Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– Este es el sistema que permite a mi pueblo comerciar entre una y otra nación -explicó-. Ya has visto lo difícil y peligroso que es viajar por el mundo, pero todas las comunidades judías envían mercaderes al exterior.

"En cualquier población judía de cualquier tierra, cristiana o musulmana todo viajero judío es recibido por los judíos, que le dan comida y vino, un lugar en la sinagoga, un establo para su caballo. Todas las comunidades tienen hombres en lugares del extranjero, sustentados por otros judíos. Y el año venidero, el anfitrión será huésped.

Los forasteros encajaban rápidamente en la vida de la comunidad, hasta el punto de disfrutar con las comidillas locales. Así fue como una tarde, en la casa de estudios, mientras conversaba en lengua persa con un judío de Anatolia llamado Ezra el Herrador -¡cotilleos en parsi!-, Rob se enteró de que a la mañana siguiente tendría lugar una dramática confrontación. El rabbenu hacía las veces de shohet, matarife de la comunidad. En efecto, sacrificaría dos bestias jóvenes de su ganado mayor. Un reducido grupo de los más prestigiosos sabios de la comunidad harían de mashgiot, o inspectores rituales, que se ocupaban de que durante la matanza se observara hasta el último detalle de su compleja ley. Y como mashgah, durante el sacrificio, presidiría el antaño amigo y hogaño antagonista del rabbenu, Reb Baruch ben David.

Aquella noche Meir dio a Rob una lección sobre el Levítico. Estos era los animales que los judíos podían comer de entre todos los que habitaba la tierra: cualquiera que rumia y tiene la pezuña hendida, incluyendo oveja, vaca, cabra y venado. Entre los animales tref -no kosher- estaban los caballos, burros, camellos y cerdos.

De las aves, estaban autorizados a comer palominos, gallinas, palomas domésticas, patos domésticos y gansos domésticos. Entre los seres alados prohibidos estaban las águilas, avestruces, buitres, milanos, cuclillos, cisnes, cigüeñas, búhos, pelícanos, avefrías y murciélagos.

– En mi vida he paladeado una carne tan sabrosa como la de un polluelo de cisne primorosamente mechado, envuelto en cerdo salado y luego asado lentamente al fuego.

Meir parecía ligeramente asqueado.

– Aquí no lo comerás -dijo.

El día siguiente amaneció claro y frío. La casa de estudios estaba casi desierta después del shaharit, la primera oración ritual. Por la mañana, muchos se acercaron al corral del rabbennu para presenciar la shehitah, la matanza ritual. El aliento de los asistentes formaba pequeñas nubes que flotaban en el aire quieto y helado.

Rob estaba con Simón. Se produjo una leve agitación cuando llegó Reb Aruch ben David con el otro mashglah, un anciano encorvado, de nombre Reb Samson ben Zanvil, cuyo rostro era adusto y resuelto.

– Es mayor que Reb Baruch y que el rabbenu, aunque no tan docto -susurró Simón-. Ahora teme quedarse atrapado entre ambos si se plantea una disidencia.

Los cuatro hijos del rabbenu condujeron al primer animal desde el establo: un toro negro de lomo oscuro y pesados cuartos traseros. Mugiendo, el toro agitó la cabeza y pateó el suelo. Tuvieron que pedir ayuda a los mirones para dominarlo con cuerdas, mientras los inspectores examinaban cada milímetro de su cuerpo.

– La más mínima herida o rasguño en la piel lo descalificará como animal de carne -dijo Simón.

– ¿Por qué?

Simón lo miró, fastidiado.

– Porque lo dice la ley -respondió.

Finalmente satisfechos, condujeron al toro a un pesebre lleno de dulce heno. El rabbenu cogió una larga cuchilla.

– Fíjate en el extremo romo y cuadrado de la cuchilla -dijo Simón-. No tiene punta, para evitar la posibilidad de que rasgue el pellejo del animal, pero la cuchilla esta afilada como una navaja.

Seguían observando en medio del frío, pero nada ocurría.

– ¿Qué están esperando? -susurró Rob.

– El momento exacto, porque el animal tiene que estar inmóvil en el instante del corte mortal -explicó Simón-, pues de lo contrario no sería kosher.

