Alberto Vázquez-Figueroa - Centauros

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Centauros: краткое содержание, описание и аннотация

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Su vida de pendenciero y donjuán impulsa a Alonso de Ojeda a embarcarse con Cristóbal Colón en su segundo viaje al Nuevo Mundo. Tras una penosa travesía, Ojeda se enfrenta a la aventura de ser un conquistador en aquellos territorios inexplorados. Tendrá que vérselas con nativos hostiles, y serán justamente sus habilidades y su astucia las que logren derrotarlos. Sufrirá los reveses de la fortuna, servirá como explorador de la reina Isabel, se embarcará con algunos cartógrafos para determinar si las tierras descubiertas son en realidad un nuevo continente y, en su recorrido por las costas del norte de Suramérica, hará extraordinarios descubrimientos.

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Mientras maese Juan se mantuvo a su lado le bastaba con preguntarle el rumbo correcto y el cartógrafo se lo indicaba, pero cuando le dejó solo se encontró como un niño perdido en el bosque, aunque a decir verdad, cuando su fiel amigo se fue para siempre, se encontró perdido en la más peligrosa e impenetrable de las selvas.

Yo era su escudo y él era mi guía. Siempre supo guiarme, pero yo no supe defenderle. Ésa es una pesada carga que debo acarrear sobre los hombros hasta el fin de mis días. El hombre que no aprovecha las oportunidades de aumentar sus conocimientos, cualquiera que éstos sean, no tiene derecho a lamentarse de su ignorancia.

Tal como le había advertido en La Gomera, Ojeda se acostumbró pronto a los vaivenes del navío, aunque nunca a su olor, y por ello le alegró sobremanera descubrir que tras dos semanas de aburrida navegación hacía su aparición ante la proa una isla muy verde.

Aquél era, ya no le cabía la menor duda, su destino.

Allí podría enfundar definitivamente una de sus espadas y hacer buen uso de la otra.

Tierras maravillosas, de una belleza superior a cuanto le habían comentado los que habían estado en ellas, de embriagadores aromas, hermosas playas, miles de flores, increíbles paisajes, agua abundante, gentes amables y el cálido clima que tanto le agradaba.

Todo fue como un sueño hasta el día en que arribaron a una isla mayor que las visitadas con anterioridad, y que el Almirante bautizó como Guadalupe, en la que desembarcaron con oficio de explorar su interior medio centenar de hombres de los que ocho no regresaron.

Al día siguiente Ojeda recibió la orden de ir en su busca al frente de cuarenta soldados, abandonaron la ancha playa, se internaron en la maleza y por intrincados senderos alcanzaron un grupo de aisladas cabañas en las que aún ardían varios fuegos sobre los que se cocinaban apetitosos manjares.

Sus ocupantes habían huido a ocultarse en lo más profundo de la tenebrosa selva, temerosos sin duda de la presencia de tanto extraño armado hasta los dientes, por lo que Ojeda decidió conceder a la tropa un merecido descanso y aprovechar en beneficio propio el abundante y aromático almuerzo que tan amablemente habían dejado a punto los fugitivos.

Tomaron asiento y comenzó el reparto.

¡Santo Cielo, qué espanto!.

¡Amada Virgen, cuánto horror inimaginable!

Manos, pies y cabezas humanas hervían en los calderos a la espera de que un hambriento comensal se los llevara a la boca.

— ¡Por todos los demonios! ¡Que el Señor nos proteja! — exclamó sollozando un joven alférez—. ¡Estos salvajes son caníbales!

Incluso el propio Ojeda, curtido en incontables duelos a muerte, vomitó con mayor entusiasmo que durante los días de navegación, y por primera vez en su vida estuvo a punto de perder el control sobre sus nervios.

¡Caníbales!

Ni en sus peores pesadillas le había pasado por la cabeza la idea de enfrentarse a seres humanos capaces de devorar a otros seres humanos.

Instintivamente se agruparon, espalda contra espalda, con las armas preparadas, observando con los ojos dilatados por el terror cada árbol y cada mata, convencidos de que en cualquier momento iban a aparecer hordas de salvajes dispuestos a convertirlos en su cena.

