Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– El libro no debe estar nunca fuera del alcance de nuestra mirada. Sólo puedes leerlo en nuestra compañía.

– ¿No puede ir Simón conmigo en el carro?

Tuvo la certeza de que Meir estaba a punto de decirle otra vez no, pero intervino Simón.

– Podría aprovechar el tiempo para verificar los libros de contabilidad -dijo.

Meir caviló.

– Este será un erudito de primera -observó Simón-. Ya hay en él un amor por el estudio.

Los judíos observaron a Rob de una manera algo distinta a como lo habían mirado hasta entonces. Por último, Meir asintió.

– Puedes llevar el libro a tu carro -dijo.

Aquella noche se quedó dormido lamentando que no fuese ya el día siguiente, y por la mañana despertó temprano y ansioso, con una sensación de anticipación casi dolorosa. La espera fue más difícil porque presenció los preparativos que hacían los judíos antes de iniciar el día: Simón fue a la arboleda para aliviar la vejiga y los intestinos; bostezando, Meir y Tuveh se contonearon hasta el arroyo para lavarse, todos ellos balanceándose y musitando los maitines; Gershom y Judah sirvieron el pan y la papilla.

Ningún enamorado esperó nunca a doncella alguna con más impaciencia.

– Venga, venga, patoso, holgazán hebreo -farfulló, mientras repasaba por ultima vez la lección del vocabulario persa correspondiente a ese día.

Cuando por fin Simón llegó, iba cargado con el libro persa, un pesado libro mayor de contabilidad y un curioso marco de madera que contenía columnas de cuentas ensartadas en estrechas varillas de madera.

– ¿Qué es eso?

– Un ábaco. Un contador muy útil cuando se trata de hacer sumas-explicó Simón.

Después de que la caravana se pusiera en marcha, fue evidente que el nuevo acuerdo era fructífero. Pese a la relativa lisura del camino, las ruedas del carromato rodaban sobre piedras y no era práctico escribir, pero resultaba fácil leer. Cada uno se dedicó a su trabajo mientras avanzaban a través de millas y millas de campo.

El libro persa no tenía ningún sentido para él, pero Simón le había dicho que leyera las letras y las palabras parsis hasta que se sintiera fluido con la pronunciación. Una vez tropezó con una frase que Simón le había puesto en la lista: Koc-homedy.

– Has venido con buenas intenciones -dijo con tono triunfal, como sihubiese alcanzado una victoria menor.

A veces levantaba la vista y contemplaba la espalda de Mary Margaret Ahora ella no se movía del lado de su padre, sin duda por insistencia este, pues Rob había notado que Cullen miraba cejijunto a Simón cuando se encaramó al carro. Mary cabalgaba con la espalda muy recta y la cabeza erguida, como si toda su vida se hubiera balanceado en una silla de montar.

A mediodía Rob había aprendido su lista de palabras y frases.

– Veinticinco no es suficiente. Tienes que darme más.

Simón sonrió y le puso otras quince. El judío hablaba poco y Rob se acostumbró al clac-clac-clac de las cuentas del ábaco volando al contacto los dedos de Simón.

A media tarde, Simón gruñó y Rob supo que había descubierto un error en uno de los cálculos. Evidentemente, el libro mayor contenía el registro de muchas transacciones. A Rob se le ocurrió que aquellos hombres llevaban a sus familias los beneficios de la caravana mercantil que habían conducido por Persia a Alemania, lo que explicaba por qué nunca dejaban sin protección campamento. En la línea de marcha, delante de él, iba Cullen, trasladando una considerable suma de dinero a Anatolia, con el propósito de comprar ganado. Detrás iban aquellos judíos, que seguramente llevaban una cifra más importante aún. Si los bandidos supieran de la existencia de esos dinerales, pensó con incomodidad, reunirían un ejército de proscritos y ni siquiera una caravana tan numerosa estaría a salvo de su ataque. Pero no se sintió tentado a abandonar la caravana, porque viajar a solas era lo mismo que buscarse la muerte. De modo que apartó tales temores de su mente y, día tras día, permanecía en el asiento del carromato con las riendas sueltas y los ojos fijos -como para toda la eternidad- en el libro sagrado del Islam.

