Más abajo.
Hasta que, en el mismo momento, cada uno de ellos sintió pánico y pensó que se ahogaría jugando. Se separaron y aparecieron en la superficie en busca de aire. Ninguno de los dos vencido, ninguno de los dos victorioso, nadaron juntos hasta la orilla. Al salir del agua temblaban con la anticipación del frío otoñal, mientras luchaban por meter sus cuerpos húmedos en ropa. Meir había notado que Rob tenía el pene circuncidado y lo miró.
– Un caballo me mordió la punta -dijo Rob.
– Una yegua, sin duda -apostilló Meir solemnemente; murmuró algo a los otros en su idioma, lo que provocó que todos sonrieran a Rob.
Los judíos usaban una ropa curiosamente orlada sobre la carne. Desnudos eran como los demás hombres; vestidos recuperaban su exotismo. Pescaron a Rob estudiándolos, pero él no les pidió que aclararan el porqué de extraña ropa interior, y nadie se lo explicó voluntariamente.
Cuando el lago quedó atrás, el paisaje se resintió. Poco después se volvió casi insoportable la monotonía de bajar por un camino recto e interminable millas y millas de un monte o un campo invariable que se parecía a todos los campos. Rob J. buscó refugio en su imaginación, visualizando el camino como había sido poco después de que lo construyeran, una vía en una vasta red de miles de caminos que habían permitido a Roma conquistar el mundo.
En primer lugar habrían llegado los exploradores, una caballería de avanzada. Luego, el general en su carro conducido por un esclavo, rodeado de trompetas por razones de boato y para hacer señales. Más tarde los tributos y los legados, los funcionarios a caballo. Y detrás de ellos la legión, un enjambre de cerdosas jabalinas…: diez cohortes de los asesinos más eficaces la historia; seiscientos hombres por cohorte; cada cien legionarios un centurión. Y por último miles de esclavos haciendo lo que otras bestias de trabajo no podían hacer, arrastrando la tormenta, la gigantesca maquinaria de guerra que era la verdadera razón para construir los caminos: enormes arietes para poder destruir muros y fortificaciones, terribles catapultas para que del cielo llovieran dardos sobre el enemigo, gigantescas ballestas, las hondas de los dioses, para arrojar rocas por el aire o lanzar grandes rayos si disparaban flechas. Finalmente, los carros cargados con el equipaje, seguidos por esposas e hijos, prostitutas, comerciantes, correos y funcionarios del gobierno; las hormigas de la historia que vivían de las sobras del festín romano.
Ahora el ejército era leyenda y sueño, aquel séquito era polvo y aquel gobierno había desaparecido, pero permanecían los caminos, indestructibles carreteras, algunas veces tan rectas como para adormecer la mente.
La hija de Cullen caminaba otra vez cerca de su carromato; su caballo iba atado a uno de los animales de carga.
– ¿Queréis viajar conmigo, señorita? El carro significará un cambio para vos.
Ella dudó, pero cuando Rob le tendió la mano, la cogió y le permitió que la ayudara a subir.
– Vuestra mejilla ha cicatrizado muy bien -observó Margaret ruborizada, aunque parecía incapaz de no hablar-. Apenas queda una ligerísima línea dorada del último rasguño. Con suerte se desvanecerá y no os quedará cicatriz.
Rob sintió que también se ponía colorado y no le gustó nada que ella examinara sus facciones.
– ¿Cómo os habéis herido?
– En un encuentro con salteadores de caminos.
Mary Cullen respiró hondo.
– Ruego a Dios que nos evite algo semejante. -Lo miró pensativa-. Algunos dicen que el propio Kerl Fritta extendió el rumor sobre los bandidos magiares, con el propósito de atemorizar a los viajeros y lograr que se reunieran en tropel a su caravana.
Rob se encogió de hombros.
– No está fuera del alcance del señor Fritta haberlo hecho, creo. Los magiares no parecen amenazadores.
