Noah Gordon - El Médico
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Un instante después oyó el sonido de caballos al galope.
– Sólo son los piquetes montados que envía Fritta -informó tranquilamente Meir desde las sombras.
Todos los miembros de la caravana estaban levantados y armados, en breve regresaron los jinetes de Fritta, quienes comunicaron que no había habido una numerosa partida de atacantes. Probablemente el asesino era un ladrón solitario o un explorador de los bandidos; en cualquier caso, el sanguinario criminal había desaparecido.
El resto de la noche durmieron muy poco. Por la mañana enterraron a Gaspar Raybeau cerca del camino romano. Kerl Fritta entonó una oración fúnebre en rápido alemán, y luego todos se apartaron de la sepultura y, nerviosos, se dispusieron a reanudar el viaje. Los judíos cargaron sus mulas de manera tal que la impedimenta no se soltara si los animales tenían que ir al galope. Rob descubrió entre los bultos que disponían sobre cada mula una estrecha bolsa de cuero de apariencia muy pesada. No le fue difícil adivinar el contenido de esas bolsas. Simón no acudió al carromato y cabalgó todo el tiempo junto a Meir, listo para combatir o huir, según fuese necesario.
Al día siguiente llegaron a Novi Sad, una activa ciudad danubiana. Se enteraron de que un grupo de siete monjes francos que viajaban a la Tierra Santa habían sido asaltados por bandidos tres días atrás: los habían robado, sodomizado y asesinado.
Los tres días que siguieron, avanzaron como si el ataque fuese inminente pero no hubo contratiempos mientras avanzaban a lo largo del amplio y luciente río hasta Belgrado. Adquirieron provisiones en el mercado de granjeros de la ciudad, incluidas unas pequeñas ciruelas rojas agrias de sabor excepcional, y minúsculas olivas verdes que Rob degustó con deleite. Cenó en una taberna, pero la comida no le gustó nada: una mezcla de muchas carnes grasas tronchadas, con gusto a sebo rancio.
Una serie de viajeros habían abandonado la caravana en Novi San y algunos más en Belgrado; otros se unieron al grupo, de modo que los Cullen, Rob y los judíos adelantaron en la línea de marcha, dejando de formar parte de la vulnerable retaguardia.
Poco después de dejar atrás Belgrado, se internaron por unas estribaciones que rápidamente se convirtieron en montañas más abruptas que cualquiera de las que hasta entonces habían atravesado. Las empinadas pendientes estaban tachonadas de cantos rodados semejantes a afilados dientes.
Las elevaciones más altas, el aire penetrante los llevó a pensar en el invierno que se aproximaba. Aquellas montañas debían de ser terribles con nieve.
Rob ya no podía llevar las riendas sueltas. Para subir las pendientes tenía que azuzar a Caballo con suaves chasquidos de la fusta, y yendo cuesta abajo que refrenarlo. Cuando le dolían los brazos y estaba desanimado, recordaba que los romanos habían trasladado su tormenta por esa cordillera de escabrosos picos; pero los romanos tenían hordas de esclavos prescindibles, Rob J. sólo contaba con una yegua fatigada que exigía una hábil conducción de noche. Embotado por el cansancio, se arrastraba hasta el campamento de los judíos, y a veces le daban una especie de lección. Pero Simón no volvió al carromato, y algunos días Rob no logró aprender ni diez palabras
LOS RATANES
Ahora Kerl Fritta se dejaba ver más, y por primera vez Rob lo miró con admiración, porque el jefe de la caravana parecía estar en todas partes, ayudando en las averías de los carros, estimulando y exhortando a la gente como un buen boyero anima a sus estúpidas bestias. El camino era peligroso.
El primero de octubre perdieron medio día mientras unos hombres de la caravana se dedicaban a quitar rocas que habían caído en el camino. Con frecuencia ocurrían accidentes, y Rob atendió dos brazos rotos en espacio de una semana. El caballo de un mercader normando se desbocó y el carro pasó sobre el cochero, aplastándole una pierna. Tuvieron que trasladarlo, en parihuela colgada entre dos caballos, hasta una granja cuyos moradores accedieron a cuidarlo. Abandonaron allí al herido, y Rob rogaba para que el granjero no lo matara y le quitara las pertenencias en cuanto la caravana se perdiese de vista.
