Y no era necesario hacer hincapié en ello, pues la hija de James Cullen no le interesaba. Había mujeres atractivas más que suficientes en el mundo y decidió mantenerse alejado de aquella.
Su padre resolvió, evidentemente, darle otra oportunidad de conversación, quizá porque no lo había visto volver a hablar con los judíos. La quinta noche de camino, James Cullen fue a visitarlo, llevando una botella de aguardiente de cebada; Rob le dio la bienvenida y aceptó un trago.
– ¿Entiendes de ovejas, señor Cole?
Cullen sonrió de oreja a oreja cuando le oyó responder que no, y se mostró dispuesto a adiestrarlo.
– Hay ovejas y ovejas. En Kilmarnock, asiento de las posesiones Cull, las ovejas suelen ser tan pequeñas que sólo llegan a pesar doce piedras. Me han dicho que en Oriente doblan ese tamaño, tienen pelo largo y no corto y un vellón más denso que el de las bestias escocesas. Es tan espeso, cuando se hila y se convierte en mercancía, que la lluvia no lo empapa.
Cullen dijo que pensaba comprar ganado reproductor cuando encontrara el de la mejor calidad, para llevárselo consigo a Kilmarnock.
"Eso exigirá mucho capital, una buena cantidad de dinero de cambio" se dijo Rob, y comprendió por que Cullen necesitaba caballos de carga. Sería mejor que el escocés también llevara guardaespaldas, reflexionó.
– Estás haciendo un largo viaje, y permanecerás mucho tiempo lejos tus posesiones.
– Lo he dejado en buenas manos, al cuidado de parientes que merecen toda mi confianza. Me resultó muy difícil tomar la decisión, pero… seis meses antes de salir de Escocía enterré a mi esposa, después de veintidós años matrimonio.
Cullen hizo una mueca, se llevó la botella a la boca y se echó un buen trago al coleto. "Eso explica la tristeza de esta gente”, pensó Rob. El cirujano barbero que había en él lo llevó a preguntar cuál había sido la causa aquel fallecimiento.
– Tenía bultos en los dos pechos, bultos duros. Empezó a ponerse pálida y débil, perdió el apetito y la voluntad. Al final sentía terribles dolores. Se tomó tiempo para morir, pero pasó a mejor vida antes de lo que creía. Se llamaba Jura. Bien… Me entregué seis semanas a la bebida, comprendí que no era esa la salida. Durante años me había dedicado a lotear sobre la compra de buen ganado en Anatolia, sin haber pensado nunca que llegaría a hacerlo. Entonces tomé la decisión.
Le ofreció la botella y no se ofendió cuando Rob meneó la cabeza.
– Es hora de orinar -dijo, y sonrió afablemente.
Ya había vaciado una buena cantidad del contenido de la botella, y cuando intentó incorporarse e irse, Rob tuvo que ayudarlo.
– Buenas noches, señor Cullen. Vuelva a visitarme.
– Buenas noches, señor Cole.
Mientras observaba cómo se alejaba con paso inseguro, Rob se dio cuenta de que no había mencionado ni una sola vez a su hija.
La tarde siguiente, un viajante de comercio francés, de nombre Felix Roux, que ocupaba el puesto trigésimo octavo en la fila de marcha, fue arrojado de la montura cuando su caballo se espantó al ver un tejón. Cayó malamente a tierra, con todo el peso del cuerpo en el antebrazo izquierdo. Se fracturó el hueso y le quedó un miembro colgado y torcido. Kerl Fritta mandó a buscar al cirujano barbero, que encajó el hueso e inmovilizó el brazo. La operación fue sumamente dolorosa. Rob se esforzó por informarle a Roux que aunque el brazo le produciría sufrimientos cuando cabalgara, no tendría que abandonar la caravana. Finalmente, hizo que se acercara Seredy para decirle al paciente cómo debía manejar el cabestrillo.
Su expresión era meditabunda mientras regresaba al carromato. Había accedido a tratar a los viajeros enfermos varias veces por semana. Aunque daba propinas generosas a Seredy, sabía que no podía seguir usando como intérprete al sirviente de James Cullen.
