Después se sintió más tranquila y se acariciaron, hasta que ella intentó, por su propia iniciativa, comerle la boca. En breve sus cuerpos se hicieron frutos maduros y no fue tan terrible cuando la mano de él abandonó sus nalgas firmes y redondas, y volvió a retozar dulcemente entre sus piernas.
Mary no sabía qué hacer con la mano. Le puso un dedo entre los labios y palpó su saliva, sus dientes y su lengua, pero él se apartó para chuparle los pechos, besarle el vientre y los muslos. Se abrió camino en ella primero con un dedo y luego con dos, masajeando el clítoris en círculos cada vez más rápidos.
– ¡Ah! -suspiró ella débilmente, y levantó las rodillas.
Pero en lugar del martirio para el que su mente estaba preparada, se asombró al sentir la calidez de su aliento sobre ella. Y su lengua nadó como un pez en su humedad entre los pliegues vellosos que ella misma se avergonzaba de tocar. "¿Cómo haré para volver a mirar a este hombre a la cara?”, se preguntó, pero la pregunta se esfumó al instante, se desvaneció de forma extraña y maravillosa, pues comenzó a estremecerse y corcovear pícaramente, con los ojos cerrados y su boca callada a medias abierta.
Antes de que recuperara el juicio, él se había insinuado en su interior.
Estaban verdaderamente enlazados; él era una calidez abrigada y sedosa en el núcleo de su cuerpo. No hubo dolor; apenas una leve sensación de rigidez que en seguida cedió mientras él avanzaba lentamente.
En un momento dado, Rob preguntó:
– ¿Todo va bien?
– Sí -dijo ella, y Rob siguió adelante.
En unos segundos, Mary se encontró moviendo su cuerpo al ritmo del él. Poco después, a Rob le resultó imposible seguir conteniéndose, cada vez con más impulso, vibrante. Ella quería tranquilizarlo, pero mientras lo estudiaba a través de sus ojos rasgados, vio que echaba la cabeza hacía atrás y se arqueaba.
¡Cuánta singularidad en sentir su enorme temblor, en oír su gruñido de lo que pareció un arrollador alivió cuando se vació en ella!
Durante largo rato, en la penumbra del alto trigal, apenas se movieron.
Permanecieron quietos y callados; ella había apoyado en él una de sus largas piernas. El sudor y los líquidos se secaban.
– Llegará a gustarte -dijo finalmente Rob-. Como la cerveza de malta.
Mary le pellizco un brazo con todas sus fuerzas. Pero estaba pensativa.
– ¿Por qué nos gusta? -preguntó-. He observado a los caballos antes cuando lo hacen. ¿Por qué a los animales les gusta?
Él se mostró sorprendido. Años después, ella comprendería que esa pregunta la diferenciaba de cualquier mujer que hubiese conocido, pero ahora no sabía que Rob la estaba estudiando.
Mary no se decidió a decirlo, pero él ya se diferenciaba de cualquier otro hombre en su mente. Percibió que había sido sumamente bondadoso con ella en una forma que no comprendía del todo; claro que sólo contaba con el recuerdo de un acto tosco como elemento de comparación.
– Pensaste más en mí que en ti mismo -dijo ella.
– No lo pasé nada mal.
Ella le acarició la cara y mantuvo allí su mano mientras él le besaba la palma.
– La mayoría de los hombres… la mayoría de la gente no es así. Lo sé.
– Tienes que olvidar a tu condenado primo de Kilmarnock -le dijo.
Rob captó algunos pacientes entre los recién llegados, y se regocijó cuando le contaron que, al reclutarlos, Kerl Fritta se había jactado de que su caravana estaba asistida por un cirujano barbero magistral.
Se animó especialmente al ver a los que había tratado durante la primera etapa del viaje, pues con anterioridad nunca había atendido la salud de alguien durante tanto tiempo.
Le contaron que el boyero franco que siempre sonreía, y al que había tratado sus bubas, murió en Gabrovo en pleno invierno. Rob sabía que eso iba a ocurrir, y le había hablado al hombre de su ineludible sino, pero la noticia lo entristeció.
