en la cama.

– Ha sido una tontería decirte eso. Me lo dijo papá y a mí entonces me pareció una tontería. No tenía ni que haberlo mencionado. Claro que no irás con Isobel. Irás conmigo. Yo te llevaré en el coche

Esperó. Al cabo de un rato, Henry se dio la vuelta. Tenía la cara hinchada y húmeda de llanto, pero había dejado de llorar.

– No me importa ir con Hamish, pero quiero que estés tú.

– Estaré. A lo mejor, acompañamos nosotros a Hamish. Haríamos un favor a Isobel ahorrándole el viaje.

– Está bien -hipó el.

– Edie vendrá después del almuerzo. Dice que le gustaría pasar la tarde contigo. Quiere que le hagas un dibujo.

– ¿Has guardado los rotuladores?

– Todavía no.

Él abrió los brazos y ella lo envolvió en un fuerte abrazo, besándole el pelo. Luego, salió de debajo de su edredón y los dos fueron a buscar un pañuelo para que se sonara.

Hasta entonces no recordó Virginia el recado de Edmund.

– Ha dicho papá que le llames. Está en el despacho. Ya sabes el número.

Henry llamó desde la habitación de sus padres, pero Virginia había tardado demasiado en dar el recado y Edmund ya no estaba.

El cuarto de los juguetes estaba tranquilo y calentito. El sol entraba por las amplias ventanas y la brisa movía las ramas de la glicina, que golpeaban los cristales. Henry estaba sentado a la gran mesa que ocupaba el centro de la habitación, dibujando. Edie, instalada en la banqueta de la ventana, acababa de marcar los calcetines. Por la mañana, Edie se ponía para trabajar su ropa más vieja y, encima, un delantal, pero esta tarde se había presentado muy elegante, con el cardigan nuevo de color lila. Henry se sintió halagado, porque sabía que ella lo reservaba para el domingo. Nada más llegar, Edie montó la tabla y se puso a planchar la colada de aquella mañana, recién recogida. Ahora la ropa, lisa y bien doblada, formaba un pulcro montón al otro extremo de la mesa y despedía muy buen olor.

Henry dejó el rotulador y revolvió en el plumier.

– Qué lata -dijo.

– ¿Qué te pasa, cariño?

– Necesito un boli. He dibujado gente con nubes que les salen de la boca y quiero escribir lo que dicen.

– Mira en el bolso de Edie. Tiene que haber un bolígrafo.

El bolso estaba en una silla, al lado de la chimenea. Era grande, de piel y lleno de cosas importantes: el peine, el abultado portamonedas, la libreta del Subsidio de Vejez, la de la Caja Postal de Ahorros, el abono del tren, el pase del autobús. Edie no tenía coche y a todas partes iba en autobús. Hasta tenía un horario de la “Compañía de Autobuses del Condado”. Henry lo encontró cuando buscaba el bolígrafo. De pronto, se le ocurrió que aquello podía serle muy útil. Edie debía de tener otro en su casa.

Miró a Edie. Su cabeza de rizos blancos estaba inclinada sobre la costura. Sacó el horario del bolso y se lo guardó en el bolsillo de los tejanos. Encontró el bolígrafo, cerró el bolso y volvió a su dibujo.

Al poco rato, Edie preguntó:

– ¿Qué quieres para el té?

– Barritas de queso.

La tienda de antigüedades de Dermot Honeycombe se encontraba al extremo de la calle del pueblo, más allá de la verja de la entrada principal de Croy y al pie de una suave pendiente que descendía de la carretera al río. En tiempos había sido la herrería del pueblo y el cottage en el que residía Dermot, la vivienda del herrero. El cottage de Dermot era rebuscadamente pintoresco, con los tiestos de begonias en la puerta, las ventanas de celosía y el tejado de paja. La tienda en si estaba como había estado siempre, con las paredes de piedra oscura y las vigas ennegrecidas. Delante, había un patio de adoquines donde en otro tiempo los pacientes caballos de las granjas esperaban ser herrados y allí Dermot había colocado la enseña de su tienda, un vetusto carro de madera pintado de azul en el que se leía, con artístico trazo, la inscripción ANTIGÜEDADES DERMOT HONEYCOMBE. Era un buen reclamo y atraía a muchos compradores de paso, también era muy útil para atar a los perros. Virginia prendió las correas a los collares de los spaniels y ató los extremos a una de las ruedas. Los perros se sentaron mirándola con ojos cargados de reproche.

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