Volvió horas más tarde y encontró a Zevi en la cabaña que le servía de refugio en el caravasar. Con él había tres judíos.
– Este es Lonzano ben Ezra -dijo a Rob.
Reb Lonzano, un hombre de edad mediana y el mayor de los tres, era evidentemente el jefe de la partida. Tenía pelo y barba castaños que aún no habían encanecido, pero cualquier indicio de juventud en él quedaba descartado por su cara arrugada y sus ojos de mirada grave.
Loeb ben Kohen y Aryeh Askari eran unos diez años más jóvenes que Lonzano. Loeb era alto y desgarbado; Aryeh, más corpulento y de hombros cuadrados. Ambos tenían el cutis oscuro y curtido de los mercaderes viajeros, pero mantuvieron una actitud neutra, aguardando el veredicto de Lonzano.
– Son negociantes que vuelven a su hogar de Masqat, al otro lado del golfo Pérsico -dijo Zevi, y volviéndose hacia Lonzano prosiguió en tono severo-: A este lamentable ser lo han educado como un goy ignorante, en una remota tierra cristiana, y necesita que le demuestren que los judíos saben ser amables con los judíos.
– ¿Qué negocios tienes en Ispahán, Jesse ben Benjamín? -preguntó Reb Lonzano.
– Voy a estudiar para hacerme médico.
Lonzano movió la cabeza afirmativamente.
– La madraza de Ispahán. Reb Mirdin Askari, primo de Reb Aryeh, estudia medicina allí.
Rob se inclinó ansioso y lo habría bombardeado a preguntas, pero Reb Lonzano no estaba dispuesto a dejarse desviar del tema principal.
– ¿Eres solvente y estás en condiciones de pagar una parte justa de los gastos del viaje?
– Sí.
– ¿Estás dispuesto a compartir los trabajos y las responsabilidades en el camino?
– Más que dispuesto. ¿En qué comercias, Reb Lonzano?
Lonzano frunció el entrecejo. Evidentemente, consideraba que la entrevista debía ser dirigida por él y no al contrario.
– Perlas -respondió a regañadientes.
– ¿Hasta qué punto es nutrida la caravana en que viajas?
Lonzano permitió que un íntimo asomo de sonrisa le torciera la comisura de los labios.
– Nosotros mismos formamos la caravana.
Rob estaba confundido y se dirigió a Zevi.
– ¿Cómo pueden tres hombres ofrecerme protección de los bandidos y de otros peligros?
– Óyeme bien -dijo Zevi-. Estos tres son judíos ambulantes. Saben cuándo deben aventurarse y cuándo no. Cuándo deben esconderse. Cuándo buscar protección o ayuda en cualquier lugar a lo largo del camino. -volvió hacia Lonzano-. ¿Qué dices tú, amigo? ¿Lo llevarás o no?
Reb Lonzano miró a sus dos compañeros. Ellos guardaban silencio, y sus impenetrables expresiones no cambiaron, pero debieron de transmitirle algo porque cuando volvió a mirar a Rob, Lonzano asintió.
– De acuerdo; te damos la bienvenida. Zarparemos al amanecer desde un muelle del Bósforo.
– Allí estaré con mi caballo y mi carro.
Aryeh refunfuñó y Loeb suspiró.
– Ni caballo ni carro -sentenció Lonzano-. Navegaremos por el Mar Negro en embarcaciones pequeñas, con el fin de ahorrarnos un viaje largo y peligroso por tierra.
Zevi apoyó su manaza en la rodilla de Rob.
– Si están dispuestos a llevarte, es una oportunidad excelente. Vende el caballo y el carro.
Rob tomó una decisión inmediata y asintió.
– ¡Mazel! -dijo Zevi con serena satisfacción, y escanció vino tinto para formalizar el trato.
Desde el caravasar fue directamente al establo. Ghiz resolló al verlo.
– ¿Eres Yahud?
– Soy Yahud.
Ghiz asintió temeroso, convencido de que aquel mago era un djnni que podía alterar su identidad a voluntad.
– He cambiado de idea: te venderé el carro.
El persa le hizo una oferta miserable, apenas una fracción del valor carromato.
– No; me pagarás un precio justo.
