Así pues, Rob se quedó en la embarcación y, de este modo, como una serie de años nefastos, pasaron cuatro días interminables.
Siete días después de haber dejado Constantinopla, Ilias maniobró la chalana hasta un diminuto puerto a cuyo alrededor había unas cuarenta casas apiñadas, algunas de ellas con estructuras de madera desvencijada, pero en su mayoría de adobe. Era un puerto de aspecto inhóspito, pero no para Rob, que siempre recordaría con gratitud la ciudad de Rize.
– ¡Imshallah! ¡Imshallah! -exclamaron los derviches cuando la barca tocó el muelle.
Reb Lonzano recitó una bendición. Con el cutis oscurecido, el cuerpo más delgado y el vientre cóncavo, Rob saltó de la embarcación y caminó con gran cuidado por la tierra ondulada, alejándose del odiado mar.
Dedeh se inclinó ante Lozano, Melek parpadeó ante Rob y sonrió, y los derviches siguieron su camino.
– Vamos -dijo Lonzano.
Los judíos echaron a andar con paso pesado, como si supieran adónde iban. Rize era un lugar lamentable. Unos perros amarillos salieron corriendo y les ladraron. Se cruzaron con unos niños que reían tontamente y tenían los ojos ulcerados; una mujer desaseada que cocinaba algo en un fuego al aire libre; dos hombres dormían a la sombra, tan próximos como amantes. Un viejo escupió al verlos pasar.
– Su principal negocio consiste en la venta de ganado a la gente que llega por mar y sigue el viaje a través de las montañas -explicó Lonzano-. Loeb tiene un conocimiento perfecto de las bestias y comprará para todos.
Rob dio dinero a Loeb. Poco después, llegaron a una pequeña choza, junto a un gran redil en el que había burros y mulas. El tratante era un hombre de ojos desviados hacia los lados. Le faltaban el tercero y cuarto dedos de la mano izquierda, y si bien el que se los cortó había hecho una chapuza grotesca, sus muñones fueron útiles como ganchos de tracción cuando separó los animales para que Loeb los inspeccionara.
Loeb no regateó ni mostró remilgos. A menudo miraba un instante y de soslayo un animal. A veces se detenía para examinar ojos, dentaduras, cruces y corvejones. Propuso comprar una sola de las mulas, y el vendedor protestó ante su oferta.
– ¡No es suficiente! -exclamó indignado, pero cuando Loeb se encogió de hombros y comenzó a alejarse, el hombre lo detuvo y aceptó su dinero.
Compraron tres animales a otro comerciante. El tercero al que visitaron echó una larga mirada a las bestias que conducían y asintió lentamente. Separó animales de su redil para ellos.
– Cada uno conoce el ganado de los demás y este ha visto que Loeb sólo acepta lo mejor -dijo Aryeh.
Poco después, cada uno de los cuatro miembros de la partida judía tenía un burrito resistente para montar, y una mula fuerte como animal de carga.
Lonzano dijo que si todo iba bien sólo faltaba un mes de viaje hasta Ispahán, y Rob cobró nuevas fuerzas. Tardaron un día en atravesar la llanura costera y tres en cruzar unas estribaciones montañosas. Después escalaron macizos más elevados. A Rob le gustaban las montañas, pero aquellas culminaban en picos áridos y rocosos, escasamente poblados de vegetación.
– Se debe a que la mayor parte del año no hay agua -explicó Lonzano-. En primavera se producen graves inundaciones, y el resto del tiempo hay sequía. Si vemos un lago, probablemente será de agua salada, pero nosotros sabemos dónde encontrar la potable.
Por la mañana rezaron. Después, Aryeh escupió y miró desdeñosamente a Rob.
– No sabes una mierda. Eres un estúpido goy.
– Tú eres el estúpido y te expresas como un cerdo -regañó Lonzano a Aryeh.
– ¡Ni siquiera sabe ponerse el tefillín! -dijo Aryeh con tono malhumorado.
– Se ha criado entre extranjeros, y si no sabe, esta es nuestra oportunidad de enseñarle. Yo, Reb Lonzano ben Ezra ah-Levi de Masqat, le transmitiré algunas costumbres de su pueblo.