– Hemos dejado atrás la tierra de los magiares y ahora estamos en Bulgaria -le dijo Meir una mañana.
Poco importaba, dado que la naturaleza hostil de las rocas era inmodificable, y el viento seguía azotándoles en las alturas. A medida que el frío aumentaba, los viajeros comenzaron a ponerse una variedad de vestimentas exteriores, en su mayoría más abrigadas que elegantes, hasta que llegaron a formar una extraña colección de seres harapientos y acolchados. Una mañana sin sol, la mula de carga que Gershom ben Shemuel llevaba detrás de caballo tropezó y cayó; sus miembros delanteros se extendieron dolorosamente hasta que el izquierdo chasqueó audiblemente bajo el considerable peso de la carga. La mula, condenada a muerte, transida de dolor, emitía un sonido que se asemejaba al de un ser humano.
– ¡Ayúdala! -gritó Rob.
Meir ben Asher extrajo una cuchilla larga y ayudó al animal de la única manera posible: cortándole el pescuezo. De inmediato comenzaron a descargar los bultos de la mula muerta. Cuando llegaron a la bolsa de cuero, Gehom y Judah tuvieron que levantarla juntos, y a continuación se pusieron a discutir en su lengua. La otra mula ya cargaba con una de las pesadas bolsas de cuero, y Rob comprendió que Gershom insistía, justificadamente, en que la segunda bolsa exigiría demasiado del animal.
En la caravana atascada a sus espaldas, se oyeron los airados gritos de quienes no querían rezagarse del cuerpo principal. Rob se acercó corriendo a los judíos.
– Arrojad la bolsa en mi carromato.
Meir vaciló y luego meneó la cabeza.
– No.
– Entonces podéis iros al cuerno -dijo Rob groseramente, colérico ante la falta de confianza de sus compañeros de viaje.
Meir dijo algo y Simón corrió en pos de Rob.
– Amarrarán la mula a mi caballo. ¿Me permites ir en el carromato? Sólo hasta que podamos comprar otra mula.
Rob le señaló el pescante y trepó tras él. Condujo largo tiempo en silencio, pues no estaba de humor para lecciones de parsi.
– Tú no entiendes -dijo Simón-. Meir debe llevar las bolsas consigo. No es dinero suyo. Una parte pertenece a la familia y la mayoría se le debe a los inversores. A él le corresponde la responsabilidad de hacerlo llegar a su destino.
Esas palabras lo hicieron sentir mejor. Pero el día siguió siendo nefasto. El camino era arduo y la presencia de otro hombre en el carromato aumentaba el esfuerzo de la yegua, que estaba visiblemente fatigada cuando el crepúsculo los sorprendió en una cumbre y les indicaron que acamparan.
Antes de cenar, él y Simón tenían que ir a visitar a los pacientes. Soplaba un viento tan intenso que hubieron de situarse tras el carro. Sólo esperaba a Rob un puñado de personas y, para su gran sorpresa y la de Simón, una de ellas era Gershom ben Shemuel. El curtido y fornido judío levantó el caftán y se bajo los pantalones: Rob vio un desagradable forúnculo púrpura en su nalga derecha.
– Dile que se incline.
Gershom gruñó cuando lo tocó la punta del bisturí, haciendo manar pus amarillo. Rugió y maldijo en su idioma cuando Rob exprimió el forúnculo hasta que salió toda la putrefacción y apareció sangre limpia.
– No podrá sentarse en la silla de montar durante varios días.
– No tiene más remedio -replicó Simón-. No podemos abandonar a Gershom.
Rob suspiró. Aquel día los judíos resultaban un verdadero incordio.
– Tú puedes llevar su caballo y él irá en la parte de atrás de mi carromato.
Simón asintió.
El siguiente era el boyero francés, que nunca dejaba de sonreír. Esta vez unas nuevas y diminutas bubas le cubrían la entrepierna. Los bultos de axilas y de las corvas se habían agrandado y eran más sensibles que antes, cuando Rob se lo preguntó, el hombre dijo que habían comenzado a doler. Rob cogió la mano del boyero entre las suyas.
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