Era un hombre menudo, que habría formado un conjunto perfectamente armonioso a horcajadas de un burro. Su barba era espesa y tenía una expresión melancólica alrededor de la boca.
– Shalom aleikhum -dijo Lonzano.
En Tryavna habían hablado a Rob del sistema judío de viajes, pero ahora lo vio con ojos de participante. Unos chicos se llevaron los animales para atenderlos, otros recogieron sus botas para lavarlas y llenarlas de agua dulce del pozo del lugar. Las mujeres les dieron trapos húmedos para que pudieran lavarse, y luego les sirvieron pan fresco, sopa y vino antes de que fueran a la sinagoga, a reunirse con los hombres del pueblo para el maariu. Después de las oraciones se sentaron con el rabbenu y algunas autoridades.
– Conozco tu cara, ¿no? -preguntó el rabbenu a Lonzano.
– He disfrutado anteriormente de vuestra hospitalidad. Estuve aquí hace seis años con mi hermano Abraham y nuestro padre, bendita sea su memoria, Jeremiah ben Label. Nuestro padre nos dejó hace cuatro años por voluntad del Altísimo, cuando un pequeño rasguño en el brazo se gangrenó y lo envenenó.
El rabbenu asintió y suspiró.
– Que en paz descanse.
Intervino entusiasmado un judío canoso que se rascaba el mentón.
– ¿No me recuerdas? Soy Yosel ben Samuel de Bayburt. Estuve con tu familia en Masqat, hace diez años esta primavera. Llevaba piritas de cobre en una caravana de cuarenta y tres camellos y tu tío… ¿Issachar?, tu tío Issachar le ayudó a venderle las piritas a un fundidor y a obtener un cargamento de esponjas marinas con buenos beneficios para mí.
Lonzano sonrió.
– Mi tío Jehiel. Jehiel ben Issachar.
– ¡Eso es, Jehiel! ¿Goza de buena salud?
– Estaba sano cuando salí de Masqat.
– Bien -dijo el rabbenu-. El camino a Erzurum está controlado por una calamidad de bandidos turcos, que la plaga se los lleve y toda forma de catástrofe siga sus pasos. Asesinan, cobran rescates, hacen lo que les da la gana. Tendréis que eludirlos por una pequeña senda que atraviesa las más altas montañas. No os perderéis porque uno de nuestros jóvenes os guiará.
Así, al día siguiente muy temprano, los animales se desviaron del camino transitado poco después de dejar Bayburt, y siguieron un sendero pedregoso que en algunos lugares era muy angosto, con pendientes cortadas a pico en la ladera de la montaña. El guía los acompañó hasta que regresaron sanos y salvos al camino principal.
La noche siguiente estaban en Karakose, donde sólo había una docena de familias judías, prósperos mercaderes que gozaban de la protección de Ili ul Hamid, un poderoso jefe militar. El castillo de Hamid estaba construido en forma de heptágono, en una elevada montaña que dominaba la aldea. Tenía la apariencia de un galeón de guerra desarbolado y desmantelado.
Subían agua desde la aldea hasta la fortaleza en asnos, y las cisternas siempre estaban llenas en previsión de un asedio. A cambio de la protección de Hamid, los judíos de Karakose tenían el compromiso de mantener llenos de mijo y arroz los almacenes del castillo. Rob y los tres judíos ni siquiera vislumbraron a Hamid, pero abandonaron Karakose de buena gana, pues no deseaban estar un minuto en un sitio donde la seguridad dependía del capricho de un solo hombre poderoso.
Estaban atravesando un territorio muy escabroso y lleno de peligros pero la red viajera funcionaba. Todas las noches renovaban la provisión de agua potable, recibían buena comida y techo, y consejo sobre lo que les esperaba más adelante. Las arrugas de preocupación casi habían desaparecido de la cara de Lonzano. Un viernes por la tarde llegaron a la minúscula aldea montañosa de Igdir y se quedaron un día de más en las casitas de piedra de los judíos, con el propósito de no viajar en sábado. Igdir era un pueblo frutícola y se saciaron, agradecidos, con cerezas negras y membrillo en conserva.
Hasta Aryeh estaba relajado, y Loeb se mostró amable con Rob, al que enseñó un idioma secreto por señas, con el que los judíos mercaderes de Oriente hacían sus negociaciones sin hablar.
