Noah Gordon - El Médico
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– Gracias -dijo gravemente, y como su padre se aproximaba, se obligó a dar media vuelta para supervisar cómo montaba la tienda Seredy.
Transcurrió otro día sin que la caravana partiera, y en toda la línea de marcha se oían protestas. Su padre fue a ver a Fritta, y al volver dijo que el conductor de la caravana estaba esperando que partieran los caballeros normandos.
– Ya han causado muchos desmanes y Fritta prefiere, sensatamente, tenerlos delante para que no nos acosen por la retaguardia.
Pero a la mañana siguiente los caballeros seguían allí y Fritta decidió que habían esperado demasiado. Dio la señal de partida de la caravana hacia la larga y ultima etapa que los llevaría a Constantinopla; más tarde, la ola de movimiento llegó a los Cullen. El otoño anterior habían seguido a un joven matrimonio franco con dos hijos pequeños. La familia había pasado el invierno fuera de la ciudad de Gabrovo y tenía la declarada intención de sumarse de nuevo a la caravana, pero no apareció. Mary sabía que algo terrible tenía que haberle ocurrido, y rogó a Cristo que protegiera a aquellas gentes.
Ahora cabalgaba detrás de dos hermanos franceses obesos, que habían dicho a su padre que abrigaban la esperanza de hacer fortuna comprando alfombras turcas y otros tesoros. Mascaban ajo por razones de salud y, con frecuencia, se volvían en la silla para contemplar estúpidamente su cuerpo. A Mary se le ocurrió que, conduciendo su carro detrás, el joven cirujano barbero también debía de observarles, y de vez en cuando era lo bastante pícara para mover las caderas más de lo que exigían los movimientos del caballo.
La gigantesca culebra de viajeros se acercó sinuosamente al desfiladero que llevaba a través de las altas montañas. La escarpada ladera se perdía bajo la tortuosa huella hasta el centelleante río, hinchado por la fusión de las nieves aprisionadas durante todo el invierno.
Al otro lado del gran desfiladero se alzaban estribaciones que, gradualmente, se transformaban en colinas onduladas. Esa noche durmieron en un vasta llanura de vegetación arbustiva. Al día siguiente, viajaron rumbo al sur y resultó evidente que el Portal de los Balcanes separaba dos climas singulares, porque una vez traspuesto el desfiladero, el aire era más suave y se volvía más cálido a medida que avanzaban.
Por la noche hicieron alto en las afueras de Gornya. Acamparon en un plantación de ciruelos, con permiso de los campesinos, que vendieron a algunos hombres un ardiente licor de ciruelas, además de cebollas tiernas y una bebida de leche fermentada, tan espesa que había que tomarla con cuchara. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mary oyó retumbar un trueno distante que, rápidamente, aumentó de volumen, y en breve los gritos salvajes de unos hombres se integraron en el estruendo.
Cuando salió de la tienda, vio que la gata blanca había salido del carromato del cirujano barbero y estaba paralizada en el camino. Los caballeros franceses pasaron como demonios en una pesadilla, y la gata se perdió en una nube de polvo, aunque no antes de que Mary viera lo que habían hecho los primeros cascos. No tuvo conciencia de haber gritado, pero supo que corrió a toda velocidad hacia el camino antes de que se asentara el polvo.
Señora Buffington ya no era blanca. La gata yacía pisoteada en el polvo, Mary levantó su pobre cuerpecillo quebrado. En ese momento se dio cuenta de que él había bajado del carromato y estaba a su lado.
– Se estropeará el vestido nuevo con la sangre -dijo Rob bruscamente, pero su cara pálida dejaba traslucir su aflicción.
Cogió a la gata y una pala, y se alejó del campamento. A su vuelta, Mary no se le acercó pero desde lejos notó que tenía los ojos enrojecidos. Enterrar a un animal muerto no era lo mismo que dar sepultura a una persona, pensó Mary, no le pareció extraño que Rob fuese capaz de llorar por un gato. A pesar de su talla y su fuerza, lo que le atraía de él era aquella especie de vitalidad vulnerable.