– Lo más gratificante es lo que sé reparar -le dijo a Mary-. Un hueso roto, una herida abierta, un doliente al que sé cómo tratar para que se ponga bien. Lo que aborrezco son los misterios. Las enfermedades sobre las que no sé nada, o de las que sé menos que quienes las padecen. Los males que aparecen como salidos de la nada y desafían toda explicación razonable, todo tratamiento. ¡Ah, Mary, es tan poco lo que sé! En realidad no sé nada, pero soy el único al que pueden acudir los pacientes.
Sin comprender todo lo que decía, Mary lo consolaba. Una noche fue a ver a Rob, sangrante y atormentada por los retortijones, y le habló de su madre. Jura Cullen había comenzado su regla un hermoso día de verano, y el flujo se había convertido en un derrame, el derrame en hemorragia. A su muerte, Mary estaba demasiado apesadumbrada para llorar, y ahora todos los meses, cuando aparecía la regla, creía que la mataría.
– ¡Calla! No era un flujo menstrual ordinario; tiene que haber sido algo más. Tú sabes que así es -le dijo, con la palma de la mano pálida y tranquilizadora en su vientre, paliando con besos su dolor.
Días más tarde, con ella a su lado en el carromato, Rob se encontró hablando de temas que nunca había comentado con nadie: la muerte de su padres, la separación de sus hermanitos y su pérdida. Ella lloró como si no pudiera parar, y se volvió en el asiento para que su padre no la viera.
– ¡Cuánto te quiero! -susurró.
– Te amo -dijo él lentamente para su propio asombro: nunca había dicho esas palabras a nadie.
– No quiero separarme nunca de ti -dijo Mary.
Después, cuando estaban en el camino, ella se volvía en la silla de su caballo castrado y lo miraba. Su código secreto consistía en llevarse los dedos de la mano derecha a sus labios, como para espantar a un insecto o quitarse una mota de polvo.
James Cullen seguía buscando el olvido en la botella, y a veces Mary iba con Rob después que su padre había estado bebiendo y dormía profundamente. Él hizo lo imposible por disuadirla, pues los centinelas solían estar muy nerviosos y era peligroso moverse por el campamento de noche. Pero ella era una mujer testaruda y de todos modos iba, y él siempre se alegraba.
Mary era una aprendiza veloz. Muy pronto se conocían mutuamente todos los defectos y virtudes, todos los rasgos y manchas, como viejos amigos. La gran corpulencia de ambos formaba parte de la magia y, a veces, cuando se movían al unísono, Rob pensaba en unos mamuts que se acoplaban atronadoramente. Para él era algo tan novedoso como para ella, en cierto sentido: había poseído a muchas mujeres, pero nunca había hecho el amor. Ahora, sólo quería proporcionarle placer.
Estaba preocupado y desconcertado, imposibilitado de entender qué había acontecido en tan poco tiempo.
Se internaban cada vez más en la Turquía europea, una parte del país conocida como Tracia. Los trigales se tornaron en llanuras ondulantes de ricos pastos y comenzaron a ver rebaños de ovejas.
– Mi padre se está animando -le dijo Mary.
Cada vez que encontraban ovejas, Rob veía salir a James Cullen y al indispensable Seredy al galope, para hablar con los pastores, hombres de piel morena que llevan largos cayados y usaban camisas de manga larga y pantalones holgados recogidos a la altura de las rodillas.
Una noche, Cullen se presentó sólo a hablar con Rob. Se instaló junto al fuego y carraspeó, incómodo.
– Nunca creí que me tomaras por ciego.
– Nunca lo supuse -dijo Rob, con todo respeto.
– Permíteme que te hable de mi hija. Tiene cierta educación. Sabe latín
– Mi madre sabía latín. Ella me enseñó.
– Mary sabe mucho latín. Es muy importante saberlo en tierras extranjeras, para poder hablarlo con funcionarios y clérigos. La mandé a estudiar con las monjas de Walkirk. La aceptaron porque creyeron que podrían atraerla a la orden, pero no la conocían. No es aficionada a los idiomas, pero cuando le dije que debía aprender latín, puso todo su empeño en ello. Entonces yo soñaba con viajar a Oriente para comprar ovejas finas.
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