El buen tiempo se mantuvo, y la profundidad azul de los cielos otoñales le recordaba los ojos de Mary Cullen, de los que muy poco veía porque guardaba las distancias. Sin duda así se lo había ordenado su padre.

Simón terminó de revisar el libro de contabilidad y no tenía excusa para ir a sentarse todos los días en su carro, pero ya se había establecido una rutina y Meir accedía con más tranquilidad a separarse de su libro persa.

Simón lo instruía asiduamente para que llegara a ser un príncipe de mercaderes.

– ¿Cuál es la unidad básica de peso en Persia?

– El man, Simón; aproximadamente la mitad de una piedra europea.

– Dime cuáles son los otros pesos.

– Esta el ratel, que es la sexta parte de un man. El dirham, la quincuagésima parte de un ratel. El mescal, o sea la mitad de un dirham. El dung, sexta parte de un mescal. Y, por último, el barleycorn, que es un cuarto de dung.

Cuando el otro no lo interrogaba, Rob no podía reprimir incesantes preguntas.

– Simón, por favor. ¿Cómo se dice dinero?

– Ras.

– Simón, si fueras tan amable… ¿Qué quiere decir esta expresión que aparece en el libro, Soab a caret?

– Mérito para la otra vida, es decir, en el paraíso.

– Simón…

Simón gruñía y Rob comprendía que se estaba poniendo pesado, momento en que se tragaba las preguntas hasta que la necesidad de plantear otra cruzaba su mente.

Dos veces por semana pasaba visita. Simón hacía las veces de traductor, observaba y escuchaba. Cuando Rob examinaba y medicaba, el experto era él y Simón se transformaba en el que hacía las preguntas.

Un boyero franco, de sonrisa estúpida, fue a ver al cirujano barbero y se quejó de sensibilidad y dolor detrás de las rodillas, donde tenía unos bultos rojos. Rob le dio un bálsamo de hierbas sedantes en grasa de oveja y le dijo que volviera dos semanas después, pero a la siguiente el hombre estaba otra vez en la cola. Informó que le había aparecido el mismo tipo de bultos en las axilas. Rob le dio dos botellas de Panacea Universal y lo despidió.

Cuando ya no quedaba nadie en la fila, Simón se volvió hacía Rob.

– ¿Qué le ocurre a ese robusto franco?

– Tal vez sus bultos desaparezcan. Pero no lo creo, y sospecho que le saldrán más, porque tiene la buba. En tal caso, pronto morirá.

Simón parpadeó.

– ¿No puedes hacer nada por él?

Rob meneó la cabeza.

– Soy un ignorante cirujano barbero. Quizá en algún sitio haya un gran médico que podría ayudarlo.

– Yo no me dedicaría a lo que te dedicas tú si no pudiera aprender todo lo que es posible saber -dijo lentamente Simón.

Rob lo miró pero no pronunció palabra. Le impresionó que el judío hubiera visto de inmediato y con tanta claridad lo que a él le había llevado mucho tiempo comprender.

Aquella noche, Cullen lo despertó bruscamente.

– ¡Deprisa, hombre, por Cristo! -dijo el escocés.

Una mujer gritaba.

– ¿Mary?

– No, no. Ven conmigo.

Era una noche negra, sin luna. Más allá del campamento judío, alguien había encendido antorchas de brea y, bajo la parpadeante iluminación, Rob vio a un hombre tendido, agonizante.

Era Raybeau, el cadavérico francés que iba tres lugares detrás de Rob en línea de marcha. Tenía la garganta abierta, el rictus de una mueca y en el suelo, a su lado, había un charco oscuro y brillante. Se le estaba escapando la vida.

– Era nuestro centinela de esta noche -dijo Simón.

Mary Cullen estaba con la llorosa mujer, la corpulenta esposa con la que constantemente había reñido Raybeau. El cuello rajado se deslizaba bajo los dedos húmedos de Rob. Había un gorgoteo y Raybeau se esforzó un momento en dirección al sonido de la angustiada llamada de su mujer, antes de retorcerse y morir.

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