Noah Gordon - El Médico
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Cerrado el negocio, fue directamente a la taberna. El oscuro bodegón era largo y estrecho, más semejante a la posada cerca un túnel que a un salón, con su techo bajo ennegrecido por el humo del fuego, a cuyo alrededor holgazaneaban nueve o diez hombres, bebiendo. Una mesita estaba ocupada por tres mujeres que aguardaban, atentas. Rob las observó mientras bebía un aguardiente moreno sin refinar, que no fue de su agrado. Las mujeres -obviamente-, prostitutas de la taberna. Dos habían pasado la flor de la vida, pero la tercera era una rubia joven de expresión maliciosa y al mismo tiempo inocente. Captó el propósito de Rob en su mirada y le sonrió. Rob terminó la bebida y se acercó a la mesa.
– Supongo que no sabéis inglés -murmuró, acertadamente.
Una de las mayores dijo algo y las otras dos rieron. Pero Rob sacó una moneda y se la dio a la joven. Era toda la comunicación que necesitaban.
Ella se la embolsó y, sin decir palabra a sus compañeras, fue a buscar su capa, que colgaba de una percha.
Rob la siguió afuera, y en la calle nevada se encontró cara a cara con Mary Cullen.
– ¡Hola! ¿Estáis pasando un buen invierno vos y vuestro padre?
– Estamos pasando un invierno espantoso -dijo Mary, y Rob observó que se le notaba. Tenía la nariz roja y una llaga fría en la tierna plenitud del labio inferior-. La posada siempre está helada y la comida es pésima. ¿Es verdad que vivís con los judíos?
– Sí.
– ¿Cómo podéis? -preguntó ella con una vocecilla suave.
Rob había olvidado el color de sus ojos y el efecto de su mirada lo desarmó, como si hubiera tropezado con unos aleteantes azulejos en la nieve.
– Duermo en un establo muy abrigado. La comida es excelente -contestó, con enorme satisfacción.
– Mi padre me ha dicho que los judíos despiden un hedor particular que se llama foetor judaicus. Porque frotaron el cuerpo de Cristo con ajo después de matarlo.
– A veces todos olemos. Pero sumergirse de la cabeza a los pies todos los viernes es una de las costumbres de los judíos. Sospecho que se bañan con más frecuencia que el resto de los humanos.
Ella se ruborizó, y Rob comprendió que debía de ser difícil y raro obtener agua para bañarse en una posada como la de Gabrovo. Mary observó a la mujer que, pacientemente, esperaba a corta distancia.
– Mi padre dice que el que se aviene a vivir con judíos no puede ser un hombre cabal.
– Vuestro padre parecía simpático, pero quizá -dijo Rob reflexivamente -sea un asno.
En ese mismo momento, cada uno echó a andar por su lado. Rob siguió a la rubia hasta una habitación cercana. Estaba desordenada y llena de ropa sucia de mujeres, y tuvo la sospecha de que convivía con las otras dos. Mientras la mujer se desnudaba, Rob la observaba.
– Es una crueldad mirar tu cuerpo después de haber visto a la otra -dijo, sabiendo que ella no entendería una sola palabra de lo que decía-. Su lengua no siempre expresa mieles, pero… No es una beldad, exactamente, pero muy pocas mujeres pueden compararse a Mary Cullen en su porte.
La mujer le sonrió.
– Tú eres una puta joven pero ya pareces vieja -le dijo.
Hacía mucho frío y la mujer se despojó de su ropa y se metió rápidamente entre las mugrientas mantas de piel, no sin que antes él hubiera visto más de lo que hubiera preferido. Era un hombre que sabía apreciar el aroma a almizcle de las mujeres, pero de ella emanaba un hedor agrio. El vello de su cuerpo tenía aspecto duro y pegoteado, como si sus jugos se hubiesen secado y resecado incontables veces sin sentir la simple y honrada humedad del agua. La abstinencia había provocado tales ardores en Rob que se habría echado encima de ella, pero el breve vislumbre de su cuerpo azulado le permitió descubrir una carne ajada y apelmazada que no quería tocar.
– ¡Maldita sea esa bruja pelirroja! -refunfuñó.
La mujer lo miró, desconcertada.
– Tú no tienes la culpa, muñeca -le dijo, mientras metía la mano en la bolsa.
