Jorge Molist - Los muros de Jericó

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El mayor grupo de comunicaciones de nuestro tiempo posee para el gobierno de los Estados Unidos un valor estratégico mayor que el de ejércitos o flotas. Jaime, ejecutivo del grupo, un hombre que se debate entre los que fueron ideales de juventud y su actual estatus social aburrido y estable, conoce a Karen, una seductora y atractiva compañera de trabajo que le introduce en un movimiento filosófico-religioso continuador de los cátaros medievales. A partir de entonces, se verá arrastrado a una aventura en la que poder, seducción, amor y muerte se aglutinan en una trama en la que el control del grupo parece ser el fin último.

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Karen se acercó e, inclinando la cabeza, le cogió las manos para besarle los guantes; él depositó con ternura un beso en la capucha de ella.

– ¿Qué hacéis levantada a estas horas, dama Corba? -preguntó con su voz profunda.

– No podía dormir, Bertrand -dijo ella sin soltarle las manos-, y me he levantado para ver despuntar el alba.

Bertrand no dijo nada, persistiendo en el apretón de manos. Ella notaba a través de la oscuridad la penetrante mirada del viejo. Bertrand transmitía una paz que calentaba el corazón y hacía olvidar el frío.

– ¿Qué hacéis vos aquí? -El no contestó-. ¿Habéis consolado a los moribundos? No me digáis quién ha muerto esta noche, no quiero saberlo, Bertrand.

– Os esperaba a vos, señora.

– ¿A mí? ¿Por qué? -preguntó ella apartando las manos con un sobresalto.

Bertrand callaba, y ella sentía su mirada y su paz a través de la oscuridad.

– ¿Cuánto más podremos resistir? -continuó ella al rato, sin esperar respuesta.

– Lo sabéis mejor que yo, señora. Nada. Hemos terminado la leña y también los alimentos, nuestra gente está agotada. Y las catapultas de nuestros enemigos lo destruyen todo.

– ¿Alguna esperanza de que nos llegue ayuda?

– Ninguna. Ni del emperador Federico II, ni del rey aragonés, ni del conde de Tolosa. Nadie nos ayudará.

– ¡Oh, mi Dios bueno! Somos los últimos y con nosotros morirá la civilización occitana. Matarán nuestra lengua de oc y nuestra religión cátara. La cultura de la tolerancia, de la poesía y del trovador desaparecerá para siempre. ¿Por qué nos persiguen, asesinan y queman en las hogueras? ¿No les enseñó Cristo como a nosotros a amar y respetar a su prójimo? ¿Por qué el Dios bueno permite esta victoria al diablo y que las obras del Creador maligno, del mal Dios, se impongan en la tierra?

– No desesperéis, mi señora, no todo termina aquí. Sabéis que hace unas semanas Pere Bonet consiguió, junto con otros hermanos, burlar el cerco y puso nuestro tesoro a salvo. Con él se salvaron los escritos de nuestra fe y el tapiz de la herradura que vos y vuestras damas bordasteis. Nuestra verdad, nuestro mensaje no desaparecerán con nosotros para siempre en las hogueras de los inquisidores. Pere triunfará en su misión y las generaciones futuras recibirán nuestro pensamiento. -Bertrand hizo una pausa, como cansado, y luego reemprendió su discurso-. Hoy, en nuestros oscuros tiempos dominados por el diablo, hay dos Iglesias. Una que huye y perdona; la nuestra. Otra que roba, persigue y despelleja; la suya. Pero los que nos persiguen también verán en el futuro la luz del Dios bueno y se unirán a su causa, y el Dios del odio será derrotado para siempre. -Bertrand le volvió a coger las manos- Ahora, mi señora, serenad vuestro ánimo. No temáis por la vida de los que amáis ni temáis vuestra muerte. La muerte es sólo un paso necesario.

– No temo a la muerte, Buen Hombre, pero sí a la rendición. Montsegur debe resistir hasta el fin. Los católicos sólo podrán pisar esta tierra sagrada cuando haya muerto el último defensor.

– No es posible, señora. Los soldados que nos defienden son en su mayoría católicos y sobreviven aún niños inocentes que sólo han empezado a vivir el ciclo de esta vida y deben terminarlo.

– Pero harán renegar a los niños del catarismo y perderán el mensaje del Dios bueno. No, Bertrand, más vale que mueran aquí, con nosotros, a que caigan en sus manos.

