Alberto Vázquez-Figueroa - Centauros

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Centauros: краткое содержание, описание и аннотация

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Su vida de pendenciero y donjuán impulsa a Alonso de Ojeda a embarcarse con Cristóbal Colón en su segundo viaje al Nuevo Mundo. Tras una penosa travesía, Ojeda se enfrenta a la aventura de ser un conquistador en aquellos territorios inexplorados. Tendrá que vérselas con nativos hostiles, y serán justamente sus habilidades y su astucia las que logren derrotarlos. Sufrirá los reveses de la fortuna, servirá como explorador de la reina Isabel, se embarcará con algunos cartógrafos para determinar si las tierras descubiertas son en realidad un nuevo continente y, en su recorrido por las costas del norte de Suramérica, hará extraordinarios descubrimientos.

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Fue la suya una muerte lenta, dolorosa, cruel, absurda y de todo punto inútil; la primera de las muchas muertes inútiles y absurdas que con justicia se le achacaron a Ojeda, pero, tal como suele suceder en estos lances, uno de los contendientes tiene que salir malparado para que el otro sobreviva.

Dónde aprendió Alonso de Ojeda a manejar la espada con tan diabólica habilidad fue siempre un misterio. Su único maestro de esgrima conocido fue Guzmán de Rueda, del que nadie aseguraría que fuera un superdotado, el mismo espadachín que enseñaba a su gran amigo Juan, hijo del Gran Duque de Medinaceli y de su amante, la hermosa pescadora Catalina la del Puerto. El joven Juan de Medinaceli era fruto de amores prohibidos y apasionados, pero, cuando las tres esposas con que el duque había contraído sucesivamente matrimonio murieron de muerte natural, como si su enorme y acogedor lecho nupcial se encontrara maldito, el rey Fernando, que apreciaba en mucho su valía, le hizo notar que si no conseguía pronto un heredero corría el riesgo de que a su muerte el poderoso ducado de Medinaceli pasara a manos extrañas, lo cual no convenía en absoluto a los intereses de la Corona.

Cansado de buscar nuevas candidatas a su mano, o tal vez temeroso de encontrarse con otra noble difunta entre las sábanas, el Gran Duque optó al fin por la sabia decisión de convertir a la frescachona pescadora, que era a quien en realidad amaba, en duquesa, y al descarado, desarrapado e incontrolable bastardo Juan en su legítimo heredero.

No obstante, el despreocupado rapaz demostró muy pronto que le tiraba más la roja sangre materna que la azul paterna, y que sus intereses se decantaban mucho más por nadar y pescar en el río, cazar aves con honda o liarse a mamporros con los malandrines del barrio de Triana, que por perder su precioso tiempo en las aburridas veladas musicales, las soporíferas tertulias literarias o las insoportables cenas de gala que se organizaban en su fabuloso palacio.

Y su inseparable compañero de correrías no podía ser otro que el igualmente descarado, desarrapado e incontrolable paje Alonso de Ojeda.

— Son tal para cual… — solía comentar el bueno de Guzmán de Rueda—. Dos botarates capaces de atarle una lata en el rabo al mismísimo demonio, pero mientras que al duque no encuentro forma de enseñarle a defenderse ni de una vieja con una escoba, Alonso ya es capaz de vencerme a la pata coja. Ese maldito ardid que se ha inventado, su dichosa «vuelta de muñeca», me desarma una y otra vez como si me hubiera untado las manos con manteca.

La nueva duquesa, que amén de ser hermosísima era al parecer una mujer inteligente y con los pies en la tierra, no permitió que el recién estrenado título se le subiera a la cabeza, por lo que siempre se mostró más partidaria de que su hijo continuara en compañía de su fiel amigo Alonso a que se mezclara con jovenzuelos de alta alcurnia de los que nada bueno conseguiría aprender.

— Extrañas circunstancias de la vida te han elegido para que seas una especie de vínculo de unión entre la nobleza y el pueblo — le dijo a su amado vástago el día en que cumplió los quince años—. Pero ten siempre presente que el pueblo es mucho y los nobles pocos.

