Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Una noche que Mary estaba limpiando, después de cenar, apareció Rob en su campamento. Inclinó la cabeza ante ella y se acercó directamente a su padre, con un frasco de aguardiente en la mano, como ofrenda de paz.

– Siéntate -dijo James Cullen a regañadientes.

Pero después de compartir unos tragos se volvió amistoso, sin duda porque era agradable conversar en inglés, pero también porque resultaba difícil no tomarle simpatía a Rob J. Cole. Poco después, estaba hablando a su visitante de lo que les esperaba.

– Me han hablado de una raza de ovejas orientales, delgadas y de lomo estrecho, pero con unos rabos y unas patas traseras tan gordas, que el animal puede vivir de las reservas acumuladas si escasea la comida. Sus corderos tienen un vellón sedoso, de lustre insólito. ¡Espera un momento, hombre, déjame que te lo muestre!

Desapareció en la tienda y volvió con un gorro de piel de cordero La lana era gris y muy rizada.

– De la mejor calidad -dijo, ansioso-. El vellón sólo es tan rizado hasta el quinto día de vida del cordero, y luego permanece ondulado hasta que la bestezuela tiene dos meses.

Rob observó el gorro y le aseguró que se trataba de una piel finísima.

– Lo es -corroboró Cullen, y se caló el gorro, lo que los hizo reír porque la noche era calurosa y aquella prenda de piel era apta para la nieve. El hombre volvió a guardarla en la tienda, y después los tres se sentaron ante el fuego. James Cullen dio a su hija uno o dos sorbos de su vaso. A Mary le resultó difícil tragar el aguardiente, pero la situación hizo que el mundo mejorara ante sus ojos.

El estruendo de unos truenos sacudió el cielo purpúreo y una sábana de relámpagos los iluminó unos segundos, durante los cuales Mary vio las facciones endurecidas de Rob. Aquellos ojos vulnerables que lo volvían hermoso quedaron ocultos.

– Una tierra extraña, con truenos y relámpagos permanentes, sin que caiga nunca una gota de lluvia -comentó Cullen-. Tengo muy presente la mañana de tu nacimiento, Mary Margaret. También había truenos y relámpagos, pero se precipitó una abundante lluvia típicamente escocesa, que era como si los cielos se hubiesen abierto y nunca fueran a cerrarse.

Rob se inclinó hacía adelante.

– ¿Fue en Kilmarnock, donde están tus posesiones familiares?

– No, nada de eso; ocurrió en Saltcoats. Su madre era una Tedder Saltcoats. Yo había llevado a Jura a su antiguo hogar, pues en su gravidez ansiaba ver a su madre, y nos agasajaron y mimaron durante semanas seguidas, con lo que nos quedamos más tiempo del previsto. Se presentó el parto, de modo que en lugar de nacer en Kilmarnock, como corresponde a un Cullen, Mary Margaret vino al mundo en la casa de su abuelo Tedder, con vista al estuario del Clyde.

– Padre -dijo ella suavemente-, el señor Cole no puede tener el menor interés en el día de mi nacimiento.

– Por el contrario -se apresuró a decir Rob, e hizo pregunta tras pregunta, escuchando a su padre con atención.

Mary rogaba que no hubiera más relámpagos, pues no quería que su padre viera que el cirujano barbero había apoyado la mano en su brazo desnudo. Su contacto era como el de la borrilla de cardo, pero la carne de Mary era un puro temblor, como si el futuro la hubiera rozado o la noche fuese muy fría.

El once de mayo la caravana llegó a la margen occidental del río Arda; y Fritta decidió acampar un día más para permitir que repararan los carros y que compraran provisiones a los granjeros de los alrededores. James Cullen llevó a Seredy y pagó a un guía para que los acompañara al otro lado del río, en Turquía, impaciente como un niño por iniciar la búsqueda de ovejas de rabo gordo.

Una hora más tarde, Mary y Rob montaron juntos a pelo el caballo, y se alejaron del ruido y la confusión. Cuando pasaron junto al campamento de los judíos, Mary notó que el joven delgado se la comía con los ojos. Era Simón, el maestro de Rob, que sonrió y codeó a otro en las costillas para que también los viera.

