La espera no fue larga. En breve, Simón fue a buscarlo y lo llevó a una las casas, donde bajaron por un oscuro pasillo que olía a manzanas y entraron en una habitación que como único mobiliario tenía una silla y una mesa cubierta de libros y manuscritos. La silla estaba ocupada por un anciano de barba y pelo blancos como la nieve, hombros redondeados y fuertes, papada laxa y grandes ojos castaños, acuosos a causa de la edad, aunque lograron penetrar hasta la esencia misma de Rob. No hubo presentaciones; fue lo mismo que comparecer ante un noble.
– Le hemos dicho al rabbennu que viajas a Persia y necesitas aprender la lengua de ese país para hacer negocios -dijo Simón-. El rabbennu preguntó si el placer del conocimiento no es razón suficiente para estudiar.
– A veces hay placer en el estudio -reconoció Rob, hablándole directamente al anciano-. Para mí, generalmente significa un trabajo arduo. Estoy aprendiendo la lengua de los persas porque abrigo la esperanza de que me permita obtener lo que deseo.
Simón y el rabbennu hablaron atropelladamente.
– Pregunta si siempre te muestras tan sincero. Le dije que eres lo bastante directo como para decirle a un agonizante que se está muriendo, y él me ha respondido: "Esa sinceridad es suficiente”.
– Dile que tengo dinero y le pagaré comida y albergue.
El sabio meneó la cabeza.
– Esto no es una posada. Quienes viven aquí deben trabajar -informó Shlomo ben Eliahu por boca de Simón-. Si el Inefable es misericordioso este invierno no tendremos necesidad de un cirujano barbero.
– No tengo por qué trabajar como cirujano barbero. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa útil.
El rabbennu hurgó y escarbó con sus largos dedos la blanca barba mientras reflexionaba. Finalmente, anunció su decisión.
– Toda vez que se declare que un animal sacrificado no es kosher -tradujo Simón-, llevarás la carne y se la venderás al carnicero cristiano de Cabrovo. Y el sábado, día en que los judíos no deben trabajar, atenderás los fuegos de las casas.
Rob vaciló. El judío anciano lo observó con interés, atrapado por el brillo de sus ojos.
– ¿Quieres decir algo? -murmuró Simón.
– Si los judíos no deben trabajar el sábado, ¿no estará el sabio condenando mi alma al decidir que yo lo haga?
El rabbennu sonrió al oír la traducción.
– Dice que confía en que no desees convertirte en judío, Rob J. Cole.
Rob movió la cabeza negativamente.
– Entonces dice que puedes trabajar sin temor durante el sábado judío y te da la bienvenida a Tryavna.
El rabbennu los llevó a donde dormiría Rob, en el fondo de un vasto establo vacuno.
– Hay velas en la casa de estudios. Pero no pueden traerse para aquí, donde hay heno seco -dijo severamente el rabbennu a través de Simón y de inmediato lo puso a limpiar los pesebres.
Aquella noche se tendió en la paja con la gata de guardia a sus pies como una leona. Señora Buffington lo abandonaba de vez en cuando para aterrorizar a un ratón, pero siempre volvía. El establo era un palacio oscuro y húmedo, entibiado hasta hacerlo cómodo por los grandes cuerpos bovinos, en cuanto Rob se acostumbró al continuo mugido y el dulce hedor de excrementos de vaca, durmió contento.
El invierno llegó a Tryavna tres días después que Rob. Comenzó a nevar durante la noche, y los dos días siguientes alternaron entre una amarga lluvia empujada por el viento y gordos copos que flotaban, semejantes a dulkaidos del cielo. Cuando dejó de nevar, le dieron una gran pala de madera y ayudó a quitar los montones de nieve acumulada ante todas las puertas. Se había puesto un sombrero judío de cuero, que encontró en una percha del establo. Por encima de él, las acechantes montañas brillaban blancas bajo el sol, y el ejercicio en medio del aire frío le infundió optimismo.