Lonzano enseñó a Rob a ponerse correctamente las filacterias. El cuero se arrollaba tres veces alrededor del brazo, formando la letra hebrea shin, y luego se envolvía siete veces por el antebrazo, descendía a través de la palma y alrededor de los dedos, de manera que dibujaba otras dos letras, dalet y yud, componiendo así la palabra shaddai, uno de los siete Nombres Impronunciables.
Simultáneamente se decían oraciones, entre ellas un pasaje de Oseas, 2: 21-22: Y te desposaré conmigo para siempre en juicio y justicia, y misericordia, y miseraciones. Y te desposaré conmigo en fe, y conocerás al Señor.
Al repetirlas, Rob se echó a temblar, pues había prometido a Jesús que a pesar de mostrar la apariencia exterior de un judío, le seguiría siendo fiel.
Entonces recordó que Cristo había sido judío y que, sin duda, a lo largo de su vida se había puesto miles de veces las filacterias mientras decía esas mismas oraciones. Así se aliviaron su corazón y su miedo, y repitió las palabras que decía Lonzano mientras las tiras que rodeaban su brazo le enrojecieron la mano de una manera sumamente interesante, pues eso indicaba que la sangre había quedado bloqueada en los dedos por las ceñidas ataduras, y se encontró preguntándose de dónde venía la sangre, y adónde iría desde la mano cuando se quitara la tira de cuero.
– Algo más -dijo Lonzano mientras desenrollaban las filacterias-. No debes descuidar la búsqueda de la guía divina porque no sepas la Lengua. Está escrito que si una persona no puede decir una súplica prescrita, debe al menos pensar en el Todopoderoso. Eso también es rezar.
No eran unas figuras garbosas, pues si un hombre no es bajo, existe cierta desproporción cuando monta un asno. Los pies de Rob apenas se separaban del suelo, pero el burro soportaba fácilmente su peso durante largas distancias, y era una bestia ágil, perfectamente idónea para subir y bajar montanas.
A Rob no le gustaba el ritmo de Lonzano, que llevaba una fusta de espinos con la que constantemente golpeaba los flancos de su burro.
– ¿Para qué ir tan rápido? -refunfuñó finalmente, pero Lonzano no se molestó en volverse.
Fue Loeb quien respondió:
– En los alrededores vive una gentuza capaz de matar a cualquier viajero, y detesta especialmente a los judíos.
Conocían de memoria la ruta. Rob no sabía nada del camino, y si les ocurría algún percance a los otros tres, era dudoso que él sobreviviera en aquel entorno desolado y hostil. La senda subía y bajaba precipitadamente, serpenteando entre los oscuros y amenazadores picos del este de Turquía.
Entrada la tarde del quinto día, llegaron a un pequeño cauce que jugueteaba caprichosamente entre márgenes contorneadas de rocas.
– El río Coruh -informó Aryeh.
Casi no había agua en la bota de Rob, pero Aryeh movió la cabeza negativamente cuando lo vio dirigirse al río.
– Es agua salada -advirtió en tono cáustico, como si Rob tuviera la obligación de saberlo.
Siguieron cabalgando. Al doblar un recodo, al atardecer, vieron a un zagal que apacentaba cabras. El pastorcillo dio un salto y se alejó en cuanto los vio.
– ¿No deberíamos perseguirlo? -preguntó Rob-. Tal vez haya salido corriendo para informar a los bandidos de que estamos aquí.
Lonzano lo miró y sonrió. Rob notó que la tensión había desaparecido de su rostro.
– Era un niño judío. Estamos llegando a Bayburt.
La aldea tenía menos de cien habitantes, y aproximadamente la tercera parte eran judíos. Vivían protegidos por un muro alto y difícilmente expugnable, construido en la ladera de la montaña. Cuando llegaron a la puerta, la hallaron abierta. En cuanto la hubieron traspuesto, se cerró a cal y canto a sus espaldas, y al desmontar encontraron seguridad y hospitalidad en el barrio judío.
– Shalom -saludo el rabbenu de Bayburt, sin sorpresa.
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