– No, señora; no podemos decidir por ellos y terminar contra natura este ciclo de su vida. ¿No veis que, de hacer eso, os pondríais al nivel de nuestros perseguidores? ¿También creéis tener la única verdad y el derecho de decidir la vida de inocentes? Deben vivir, no os preocupéis por sus almas; ellas seguirán el camino hasta llegar al Dios bueno.

– Tenéis razón, padre. Por ello vos sois un elegido y yo no. Pero no puedo soportar ver a mis orgullosos occitanos vencidos, humillados, torturados y quemados. Tampoco veré los colores de nuestros enemigos ondear en Montsegur. Yo no me rindo, pero sé que mi marido pretende negociar mañana la rendición. -Karen le cogió de nuevo las manos al viejo-. ¿Es eso cierto, Bertrand? Vos no podéis mentir y él no quiere decírmelo. ¡Responded por el Dios bueno! ¡Hablad!

El hombre la miró a los ojos sin contestar.

– Luego es cierto -concluyó ella al ver que el silencio continuaba-. Yo moriré libre. No me someteré a los príncipes del odio. Ni me juzgarán ni me quemarán.

– Dama Corba, querida mía, no os dejéis cegar por vuestro orgullo ni hagáis nada que retrase la evolución de vuestra alma. Mostrad vuestra humildad como lo hizo Cristo, que, siendo Dios, se dejó juzgar por los hombres.

– El Dios bueno sabe que voy a morir, y no creo que Él tenga preferencia porque mi muerte sea en la hoguera. Perdonadme, padre, pero en esta vida no dejaré que el enemigo ponga sus manos en mí y me humille. Dadme el consolamentum.

– ¡No, hija mía! -exclamó el anciano soltándole las manos y abrazándola-. Quitaos esos pensamientos de vuestra mente.

Al cabo de unos instantes Corba notó cómo el abrazo se aflojaba, y distanciándose un poco de ella el anciano le dijo:

– No. No os lo puedo dar. El dolor ha ofuscado vuestra razón. Pensadlo de nuevo. Dominad vuestro orgullo.

– Lo tengo decidido desde que empezó el sitio, Bertrand. A Corba de Landa y Perelha, señora de Montsegur, sus enemigos no la cogerán ni viva ni muerta. No darme el consolamentum no cambiará mi decisión. Lo sabéis tan bien como yo y por eso me estabais esperando aquí esta noche. Sabíais y sabéis lo que va a pasar. Me esperabais, viejo amigo, para despedirme. Y también para darme el último sacramento.

Notaba de nuevo la mirada profunda de él a través de la oscuridad y sintió otra vez cómo la angustia volvía a crecer dentro de ella, atenazándole las vísceras.

Al cabo de un rato oyó una voz débil pero decidida:

– Arrodillaos, señora.

Los cantos duros y fríos de las piedras la hirieron cuando sus rodillas tocaron el suelo y su cuerpo se estremeció durante unos largos instantes. ¿El frío? ¿El miedo?

El viejo se había quitado los guantes e introdujo sus manos huesudas en la capucha de piel de Karen y las aplicó justo en la parte superior de su cabeza.

Ella cerró los ojos y no sintió nada. Sólo su corazón latiendo locamente, su respiración agitada y el frío.

Bertrand murmuraba algo, pero ella no podía distinguir si era en latín o en la lengua de oc. Poco a poco empezó a sentir una sensación cálida en el pelo. Se iba extendiendo. Ya no sentía frío en las orejas y en la nariz. Su respiración se calmaba y el calor iba bajando al resto del cuerpo al tiempo que empezaba a experimentar una paz que hacía mucho no sentía. Estaba despierta, pero no allí. Estaba por encima de su miseria presente, ya no sentía angustia, y tampoco sentía su cuerpo. Retrocedía en el tiempo viendo imágenes de su juventud, de su niñez, y se sintió en el útero de su madre, protegida, feliz. ¿Era su madre de esta vida o la madre futura? No deseaba salir nunca más de aquel lugar, de aquella sensación. Aquello era lo real, la existencia que quería y su verdadero destino. El resto, su vida actual, era sólo una pesadilla. Perdió la noción del tiempo, pero pasarían sólo unos instantes.

Bertrand había apartado sus manos y estaba tirando suavemente de ella para que se levantara.

– ¡Oh, Bertrand! Siento ahora lo que deben de sentir los niños cuando nacen; por eso lloran. ¡Qué desconsuelo volver a este mundo! ¡Qué dura la realidad de la vida física! -dijo arrastrando las palabras-. Pero ahora sé que existe la paz en algún lugar.

– Que el Dios bueno os acoja.

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