– Se comunican con las manos -explicó Loeb-. El dedo recto significa diez; el dedo doblado, cinco. El dedo apretado dejando sólo la punta a vista es uno; toda la mano representa cien, y el puño significa mil.
La mañana que abandonaron Igdir, él y Loeb cabalgaron juntos, regateando en silencio con las manos, cerrando tratos de embarques inexistentes, comprando y vendiendo especias y oro y reinos para pasar el tiempo. La senda era rocosa y difícil.
– No estamos lejos del monte Ararat -dijo Aryeh.
Rob reflexionó acerca de las elevadas y poco airosas cumbres y el terreno marchito.
– ¿Por qué se le ocurriría a Noé abandonar el arca? -preguntó Rob, y Aryeh se encogió de hombros.
En Nazik, la siguiente población, se demoraron. La comunidad estaba construida a lo largo de un gran desfiladero rocoso, donde vivían ochenta y cuatro judíos y treinta veces más anatolios.
– Se celebrará una boda turca en esta aldea -les informó el rabbenu, un anciano delgado, de hombros caídos y ojos penetrantes-. Ya han comenzado las reuniones y su excitación es malsana y despreciable. No nos atrevemos a movernos de nuestro barrio.
Sus anfitriones los mantuvieron encerrados cuatro días en el sector judío. Había comida en abundancia y un buen pozo. Los judíos de Nazik eran simpáticos y afables, y aunque el sol brillaba con crueldad, los viajeros dormían en un fresco granero de piedra, sobre paja limpia. Desde la ciudad llegaba el alboroto de peleas, el jolgorio de las borracheras, el ruido de muebles rotos, y una vez cayó sobre los judíos una granizada de piedras desde el otro lado del muro, pero nadie resultó herido.
Cuatro días más tarde todo estaba sereno, y uno de los hijos del rabbenu se aventuró a salir. Tras las violentas celebraciones, los turcos estaban agotados y dóciles, y a la mañana siguiente Rob abandonó encantado Nazik, con sus tres compañeros de viaje.
Siguió una etapa a campo través, desprovista de colonias judías y de protección. Tres semanas después de dejar atrás Nazik, llegaron a una meseta que embalsaba una gran masa de agua bordeada por un ancho perímetro de barro blanco resquebrajado. Bajaron de sus burros.
– Estamos en Urmiya -dijo Lonzano a Rob-, un lago salado y poco profundo. En primavera, las corrientes de agua arrastran minerales desde las laderas hasta aquí. Pero el lago carece de drenaje, de forma que el sol estival evapora el agua y deja la sal en los bordes. Coge una pizca de sal y póntela en la lengua.
Lo obedeció cautelosamente e hizo una mueca.
Lonzano sonrió.
– Estas paladeando Persia.
Le llevó un momento comprender el significado de esas palabras.
– ¿Estamos en Persia?
– Sí. Esta es la frontera.
Rob se sintió decepcionado. "Tan largo camino para… esto". Lonzano era perspicaz.
– No padezcas; te enamorarás de Ispahán, te lo garantizo. Y ahora volvamos a montar, que todavía debemos cabalgar muchos días.
Pero antes Rob orinó en el lago Urmiya, efectuando así su personal aportación inglesa a la salobridad persa.
Aryeh puso de manifiesto su odio. Cuidaba sus palabras delante de Lonzano y Loeb, pero cuando estos estaban fuera del alcance del oído, sus comentarios a Rob solían ser hirientes. Pero incluso cuando hablaba con los otros dos judíos era, a menudo, menos que simpático.
Rob, más corpulento y más fuerte, a veces tenía que apelar a toda su voluntad para no golpearlo.
Lonzano era perspicaz.
– No debes hacerle caso -advirtió a Rob.
– Aryeh es un…
Rob no sabía cómo se decía cabrón en parsi.
– Ni siquiera en casa Aryeh era muy agradable, pero no tiene alma de viajero. Cuando partimos de Masqat llevaba casado menos de un año, acababa de tener un hijo y no quería irse. Desde entonces está avinagrado -suspiró-. Bien, todos tenemos familia y no es fácil estar lejos de casa, sobre todo en sábado o en un día santo.
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