Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Así, durante una semana, se sintió como se había sentido después de alguna muerte. Cuando la caravana llegó a Babaeski, experimentó una profundización de la pena culposa, al darse cuenta de que allí se habrían desviado juntos para acompañar a su padre e iniciar una nueva vida. Pero al pensar en James Cullen se sintió mejor en su soledad, pues sabía que el escocés habría resultado un suegro quisquilloso.

Pero no podía dejar de pensar en Mary.

Empezó a salir de su abatimiento dos días más tarde. Al atravesar un pasaje de colinas herbosas, oyó en la lejanía un ruido característico acercándose a la caravana. Un sonido como el que podían producir los ángeles, que finalmente se aproximó y le permitió ver por vez primera una partida de camellos.

Cada uno de los animales llevaba colgadas campanillas que tintineaban a cada paso de las bestias.

Los camellos eran más grandes de lo que esperaba, más altos que un hombre y más largos que un caballo. Sus cómicas caras parecían serenas y al mismo tiempo siniestras, con grandes ollares abiertos, labios colgantes y ojos acuosos de párpados pesados, semiocultos detrás de largas pestañas, que daban una expresión singularmente femenina. Iban en recua y cargados con enormes fardos de cebada entre sus jorobas gemelas.

Posado en lo alto del bulto de paja, cada siete u ocho camellos, iba un camellero flaco y moreno, que por único atavío usaba un turbante y trapo raído en forma de pantalón de montar. De vez en cuando, alguno arriaba a las bestias con un grito gutural del que los bamboleantes animales no hacían el menor caso.

Los camellos tomaron posesión del ondulado paisaje. Rob contó trescientos animales antes de que el último se redujera a una mancha en la distancia y de que se desvaneciera el maravilloso tintineo de sus campanillas. El innegable símbolo de Oriente espoleó a los trajinantes en su camino cuando atravesaron un istmo estrecho. Aunque Rob no veía el agua, Simón le dijo que al sur se extendía el mar de Marmara y al norte, el imponente mar Negro. El aire había adquirido un estimulante olor a sal que le recordó su terruño y lo llenó de una nueva sensación de urgencia.

La tarde siguiente, la caravana coronó una cuesta, y Constantinopla apareció ante sus ojos, como una ciudad que había poblado sus sueños.

Había unas cuevas hechas por la mano del hombre, excavadas en unas laderas próximas, que proporcionaban frescura y techo a las caravanas. La mayoría de los viajeros sólo pasarían un día o dos recuperándose, haciendo reparaciones en los carros o cambiando caballos por camellos; después seguirían un camino rumbo al sur, hacía Jerusalén.

– Nos iremos de aquí dentro de unas horas -dijo Meir a Rob-, porque nos faltan diez días de viaje para llegar a nuestro hogar, en Angora, y estamos ansiosos por liberarnos de nuestra responsabilidad.

– Creo que yo me quedaré algún tiempo.

– Cuando decidas partir, ve a ver al kervanhashi, jefe de caravanas de este lugar. Se llama Zevi. De joven fue boyero y luego amo de una caravana que llevaba partidas de camellos por todas las rutas. Conoce a los viajeros -dijo Simón con orgullo- es judío y un buen hombre. Él se encargará de que viajes seguro.

Rob apretó sus muñecas, uno por uno.

"Adiós, fornido Gershom, cuyo duro culo abrí con un bisturí.”

"Adiós, Judah, de nariz afilada y barba negra.”

"Adiós, joven amigo Tuveh.”

"Gracias, Meir.”

"¡Gracias, muchas gracias, Simón!”,

Se despidió de ellos con pesar, pues siempre fueron bondadosos con él. La separación resultó más difícil porque lo alejaba del libro que lo había introducido en la lengua persa.