A ambos lados del camino, hombres y mujeres cosechaban coles. Guardaron silencio. Cada bache del camino hacía chocar sus cuerpos, de modo que Rob era consciente en todo momento de la posibilidad de que lo rozara una suave cadera o un muslo firme, y el aroma de la carne de aquella muchacha era como una especia tibia extraída de las zarzamoras bajo el sol.
Él, que había acosado a las mujeres a todo lo largo y lo ancho de Inglaterra, notó que se le estrangulaba la voz cuando intentó hablar.
– ¿Vuestro segundo nombre siempre ha sido Margaret, señorita Cullen?
Ella lo miró, atónita.
– Siempre.
– ¿No recordáis otro nombre?
– De niña mi padre me decía Tortuga, porque a veces hacía así.
Y parpadeó lentamente. A Rob lo turbaba el deseo de tocarle el pelo.
Debajo del ancho pómulo izquierdo apuntaba una minúscula cicatriz, invisible si uno no la examinaba a fondo, y que no la desfiguraba en lo más mínimo. Rob desvió rápidamente la mirada.
Delante, su padre volvió la cabeza y divisó a su hija en el carromato. Cullen había visto varias veces más a Rob en compañía de los judíos, y el disgusto apareció en su voz cuando gritó el nombre de Mary Margaret. Ella se dispuso a abandonar el pescante.
– ¿Cuál es vuestro segundo nombre, señor Cole?
– Jeremy.
Inclinó la cabeza y adoptó una expresión grave, pero sus ojos se burlaron de él.
– ¿Siempre ha sido Jeremy? ¿No recordáis otro nombre?
Recogió sus faldas con una mano y saltó a tierra ligeramente, como animal. Rob tuvo una vislumbre de piernas blancas y golpeó las riendas contra el lomo de Caballo, enfurecido al ver que sólo era un objeto de diversión para ella.
Aquella noche, después de cenar, fue a buscar a Simón para seguir la lección y descubrió que los judíos tenían libros. En la escuela parroquial St. Botolph, a la que asistió de niño, había tres libros: un Canon de la Biblia y un Nuevo Testamento, ambos en latín, y un menologio en inglés, la lista de los días de festividad religiosa prescritos para su general observancia por el monarca de Inglaterra. Las páginas eran de vitela, hechas tratando pieles de corderos, becerros o cabritillos. La ingente tarea de escribirlos a mano hacía que los libros fuesen caros y raros.
Los judíos parecían tenerlos en gran numero -más adelante supo que sumaban siete- guardados en un pequeño cofre de cuero repujado.
Simón cogió uno escrito en parsi y pasaron a la lección. Examinando Rob en el texto, buscaba las letras una por una, a medida que Simón las pronunciaba. Había aprendido rápidamente y bien el alfabeto parsi. Simón alabó y leyó un pasaje del libro para que Rob oyera la entonación. Hacía pausa después de cada palabra y Rob tenía que repetirla.
– ¿Cómo se llama este libro?
– El Corán, que es la Biblia de los persas -dijo Simón- y después Gloria a Dios en las alturas, lleno de gracia y misericordia. Él lo creo todo, incluido el hombre Al hombre le dio un lugar especial en su creación, y lo honró convirtiéndolo en su agente. Con ese fin, lo imbuyó de comprensión, purificó sus afectos y lo dotó de penetración espiritual. Todos los días te daré una lista de diez palabras y expresiones -dijo Simón-. Debes aprenderlas de memoria para la siguiente lección.
– Dame veinticinco palabras cada día -le pidió Rob, quien sabía que sólo tendría maestro hasta Constantinopla.
Simón sonrió.
– Veinticinco, entonces.
Al día siguiente Rob aprendió fácilmente las palabras, pues el camino seguía siendo recto y liso, y Caballo podía andar con las riendas sueltas mientras su amo estudiaba en el pescante. Pero Rob vio que estaba perdiendo muchas oportunidades, y después de la lección de ese día pidió permiso a Meir ben Asher para llevarse el libro persa a su carromato y poder estudiarlo a lo largo de todo el día de viaje, vacío de acontecimientos. Meir se negó a prestárselo
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