Cuando llegó el sábado, se ocupó de atender los fuegos. Ese fue su día de trabajo más pesado desde que había estado quitando la nieve, aunque resultó tan fácil que logró estudiar durante una parte de la tarde. Dos días después ayudó a Reb Elía el Carpintero a poner travesaños nuevos en unas sillas. No realizó otras tareas y pudo entregarse al estudió del parsi. Hacia el final de su segunda semana en Tryavna, la nieta del rabbi Rohel, le enseñó a ordeñar. La chica tenía la piel blanca y largos cabellos negros que llevaba trenzados alrededor de su cara en forma de corazón, su boca era pequeña, con un abultamiento muy femenino del labio inferior Una minúscula marca de nacimiento adornaba su cuello, y sus grandes ojos pardos siempre parecían posados en Rob.
Mientras estaban en la vaquería, una vaca muy torpe que, al parecer creía ser un toro, montó sobre otra y comenzó a moverse como si tuviera pene y la hubiese penetrado.
A Rohel se le subieron los colores a la cara, pero sonrió y soltó una risilla. Sin dejar de sonreír, se inclinó hacía adelante en su taburete, apoyó la cabeza contra el tibio flanco de una vaca lechera y cerró los ojos. Con la espalda tensa, se estiró con las rodillas separadas y aferró los gruesos pezones, que pendían debajo de las hinchadas ubres. Presionó suavemente los dedos uno a uno. Cuando la leche tamborileó en el cubo, Rohel respiró hondo y suspiró. Asomó su lengua sonrosada entre sus labios húmedos, abrió los ojos y miró a Rob.
Rob estaba a solas en la sombreada tiniebla del establo, sosteniendo una manta que olía penetrantemente a Caballo y era apenas un poco mayor que un taled. Con un veloz movimiento envió la manta por encima de su cabeza y la echó sobre sus hombros tan elegantemente como si del tallit de Reb se tratara. Con la repetición, adquirió soltura suficiente como para acodarse el taled. El ganado mugía mientras practicaba el balanceo de la oración, tranquilo pero resuelto. Para orar prefería emular a Meir y no a rotos más enérgicos, como Reb Pinhas.
Esa era la parte más fácil. Le llevaría más tiempo dominar su idioma, complejo y de sonidos extraños, sobre todo porque estaba haciendo un esfuerzo extraordinario para aprender el persa.
Eran gentes de amuletos. En el tercio superior de la jamba derecha de las puertas de todas las casas había clavado un tubito de madera al que daban el nombre de mezuzah. Simón le explicó que cada tubo contenía un diminuto pergamino arrollado en cuya cara delantera aparecían trazadas, veintidós líneas del Deuteronomio, 6: 4-9 y 11: 13-21; y en el dorso figuraba la palabra Shaddai, que quería decir "Todopoderoso”.
Como Rob había observado durante el trayecto, todas las mañanas, excepto la del sábado, los adultos de sexo masculino se ataban dos pequeñas cajas de cuero, una en el brazo y otra en la cabeza. Dichas cajas se llamaban tefillín y contenían fragmentos de su libro sagrado, la Torá; la caja de la frente estaba destinada a la mente y la otra, sujeta al brazo, al corazón.
– Lo hacemos para obedecer las instrucciones del Deuteronomio-dijo Simón-: "Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu Corazón… Y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos”
La dificultad consistía en que Rob no podía saber, mediante la simple observación, cómo se ponían los judíos el tefillín. Tampoco podía pedirle a Simón que se lo enseñara, pues habría llamado la atención que un cristiano quisiera aprender un rito de la fe judía. Logró contar diez vueltas del cuero alrededor de los brazos, pero lo que hacían en la mano era complicado, pues pasaban la tira de cuero entre los dedos de una manera especial que nunca logró dilucidar.
De pie en el frío establo penetrado de olor dulzón, envolvió su brazo izquierdo con un trozo de cuerda vieja, pero lo que hacía con la cuerda en la mano y los dedos nunca adquirió el menor sentido.