Poco después, conducía solo por Constantinopla, una ciudad enorme, y a la vez más extensa que Londres. Vista de lejos parecía flotar en el aire claro cálido, enmarcada en la piedra azul oscuro de los muros y en los diferentes azules del cielo en lo alto y del mar de Marmara al sur. Vista desde dentro, Constantinopla era una ciudad llena de iglesias de piedra que se alzaban en calles estrechas, atestadas de jinetes a lomos de burros, caballos y camellos además de sillas de mano y carros y carromatos de toda clase. Unos fuertes mozos de cuerda con uniforme holgado de basto paño marrón, transportaban increíbles cargas sobre sus espaldas o en plataformas que llevaban en la cabeza, como si fueran sombreros.

En una plaza pública, Rob se detuvo a estudiar una figura solitaria que se erguía encima de una alta columna de porfido, encarado hacía la ciudad. Por la inscripción en latín logró discernir que se trataba de Constantino El Grande. Los hermanos y sacerdotes que enseñaban en la escuela de St. Batolph, en Londres, le habían transmitido una buena base acerca de lo que representaba esa estatua. Los sacerdotes simpatizaban mucho con Constantino, porque fue el primer emperador romano que se hizo cristiano. Por cierto, su conversión había sido obra de la Iglesia cristiana, y cuando por fuerza de las armas tomó la ciudad griega de Bizancio y la hizo suya -Constantinopla, ciudad de Constantino-, se transformó en la joya del cristianismo en Oriente y en asiento de catedrales.

Rob dejó el área comercial y eclesiástica para internarse en los barrios de estrechas y apiñadas casas de madera, con segundos pisos sobresalientes que podrían haber sido transportados desde muchas ciudades inglesas. Era una ciudad rica en nacionalidades, como corresponde a un lugar que marca el fin de un continente y el principio de otro. Rob pasó por un barrio griego, un mercado armenio, un sector judío e, imprevistamente, en lugar de escuchar un impenetrable parloteo tras otro, oyó unas palabras en parsi.

De inmediato buscó y encontró un establo, controlado por un hombre llamado Ghiz. Era un buen establo, y Rob se ocupó de las comodidades de su yegua antes de dejarla, porque le había prestado buenos servicios y merecía descansar ociosamente y comer montones de pienso. Ghiz señaló a Rob la dirección de su propia casa, en lo alto del Sendero de los Trescientos Veintinueve Peldaños, donde había un cuarto en alquiler.

El ascenso valió la pena, porque la habitación era luminosa y limpia, y una brisa salada se colaba a través de la ventana.

Desde allí bajó la vista hacía el Bósforo, de color jacinto, en el que las velas parecían capullos en movimiento. Más allá de la orilla opuesta, a una media milla de distancia, divisó las siluetas de cúpulas y alminares afilados como lanzas, y comprendió que esa era la razón de las fortificaciones, los fosos y los dos muros que rodeaban Constantinopla. A corta distancia de su ventana, concluía la influencia de la cruz, y los límites estaban guarnecidos para defender al cristianismo del Islam. Al otro lado del estrecho comenzaba la influencia de la Media Luna.

Permaneció asomado a la ventana y fijó la vista en Asia, donde en breve ahondaría.

Aquella noche, Rob soñó con Mary. Despertó melancólico y huyó de la habitación. A la altura de una plaza que se llamaba Foro de Augusto, encontró unos baños públicos, donde soportó fugazmente las aguas frías y luego se demoró en las aguas calientes del tepidarium, como César, enjabonándose y respirando vapor.

Cuando emergió, secándose con una toalla y arrebolado por la ultima zambullida fría, tenía un hambre canina y estaba más optimista. En el mercado judío compró unos pescaditos fritos y un racimo de uvas negras, que fue comiendo mientras buscaba lo que necesitaba.

En muchos tenderetes vio las prendas interiores de lino que había visto usar a todos los judíos de Tryavna. Las camisetas cortas llevaban los adornos trenzados que recibían el nombre de tsitsith y que, según le había explicado Simón, les permitirían cumplir la admonición bíblica de que toda su vida los judíos debían usar orlas de ese tipo en los bordes de sus prendas de vestir.

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