De vuelta en su carromato, vio a Simón ben Ha-Levi sentado cerca, a ras del suelo, remendando la cincha de una silla de montar. Se acercó al joven judío y le preguntó:
– ¿Sabes francés y alemán?
El joven asintió mientras se llevaba una correa a la boca y arrancaba con sus dientes el hilo encerado.
Rob habló y Ha-Levi escuchó. Por último, como los términos eran generosos y el trabajo no le exigía demasiado tiempo, aceptó el cargo de intérprete del cirujano barbero. Rob estaba muy contento.
– ¿Cómo es que sabes tantos idiomas?
– Nosotros somos mercaderes internacionales. Viajamos constantemente y tenemos relaciones familiares en los mercados de muchos países. Los idiomas forman parte de nuestro negocio. Por ejemplo, el joven Tuveh está estudiando la lengua de los mandarines, porque dentro de tres años hará la Ruta de la Seda y entrará a trabajar en la empresa de mi tío.
Su tío, Issachar ben Nachum, explicó, dirigía una sucursal de la familia Kai Feng Fu, de la que cada tres años enviaba una caravana de sedas, pimienta y otros productos orientales exóticos a Meshed, en Persia. Y cada tres años desde que era pequeño, Simón y otros varones de la familia viajaban desde su hogar en Angora a Meshed. Allí se hacían cargo de una caravana de ricas mercancías, y regresaban al reino franco de Oriente.
Rob J. sintió que se le aceleraba el pulso.
– ¿Conoces la lengua persa?
– Naturalmente. El parsi.
Rob lo miró con ojos desorbitados.
– Se llama parsi.
– ¿Me lo enseñarás?
Simón ben Ha-Levi vaciló, porque aquello era harina de otro costal. Podía ocuparle mucho tiempo.
– Te pagaré bien.
– ¿Para qué quieres saber parsi?
– Necesitaré emplearlo cuando llegue a Persia.
– ¿Quieres hacer negocios regularmente? ¿Regresar a Persia una y otra vez para comprar hierbas y productos farmacéuticos, como hacemos nosotros para adquirir sedas y especias?
– Quizá -Rob J. se encogió de hombros en un gesto digno de Asher-. Un poco de esto y un poco de aquello.
Simón sonrió. Empezó a garabatear la primera lección en la tierra, con un palo, pero el resultado fue insatisfactorio; Rob fue al carromato, cogió sus útiles de dibujo y una rodaja limpia de madera de haya. Simón lo inició en parsi tal como mamá le había enseñado a leer inglés muchos años atrás, empezando por el alfabeto. Las letras del parsi se componían de puntos y líneas onduladas. ¡Por la sangre de Cristo! El lenguaje escrito parecía mierda de paloma, rastros de pájaros, virutas rizadas, lombrices que intentaban aparearse…
– Jamás lo aprenderé -dijo, y sintió que se le partía el corazón.
– Lo aprenderás -le aseguró Simón plácidamente.
Rob J. volvió al carromato con la madera. Cenó despacio, ganando tiempo para dominar su excitación; luego se sentó en el pescante, y de inmediato comenzó a aplicarse en el nuevo aprendizaje.
Al otro día de viaje arribaron a un pequeño lago.
Trató de recordar a las mujeres con las que había nadado. Sumarían una media docena y había hecho el amor con todas ellas, antes o después de nadar.
Varias veces en el agua, con la humedad lamiendo sus cuerpos…
Hacía cinco meses que no tocaba a una mujer, el periodo de abstinencia más prolongado desde que Editha Lipton lo había introducido en el mundo del sexo. Ahora pateó y se sacudió en el agua, que estaba muy fría, intentando liberarse del dolor que le producía la ausencia del amor carnal.
Cuando adelantó a Meir, le envió una fabulosa salpicadura a la cara.
Meir escupió y tosió.
– ¡Cristiano! -le gritó amenazadoramente.
Rob volvió a salpicarlo y Meir se aferró a él. Rob era más alto pero el otro tenía una fuerza descomunal. Empujó a Rob bajo la superficie, pero éste enredó sus dedos en la barba y tironeó, hundiéndolo consigo. Bajo la superficie, parecía que unas diminutas motas de escarcha se separaban del agua parda y se aferraban a él, frío sobre frío, hasta que se sintió envuelto e una piel de gélida plata.
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