No obstante, los judíos eran maestros naturales y aprendía algo nuevo todos los días. En la escuela parroquial de St. Botolph, los sacerdotes le habían enseñado que el Dios del Antiguo Testamento era Jehová. Pero cuando lo nombró, Meir meneó la cabeza.
– Debes saber que para nosotros, Dios nuestro Señor, bendito sea, tiene varios nombres. Este es el más sagrado. -Con un trozo de carbón de leña de chimenea dibujó en el suelo de madera, escribiendo la palabra en parsi y la Lengua: Yahvé-. Nunca debe pronunciarse, porque la identidad del altísimo es inefable. Los cristianos lo pronuncian mal, como has hecho tú. O sea que el nombre no es Jehová, ¿entendido?
Rob asintió.
De noche, en su lecho de paja, repasaba palabras y costumbres nuevas, y antes de que el sueño lo venciera recordaba una frase, un fragmento de un bendición, un gesto, una pronunciación, una expresión de éxtasis en un rostro durante la oración, y lo almacenaba en su mente para cuando llegara un día en que lo necesitara.
– Debes mantenerte apartado de la nieta del rabbennu -dijo Meir, ceñudo.
– No tengo interés por ella.
Habían transcurrido unos días desde que hablaran en la vaquería, y no había vuelto a acercarse a ella. En verdad, la noche anterior había soñado con Mary Cullen, y al alba despertó con los ojos ardientes, atónitos, tratando de recordar los detalles del sueño.
Meir asintió y desarrugó la cara.
– Bien. Una de las mujeres notó que ella te observaba con mucho interés y se lo dijo al rabbennu. Él me pidió que hablara contigo.-Meir se apoyó el índice en la nariz-. Una palabra serena a un hombre sensato vale más que un año de súplicas a un tonto.
Rob estaba alarmado, perturbado, pues debía permanecer en Tryavna para estudiar las costumbres de los judíos y el parsi.
– Yo no quiero tener problemas por una mujer.
– Claro que no. -Meir suspiró-. El problema es la chica, que ya debería estar casada. Desde la infancia ha estado prometida a Reb Meshull ben Moses, el nieto de Reb Baruch ben David. ¿Conoces a Reb Baruch? ¿El hombre alto y delgado? ¿De cara larga? ¿De nariz angosta y puntiaguda que se sienta más allá del fuego en la casa de estudios?
– Ah, sí. Un anciano de ojos feroces.
– Ojos feroces porque es un feroz erudito. Si el rabbennu no fuese el rabbennu, Reb Baruch ocuparía su puesto. Siempre fueron estudiosos rivales e íntimos amigos. Cuando sus nietos eran bebés, acordaron su matrimonio con gran júbilo, para unir a las dos familias. Luego tuvieron una terrible disputa que puso fin a su amistad.
– ¿Por qué disputaron? -preguntó Rob, que empezaba a sentirse cómodo en Tryavna como para gozar de algún chismorreo.
– Sacrificaron un toro joven en sociedad. Ahora bien; debes comprender que nuestras leyes del kashrulh son antiguas y complicadas, con reglas e interpretaciones acerca de cómo deben y no deben ser las cosas. En el morro de la res se descubrió una mancha insignificante. El rabbennu citó precedentes según los cuales esa mancha podía pasarse por alto, pues en modo alguno estropeaba la carne. Reb Baruch citó otros precedentes indicativos de que la carne estaba echada a perder por causa de la mancha, y que no podía comerse. Insistió en que a él le asistía la razón y se ofendió con el rabbennu por haber puesto en duda sus conocimientos.
“Discutieron hasta que el rabbennu perdió la paciencia. "Cortemos al mal por la mitad -propuso-. Yo cogeré mi porción y que Baruch haga lo que quiera con la suya.”
“Cuando llevó la mitad del toro a casa, tenía la intención de comérsela pero después de meditar, se lamentó: “¿Cómo puedo comer la carne de este animal? ¿Una mitad está en la basura de Baruch y yo debo comerme la otra aquí?". A continuación, también arrojó su mitad de la res a la basura.
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