Guardando las distancias, Alonso de Ojeda siempre consideró a Catalina la Pescadora una segunda madre a la que amaba, respetaba y admiraba. En sus olvidadas memorias, de las que tan sólo se conservan algunos fragmentos, llegó a escribir:

No necesitaba de sedas, collares ni diademas para brillar con la intensidad de las más encopetas damas de la corte; su serena belleza y la grandeza de su alma le bastaban para eclipsarlas a todas, excepto quizás, y por propia voluntad, a su majestad la reina, por la que sentía una profunda devoción ya que la había acogido con especial afecto sin tener en cuenta sus humildes orígenes.

De todo ello se deduce que los años que el conquense pasó en Sevilla como paje de los Medinaceli fueron años felices, sobre todo por el nada despreciable hecho de que su notorio éxito con las mujeres se repartía por igual entre mozas de taberna y damiselas de palacio.

De él llegó a decirse:

Tiene dos espadas, a cual más certera.

Con la primera mata, con la segunda crea.

Cuando empuña la primera es frío como el hielo.

Cuando empuña la segunda es ardiente como el fuego.

Aún no había cumplido los veinte años cuando su fama de invencible espadachín e irresistible seductor se extendía de una punta a otra de la península, siendo a la vez admirado, temido, odiado y envidiado.

No era, sin embargo, amigo de pendencias en las que tuvieran que salir a relucir los aceros, y seguía al pie de la letra el viejo dicho de que «más vale romper una nariz de un puñetazo que un corazón de un tajo».

Nunca entendió por qué tantos mentecatos consideraban que el simple hecho de vencerle en duelo les haría sentirse mejores o más importantes a los ojos del mundo.

La mayoría de tales buscapleitos eran tan torpes que ni siquiera habían entendido que una espada no es sólo un arma destinada a matar o impedir que te maten.

Como él mismo aseguraba:

La espada, o es la prolongación de tu propio cuerpo, tan unida a ti como tu brazo o tu mano, o no es más que un pedazo de metal del que te pueden separar en el momento que más lo necesitas. Una espada en su vaina es un simple objeto. Una espada empuñada por quien no está en perfecta comunión con ella, sigue siendo poco más que un objeto. Mi espada, en su vaina, se conforma con ser un objeto. Mi espada, en mi mano, vive por sí misma, ataca y me defiende sin necesidad de que yo se lo ordene.

Por ello, con frecuencia no podía evitar sentir lástima por los muchos ilusos que aspiraban a la gloria de vencerle pese a no tener ni la menor idea de lo que se traían entre manos.

¿Pero cómo disuadirles?

¿Cómo obligarles a entender, sin demostrárselo a golpes y estocadas, que eran tan increíblemente lentos y previsibles que podrían pasarse un mes lanzándole mandobles sin conseguir rozarle?

Se empecinaban a la hora de retarle sin el menor motivo, porfiando con sus estúpidas provocaciones, y a pesar del hastío que le producía tener que desenvainar una vez más, con demasiada frecuencia no le era dado evitar lo inevitable y, agotadas la saliva y las palabras, no le quedaba otra opción que enviarles a que un cirujano les cosiera las heridas o un enterrador les tomara las medidas.

En ocasiones era de la opinión de que ambos gremios deberían, en justa compensación, abonarle un pequeño porcentaje de los cuantiosos beneficios que les proporcionaban «sus esfuerzos».

En realidad, Ojeda aborrecía la triste fama de «matachín» que se estaba tejiendo en torno a su persona. Nada estaba más lejos de su voluntad que causar un daño innecesario, pero cada día advertía con mayor amargura que la violencia y el mal ejercían una irresistible atracción sobre cierta clase de indeseables que parecían disfrutar con el espectáculo de dos seres humanos luchando a muerte.

Le sorprendía que le estuviera permitido sacarle un ojo a quien le retara en público, puesto que el derecho a la defensa propia lo amparaba, pero lo encarcelarían si se le ocurría hacer el amor en público a una alegre moza aunque ésta le hubiera incitado a ello.

Corrían rumores, aunque nunca se tuvo constancia de su veracidad, de que algunos de aquellos a quienes vencía en buena lid habían ofrecido sumas ciertamente considerables a quien lograra matarle en duelo, detalle este último digno de agradecer y que en verdad les honraba, porque para matarle a traición sobrarían candidatos por la décima parte de las sumas que al parecer se manejaban.

Por todo ello Ojeda llegó a la conclusión de que no se trataba de eliminarle físicamente, sino de acabar con su fama.

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