A Mary apenas le importó. Se sentía mareada, tal vez a causa del calor, pues el sol matinal era una bola de fuego. Rodeó el pecho de Rob con sus brazos para no caer del caballo, cerró los ojos y apoyó la cabeza en su ancha espalda.

A cierta distancia de la caravana se cruzaron con dos campesinos hoscos que llevaban un burro cargado de leña. Los hombres los miraron pero no les devolvieron el saludo. Quizá venían de lejos, pues no había árboles en ese lugar; sólo se veían vastos campos sin trabajadores, porque la plantación había terminado tiempo atrás y aún no estaba suficientemente madura para ser cosechada.

Al llegar a un arroyo, Rob ató el caballo a un arbusto, se descalzaron y vadearon la deslumbrante brillantez. A ambos lados de las aguas reflectantes se extendían trigales, y Rob le mostró cómo los altos tallos daban sombra al terreno, volviéndolo tentadoramente penumbroso y fresco.

– Vamos, es como una caverna -dijo y se acercó a la rastra, como si fuera un niño grande.

Ella lo siguió lentamente. De pronto, un pequeño ser vivo hizo crujir el grano casi maduro y dio un salto.

– Sólo se trata de un minúsculo ratón que ha huido, asustado -dijo él.

Mientras se acercaba a ella por el suelo frío, se contemplaron.

– No quiero hacerlo, Rob.

– Entonces no lo harás, Mary -respondió Rob, aunque Mary notó la frustración en su mirada.

– ¿Podrías besarme y sólo besarme, por favor? -le preguntó humildemente.

Así, su primera intimidad explícita fue un beso torpe y melancólico, condenado por la aprensión de Mary.

– Lo otro no me gusta. Ya lo he hecho -dijo precipitadamente, para apresurar el momento que tanto temía.

– Entonces, ¿tienes experiencia?

– Sólo una vez, con mi primo, en Kilmarnock. Me hizo un daño terrible.

Rob le besó los ojos y la nariz, suavemente la boca, mientras ella disipaba sus dudas. Al fin y al cabo, ¿quién era aquel? Stephen Tedder había sido alguien que conocía de toda la vida, primo y amigo, y le había provocado un auténtico dolor. Después se desternilló de risa por su malestar, como si ella hubiera sido tan torpe como para permitirle hacer aquello, lo mismo que si le hubiera permitido empujarla para que cayera sentada en un lodazal.

Y mientras ella albergaba sus desagradables pensamientos, aquel ingrato había modificado la naturaleza de sus besos, y su lengua le acariciaba el interior de los labios. No era desagradable, y cuando intentó imitarlo, le sorprendió su lengua. Pero ella se echó a temblar otra vez cuando le desató el corpiño -Sólo quiero besarlos- dijo Rob apremiante, y Mary tuvo la extraña experiencia de bajar la vista y ver la cara de él avanzando hacia sus pechos que, reconoció Mary con gruñona satisfacción, eran pesados pero altos y firmes, y arrebatados de color.

Rob lamió el borde rosado y toda ella se estremeció. Su lengua se movió en círculos cada vez más estrechos hasta que llegó al endurecido pezón color corales, en el que se posó como si fuese un bebé cuando lo tuvo entre sus labios, en tanto la acariciaba detrás de las rodillas y en el interior de las piernas. Pero cuando su mano llegó al montículo, Mary se puso rígida. Sintió que se le cerraban los músculos de los muslos y el estómago, y se mantuvo tensa y asustada hasta que él apartó la mano.

Rob hurgó en sus propias ropas, luego buscó la mano de ella y le hizo una ofrenda. Ella había entrevisto hombres anteriormente, por casualidad, encontrar a su padre o a uno de los trabajadores orinando detrás de un busto. Y había vislumbrado más en esas ocasiones que cuando estuvo con Stephen Tedder, de modo que nunca había visto, y ahora no pudo dejar estudiarlo. No esperaba que fuera tan… grueso, pensó acusadoramente, como si él tuviera la culpa. Mary cobró valor, le zarandeó los testículos y soltó una risilla cuando notó que él se retorcía. ¡Qué cosa tan bonita!

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