Cuando terminó de quitar la nieve, no tenía otro trabajo y estaba autorizado a ir a la casa de estudios, un edificio de madera en el que se colaba el frío, combatido por un lamentable fuego simbólico tan inadecuado que no era difícil que se olvidaran de alimentarlo. Los judíos estaban sentados alrededor de unas mesas rústicas y estudiaban hora tras hora, discutiendo en voz alta, a veces ásperamente.
Llamaban la Lengua a su idioma. Simón le explicó que era una mezcla de hebreo y latín, además de algunas expresiones de los países por los que pasaban o en los que vivían. Un idioma apto para las controversias: cuando estudiaban juntos se lanzaban constantemente palabras los unos a los otros.
– ¿Sobre qué discuten? -preguntó Rob a Meir, sorprendido.
– Puntos de la ley.
– ¿Dónde están sus libros?
– No usan libros. Quienes conocen las leyes las han memorizado de tanto oírlas en labios de sus maestros. Quienes aún no las han memorizado, las aprenden prestando mucha atención. Siempre ha sido así. Existe la Ley escrita, por supuesto, pero sólo para ser consultada. Todo hombre que conoce la Ley Oral es un maestro de interpretaciones legales según se las haya enseñado su maestro, y hay una multitud de interpretaciones porque hay una multitud de maestros. Por eso discuten. Cada vez que debaten, aprenden un poco más acerca de la ley.
Desde el primer momento, en Tryavna lo llamaron Mar Reuven, traducción hebrea de Master Robert. Mar Reuven, el Cirujano Barbero. El tratamiento de Mar lo apartaba de ellos tanto como todo lo demás, pues entre sí le decían Reb, en señal de respeto y de que se tenían por eruditos, aunque en rango inferior al rabbennu. En Tryavna sólo había un rabbennu.
Eran gentes extrañas, diferentes de él tanto en su aspecto como en sus costumbres.
– ¿Qué le pasa a su pelo? -preguntó a Meir un hombre al que llamaban Reb Joel Levski el Vaquero. Rob era el único de la casa de estudios que no llevaba peoth, los bucles ceremoniales rizados sobre las orejas.
– Porque no sabe cómo hacerlo. Es un goy, un otro -explicó Meir.
– Pero Simón me ha dicho que ese Otro esta circuncidado. ¿Cómo es posible? -indagó Reb Pinhas ben Simeón el Lechero.
Meir se encogió de hombros.
– Un accidente -dijo-. Lo he hablado con él. No tiene nada que ver con el contrato de Abraham.
Durante unos días, todos miraban a Mar Reuven. A su vez, él los miraba, porque le parecían más que extraños con sus sombreros, sus bucles, sus barbas tupidas, su ropa oscura y sus costumbres paganas. Estaba fascinado con sus hábitos durante la oración. Entonces los veía muy individualizados. Meir se ponía el taled pudorosa y discretamente. Reb Pinhas desplegaba su tallit, lo sacudía casi arrogantemente, sosteniéndolo frente a sí por dos esquinas y levantando los brazos y con un movimiento de muñecas lo hacía ondular sobre su cabeza, para écharselo por ultimo a los hombros con la suavidad de una bendición.
Cuando Reb Pinhas oraba, oscilaba atrás y adelante con el apremio de su deseo de enviar sus suplicas al Todopoderoso. Meir se balanceaba suavemente cuando recitaba las oraciones. Simón se mecía a un ritmo intermedio concluyendo cada movimiento hacia adelante con un leve estremecimiento y una ligera sacudida de cabeza.
Rob leía y estudiaba su libro junto a los judíos, comportándose de manera muy semejante al resto de ellos como para seguir siendo una novedad. Durante seis horas diarias -tres horas después de los maitines, que llamaban shaharit, y tres después de las vísperas, que llamaban marariv-, la casa de estudios estaba atestada, pues casi todos estudiaban antes y después de concluir la jornada de trabajo con la que se ganaban la vida. Entre esos dos períodos, sin embargo, la sala permanecía relativamente tranquila, con unas dos mesas ocupadas por estudiosos de dedicación plena. Poco después de su llegada se sentaba entre ellos, cómodo y sin llamar la atención, ajeno al barboteo judío mientras trabajaba en el Corán parsi, empezando a hacer auténticos progresos.
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