Le dio más de lo que habría valido aunque hubiese intentado extraerle algún valor. La mujer metió las monedas bajo las pieles y las apretó contra su cuerpo. Rob ni siquiera había empezado a desvestirse; estiró su ropa, inclinó la cabeza ante ella y salió a tomar aire fresco.
A medida que avanzaba febrero, pasaba cada vez más tiempo en la casa de estudios, desentrañando detenidamente el Corán persa. Siempre lo asombraba la inexorable hostilidad del Corán hacia los cristianos y su amargo aborrecimiento de los judíos. Simón se lo explicó.
– Los primeros maestros de Mahoma fueron judíos y monjes sirio-cristianos. Cuando él informó por vez primera de que el arcángel Gabriel le había visitado, que Dios le había nombrado su profeta y le había dado instrucciones de fundar una religión nueva y perfecta, esperaba que sus viejos amigos lo siguieran en tropel, dando gritos de alegría. Pero los cristianos prefirieron su propia religión y los judíos, sobrecogidos y amenazados, se sumaron activamente a los que rechazaban las prédicas de Mahoma. No los perdonó en toda su vida, y habló y escribió sobre ellos injuriosamente.
Los conocimientos de Simón hacían que el Corán cobrara vida para Rob. Ya iba por la mitad del libro y se afanaba en los estudios, sabedor que en breve reanudarían el viaje. Al llegar a Constantinopla, él y el grupo de Meir seguirían caminos diferentes, lo que, además de separarlo de su maestro Simón, lo privaría del libro, y esto era lo más importante. El Corán desprendía insinuaciones de una cultura remota, y los judíos de Tryavna daban a entender que iba a descubrir un estilo de vida diferente. De niño creía que Inglaterra era el mundo, pero ahora sabía que existían otros pueblos. En algunos rasgos eran semejantes, pero diferían en cuestiones importantes.
El encuentro en la matanza ritual había reconciliado a rabbenu con Reb Baruch ben David, y sus familias comenzaron de inmediato a planear la boda de Rohel con el joven Res Meshullum ben Nathan. El barrio judío era un hervidero de bulliciosa actividad. Los dos ancianos iban de un lado a otro, de buen humor, a menudo juntos.
El rabbennu regaló a Rob el viejo sombrero de cuero y le dejó para que estudiara, un artículo del Talmud. El libro hebreo de las leyes había sido traducido al parsi. Aunque Rob agradeció la posibilidad de ver en la lengua persa otro documento, el significado de ese texto estaba fuera de su alcance. El documento se ocupaba de una ley llamada shaatnez: aunque se permitía a los tíos usar lino y lana, no se les permitía mezclar ambas fibras, y Rob no podía entender por qué.
Cada vez que lo preguntó, su interlocutor manifestaba ignorarlo o se encogía de hombros y decía que era la ley.
Ese viernes, desnudo en la vaporosa caseta de baños, Rob reunió valor mientras los hombres rodeaban al sabio.
– Shi-ailah, Rabbenu, shi-ailah -gritó. “¡Una pregunta, una pregunta!” El rabbenu dejó de enjabonar la prominencia de su barriga, sonrió al goy extranjero y luego habló.
– Ha dicho: "Pregunta, hijo mío”-dijo Simón.
– Tenéis prohibido comer carne con leche. Tenéis prohibido usar lino con lana. La mitad del tiempo tenéis prohibido tocar a vuestras mujeres. ¿Por qué hay tantas cosas prohibidas?
– Para alimentar la fe -respondió el rabbenu.
– ¿Por qué Dios impone exigencias tan extrañas a los judíos?
– Para separarnos de vosotros -dijo el rabbenu, pero sus ojos chispearon y no había malicia en sus palabras.
Rob bufó cuando Simón le echó agua en la cabeza.
Todos participaron cuando Rohel, nieta del rabbenu, contrajo matrimonio con Meshullum, nieto de Reb Baruch, el segundo viernes del mes.
Esa mañana, muy temprano, todos se reunieron a las puertas de la casa de Daniel ben Shlomo, padre de la novia. En el interior, Meshullum pagó por la novia el digno precio de quince piezas de oro. Se firmó el ketubah o contrato matrimonial, y Reb Daniel presentó una abultada dote, regalando el precio de la novia a la pareja y añadiendo otras quince piezas de oro, un carro y una yunta de caballos. Nathan, el padre del novio, dio a la afortunada pareja un par de vacas lecheras. Al salir de la casa, una radiante Rohel pasó junto a Rob como si este fuera invisible.
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