– Puedes quedarte con tu endeble carro. Pero si quieres venderme la yegua…
– La yegua te la regalo.
Ghiz entrecerró los ojos, tratando de ver por dónde venía el peligro.
– Tienes que pagarme un precio justo por el carro, pero te regalo la yegua.
Se acercó a Caballo y le frotó el hocico por última vez, agradeciéndole en silencio los fieles servicios prestados.
– Hay algo que siempre debes tener en cuenta. Este animal trabaja con buena voluntad, pero debe estar bien y regularmente alimentado, y siempre limpio para que no le salgan llagas. Si cuando vuelvo está sano, nada te ocurrirá. Pero si lo has maltratado…
Sostuvo la mirada de Ghiz, que palideció y desvió la vista.
– La trataré bien, hebreo. ¡La tratare muy bien!
El carromato había sido su único hogar durante muchos años. Además, era como decirle adiós al último recuerdo de Barber.
Tuvo que dejar también la mayor parte de su contenido, lo que resultó una ganga para Ghiz. Rob cogió su instrumental quirúrgico y un surtido de hierbas medicinales; la cajita de pino para los saltamontes, con la tapa perforada; sus armas y unas pocas cosas más.
Pensó que había sido moderado, pero a la mañana siguiente, mientras acarreaba un gran saco de paño a través de las calles todavía oscuras, se sintió menos seguro. Llegó al muelle del Bósforo cuando la luz viraba al gris, y Reb Lonzano observó agriamente el bulto que le obligaba a encorvar la espalda.
Cruzaron el estrecho del Bósforo en un teimil, un esquife largo y bajo que era poco más que un tronco de árboles ahuecado, embreado y equipado con un sólo par de remos que accionaba un joven somnoliento. Desembarcaron en la otra orilla, en Uskudar, una población de chozas agrupadas junto al muelle, cuyos amarraderos estaban atestados de embarcaciones de todo tipo y tamaño. Rob se enteró, con gran consternación, que les esperaba una hora de caminata hasta la pequeña bahía donde anclaba la barca que los llevaría a través del Bósforo y luego costearía el mar Negro. Cargó sobre los hombros el pesado bulto y siguió a los otros tres.
De inmediato, se encontró andando al lado de Lonzano.
– Zevi me contó lo que ocurrió entre tú y el normando en el caravasar. No debes dar rienda suelta a tu temperamento si no quieres ponernos en peligro a todos.
– Sí, Reb Lonzano.
Exhaló un profundo suspiro cuando desplazó al otro lado el peso del saco.
– ¿Ocurre algo, Inghiltz?
Rob meneó la cabeza. Sosteniendo el bulto sobre el hombro dolorido, y mientras un sudor salado le corría por los ojos, pensó en Zevi y sonrió.
– Ser judío es muy difícil -comentó.
Por último, llegaron a una ensenada desierta y Rob vio, meciéndose en el oleaje, un carguero ancho y achaparrado, con un mástil y tres velas, una grande y dos pequeñas.
– ¿Qué clase de embarcación es esa? -preguntó a Reb Aryeh.
– Una chalana. Una buena embarcación.
– ¡Vamos! -gritó el capitán.
Era Ilias, un griego rubio y feúcho, con la tez bronceada por el sol y una cara en la que una sonrisa con pocos dientes exhibía su blancura. Rob pensó que era un comerciante insensato, pues a bordo aguardaban nueve esperpentos con la cabeza afeitada, sin cejas ni pestañas.
Lonzano gruñó.
– Derviches, monjes errantes musulmanes.
Sus capuchas eran harapos mugrientos. Del cordón atado alrededor de la cintura de cada uno, colgaban un jarro y una honda. Todos tenían en el centro de la frente una marca redonda y oscura semejante a un callo costroso; más adelante, Reb Lonzano le contó a Rob que esa marca era el zabiba, corriente entre los musulmanes devotos que apretaban la cabeza contra el suelo durante la oración, cinco veces por día.
Uno de ellos, probablemente el jefe, se llevó las manos al pecho y se inclinó ante los judíos.
– Salaam.
Lonzano devolvió el saludo con la correspondiente inclinación.
– Salaam aleikhem.
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