Los días siguientes lo dejó estar. La caravana cambió la orientación sur y volvió a girar al este, pero el sol seguía brillando, más caliente cada día. Mary ya había comprendido que la nueva indumentaria que le confeccionaron en Gabrovo era sobre todo una molestia, pues hacía demasiado calor para vestir lana. Revolvió su guardarropa de verano en el equipaje, y encontró algunas prendas ligeras, aunque demasiado finas para viajar, pues en seguida se estropearían. Se decidió por ropa interior de algodón y un vestido basto en forma de saco, al que dio un mínimo de forma atándose un cordón en la cintura. Se tocó con un sombrero de cuero de ala ancha, aunque ya tenía pecosas las mejillas y la nariz.
Aquella mañana, cuando desmontó de su caballo y echó a andar para hacer ejercicio, como solía, él le sonrió.
– Subid conmigo en el carromato.
Mary lo hizo sin el menor aspaviento. Esta vez no se produjo ninguna comodidad; sólo sintió el placer de ir en el pescante a su lado.
Rob metió la mano detrás del asiento para buscar su sombrero de cuero, que era igual al que usaban los judíos.
– ¿De dónde lo sacasteis?
– Me lo dio el hombre santo de Tryavna.
Al rato notaron que el padre de ella le dedicaba una mirada tan torva que los dos soltaron una carcajada.
– Me sorprende que os permita visitarme -dijo.
– Lo he convencido de que sois inofensivo.
Se miraron, encantados. La cara de él era de bellas facciones, pese al aspecto escasamente favorecedor de su nariz rota. Mary comprendió que, por impasibles que permanecieran sus rasgos, la clave de los sentimientos de Rob estaba en sus ojos, profundos y serenos, de alguna manera mayores que él mismo. Percibió en ellos una gran soledad, equiparable a la propia. ¿Cuántos años tenía? ¿Veintiuno? ¿Veintidós?
Mary notó, sobresaltada, que él estaba hablando de la meseta de labranza por la que pasaban.
– …en su mayoría frutales y trigo. Aquí los inviernos tienen que ser cortos y benignos, porque el cereal está avanzado -dijo, pero ella no se dejó llevar por la intimidad que habían alcanzado en los últimos momentos.
– Os odié aquel día en Gabrovo.
Otro hombre habría protestado o sonreído, pero él no abrió los labios.
– Por aquella eslava. ¿Cómo pudisteis ir con ella? También la detesté.
– No desperdiciéis vuestro odio con ninguno de los dos, pues ella era una mujer digna de lástima y yo no la toqué. Veros a vos me estropeó esa posibilidad -dijo, sencillamente.
Ella no dudó de que le decía la verdad, y algo cálido y triunfal creció en su interior como una flor.
Ahora podían hablar de fruslerías: la ruta, la forma en que debían conducirse los animales para que resistieran, la dificultad de encontrar madera para hacer fuego y cocinar. Fueron juntos toda la tarde; hablaron tranquilamente de todo, excepto de la gata blanca y de sí mismos. Los ojos de él le decían otras cosas sin palabras.
Mary lo sabía. Estaba asustada por diversas razones, pero no habría cambiado ningún lugar de la tierra por el asiento del incómodo y traqueteante carromato bajo el sol abrasador, a su lado.
Bajó obedientemente, pero reacia, cuando por fin la voz perentoria de su padre la llamó.
De vez en cuando, adelantaban a un pequeño rebaño de ovejas, en su mayoría sucias y mal cuidadas, pero Cullen se detenía invariablemente para inspeccionarlas e iba con Seredy a interrogar a los propietarios. En todos los casos, los pastores le aconsejaban que si buscaba ovejas auténticamente maravillosas fuera más allá de Anatolia.
A principios de mayo estaban a una semana de viaje de Turquía, y James Cullen no hacía el menor esfuerzo por ocultar su excitación. Su hija vivía una excitación propia, pero hacía todos los esfuerzos posibles por ocultársela. Aunque siempre se presentaba la oportunidad de esbozar una sonrisa y dedicar una mirada en dirección al cirujano barbero, a veces se obligaba a estar alejada de él dos días seguidos, pues temía que si su padre notaba sus sentimientos le ordenara no acercarse a Rob Cole.
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