Y mientras lo decía, la cuchilla centelleó. Un solo golpe limpio cercenó gaznate y, con él, la traquea y las arterias carótidas. A continuación brotó un chorro rojo y el toro perdió el conocimiento cuando se cortó el suministro de sangre en el cerebro. Los ojos se empañaron y el animal cayó de rodillas; al cabo de un instante, estaba muerto.

Se oyó un murmullo de complacencia entre los observadores, murmullo que se silenció de inmediato porque Reb Baruch había cogido la cuchilla y la estaba examinando.

Rob notó en su expresión un debate que tensó sus finos rasgos de anciano. Baruch se volvió hacia su también anciano rival.

– ¿Ocurre algo? -preguntó fríamente el rabbenu.

– Eso temo -dijo Reb Baruch, y procedió a mostrar, en mitad del borde cortante de la hoja, una imperfección, una ínfima muesca en el acero esmeradamente afilado.

Viejo y nudoso, con el rostro demudado, Reb Samson ben Zanvil esperó, seguro de que como segundo mashgah sería solicitado su juicio, un juicio que no deseaba pronunciar.

Reb Daniel, padre de Rohel e hijo mayor del rabbenu, comenzó a vociferar -¿Qué clase de bobada es esta? Todos saben con cuanto cuidado son afiladas las cuchillas rituales del rabbenu -dijo, pero su padre levantó la mano, exigiéndole silencio.

El rabbenu sostuvo la cuchilla a la luz y pasó un dedo experto por debajo mismo del filo. Suspiró, porque la muesca existía: un error humano que volvía ritualmente inadecuada la carne del animal.

– Es una bendición que tu mirada sea más afilada que la de esta hoja y continúe protegiéndonos, viejo amigo mío -se apresuró a decir, y todos se relajaron, como si liberaran el aliento largo tiempo contenido.

Reb Baruch sonrió. Se estiró y palmeó la mano del rabbenu. Ambos se miraron a los ojos un buen rato.

Luego, el rabbenu se volvió y llamó a Mar Reuven, el Cirujano Barbero.

Rob y Simón dieron un paso al frente y escucharon atentamente.

– El rabbenu te pide que entregues esta res trief al carnicero cristiano de Gabrovo -dijo Simón.

Rob cogió su yegua, que estaba muy necesitada de ejercicios, y la ató al trineo chato sobre el que una serie de manos dispuestas cargaron al toro sacrificado. El rabbenu había utilizado una cuchilla aprobada para el segundo animal, que fue declarado kosher, y los judíos ya lo estaban desmembrando cuando Rob agitó las riendas y azuzó a Caballo para salir de Tryavna.

Fue a Gabrovo lentamente, experimentando un gran placer. La carnicería estaba donde le habían dicho: tres casas más abajo del edificio más destacado de la ciudad, una posada. El carnicero era un hombre fornido y pesado, que con su cuerpo hacía honor a su oficio. La lengua no significó un obstáculo.

– Tryavna -dijo Rob, señalando el toro muerto.

La cara coloradota se deshizo en sonrisas.

– Ah. Rabbenu -dijo el carnicero y asintió vivazmente.

Descargar el animal resultó difícil, pero el carnicero fue a una taberna y volvió con un par de ayudantes. Con cuerdas y esforzándose lograron descargar el toro.

Simón le había dicho a Rob que el precio era fijo y no habría regateo Cuando el carnicero le entregó una cantidad ínfima de monedas, Rob comprendió por qué sonreía entusiasmado, pues prácticamente había robado una excelente res, sólo porque en la cuchilla de la matanza había una insignificante muesca. Rob nunca entendería a la gente que, sin buenas razones, era capaz de tratar una carne estupenda como si fuese basura. La estupidez de aquel episodio lo cubrió de una especie de vergüenza; le habría gustado explicarle al carnicero que él era cristiano y no estaba emparentado con quienes se comportaban tan tontamente. Pero no pudo hacer otra cosa que aceptar las monedas en nombre de los hebreos y guardarlas en la bolsa que llevaba a ese efecto, para salvaguardarlas.

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