Con harta frecuencia habían amenazado de muerte al conquense, pero jamás con comérselo, lo que constituyó una desagradable experiencia teniendo en cuenta que no se encontraba en el familiar escenario de una taberna, sino en el centro de una escarpada isla, en territorio desconocido y rodeado de enredaderas y lianas entre las que sin duda se ocultaban docenas de antropófagos.

— ¿Qué hacemos, don Alonso?

Aquella simple pregunta, y la angustiada expresión del mozalbete que aguardaba sus órdenes, le hicieron comprender lo que significaba la responsabilidad del mando.

Ante un hecho tan inusual como descubrir que el paraíso al que habían llegado, y del que les habían asegurado que se encontraba habitado por hombres afectuosos y mujeres más afectuosas aún, se desvelaba no obstante poblado por implacables devoradores de seres humanos, los cuarenta hombres se volvieron instintivamente hacia Ojeda en demanda de una respuesta a tan angustiosa situación.

Necesitaban un guía, alguien que les indicara lo que tenían que hacer, sin reparar en que, para quien los comandaba, la situación era igualmente inusual e igualmente terrorífica.

Pero por algo le habían puesto al mando de la tropa. Su obligación era aparentar que tenía la absoluta seguridad de que si seguían sus órdenes nunca acabarían en las tripas de un salvaje, por lo que, haciendo de esas mismas tripas corazón, señaló con voz de trueno y esforzándose por mantener la calma:

— Tres disparos de arcabuz hacia la maleza y, en cuanto las armas se hayan recargado, emprendemos ordenadamente el regreso al son de trompetas y tambores. Que el ruido les aturda; ya que no podemos verlos, al menos que nos oigan.

Aquella mañana Ojeda aprendió algo que habría de servirle a lo largo de toda su carrera militar: cuanta más música, menos miedo; el silencio suele ser el peor enemigo de los cobardes.

La expedición al interior de la isla de Guadalupe y el feliz y especialmente sonoro regreso de la tropa sana y salva, a la que se sumó poco más tarde la aparición en la playa de los ocho hombres perdidos, y a quienes la música había servido de guía, convencieron al Almirante, don Cristóbal Colón, de que Alonso de Ojeda no era únicamente un excepcional duelista o un matón de taberna, sino que sabía conservar su legendaria sangre fría en los momentos de mayor peligro, poniendo a salvo a sus hombres.

De inmediato lo nombró capitán, porque, según sus palabras, «son sus hechos los que en verdad determinan el rango de los hombres».

Ordenó a continuación levar anclas, dejando constancia en los mapas que aquella isla maldita estaba poblada por tribus hostiles que al parecer nada tenían en común con las pacíficas gentes que les habían recibido en San Salvador o Cuba, con lo que la escuadra puso proa a La Española en su afán de reencontrarse cuanto antes con los que allí habían quedado.

Y es que, cuando durante el primer viaje, el del Descubrimiento, la nao Santa María , encalló destrozándose sin remedio al norte de la actual República Dominicana, Colón decidió construir con sus restos un fuerte, al que llamaron «De la Natividad», en el que quedaron treinta y nueves hombres con la orden expresa de comenzar a cristianizar, civilizar y enseñar el castellano a los amistosos nativos.

Contaban con provisiones suficientes para año y medio, y semillas del Viejo Continente con las que sembrar las nuevas tierras.

Sus enemigos aseguraban que lo que en realidad Colón pretendía al dejarlos allí era tener una excusa para convencer a los reyes de que debía regresar antes de que se les agotaran las provisiones, puesto que en su viaje a Europa no traía consigo oro, perlas, diamantes, especias, ni ningún tipo de riqueza que justificara el gasto de una nueva expedición.

Pero ésa era una maliciosa teoría que ni maese Juan de la Cosa, ni Alonso de Ojeda compartían, convencidos como estaban de que el simple hecho de haber de mostrado que al otro lado del gigantesco Atlántico existían hombres y tierras tan exuberantes como aquéllas, bastaba y sobraba para justificar no una sino cien expediciones semejantes.

Por ello, los dos mil expedicionarios se mostraron agradecidos al Almirante y profundamente emocionados ante la vista de su nuevo hogar cuando al fin aparecieron ante las proas las blancas playas flanqueadas de palmeras de La Española, luego sus altas montañas de lujuriante vegetación, de cuyas cimas se precipitaban anchos ríos formando hermosas cascadas, y por último la calcinada silueta del fuerte de la Natividad.

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