Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– Soy Rob J. Cole. Quiero darte las gracias.

– De nada, de nada. -El hombre levantó el cepillo del lomo del caballo-. Me llamo Meir ben Asher.

A continuación, le presentó a sus compañeros. Dos estaban con él cuando Rob los vio por primera vez en la fila: Gershom ben Shemuel, que tenía un lobanillo en la nariz, era bajo y aparentemente duro como un trozo de madera, y Judah Ha-Cohen, de nariz afilada y boca pequeña, con el pelo negro y brillante de un oso y una barba del mismo estilo. Los otros eran más jóvenes. Simón ben Ha-Levi era delgado y serio, casi un hombre, una especie de palo de barba fina. Y Tuveh ben Meir era un chico de doce años, tan crecido para su edad como lo había sido Rob.

– Mi hijo -dijo Meir. Los demás no abrieron la boca. Lo observaban atentamente.

– ¿Sois mercaderes?

Meir asintió.

– En otros tiempos nuestra familia vivía en la ciudad de Hameln, en Alemania. Hace diez años todos nos trasladamos a Angora, en tierra de bizantinos, desde donde viajamos tanto al este como al oeste, comprando y vendiendo.

– ¿Qué es lo que compráis y vendéis?

Meir se encogió de hombros.

– Un poco de esto, un poco de aquello…

Rob quedó encantado con la respuesta. Se había pasado horas pensando en versiones falsas sobre sí mismo y ahora veía que era innecesario: los hombres de negocios no revelan muchas cosas.

– ¿Y adónde viajas tu? -preguntó el joven Simón, sobresaltando a Rob, que había creído que sólo Meir sabía inglés.

– A Persia.

– Persia. ¡Excelente! ¿Tiene familia allí?

– No, voy a comprar. Una o dos hierbas, tal vez algunas medicinas.

– Ah -dijo Meir, que intercambió una mirada con los otros judíos.

Todos aceptaron inmediatamente la respuesta de Rob. Era el momento de irse, y les dio las buenas noches.

Cullen no le había quitado los ojos de encima mientras hablaba con los judíos, y cuando Rob se acercó a su campamento el escocés parecía haber perdido gran parte de su simpatía inicial.

Le presentó a su hija Margaret sin entusiasmo, aunque la chica saludó a Rob muy amablemente.

De cerca, su pelo rojo parecía agradable al tacto. Sus ojos eran fríos y tristes. Sus pómulos altos y redondeados daban la impresión de ser tan grandes como el puño de un hombre, y la nariz y la mandíbula eran atractivas aunque no delicadas. Tenía el rostro y los brazos poco elegantes a causa de las pecas, y Rob no estaba acostumbrado a que una mujer fuese tan alta.

Mientras trataba de resolver si era o no bonita, Fritta se acercó y habló brevemente con Seredy.

– Quiere que el señor Cole haga de centinela esta noche -dijo el intérprete.

De modo que, al ocaso, Rob empezó su recorrido, que comenzaba en el campamento de Cullen y se extendía a través de otros ocho, además del suyo.

Mientras se paseaba observó la extraña mezcolanza que la caravana había reunido. Junto a un carro cubierto, una mujer de cutis aceitunado y pelo rubio amamantaba a un bebé, mientras el marido permanecía en cuclillas cerca del fuego, engrasando sus arneses. Dos hombres limpiaban sus armas. Un chico alimentaba con granos a tres gallinas gordas que ocupaban una tosca jaula de madera. Un hombre cadavérico y su gorda esposa se miraban echando chispas por los ojos y peleaban en un idioma que, pensó Rob, debía de ser francés.

En el tercer circuito de su zona, al pasar por el campamento de los judíos, vio que todos estaban juntos y se balanceaban, entonando sus oraciones nocturnas.

Una enorme luna blanca comenzó a elevarse desde el bosque, más al norte de la aldea; Rob se sintió infatigable y confiado, porque de pronto había pasado a formar parte de un ejército de más de ciento veinte hombres, era muy distinto a viajar sólo por tierras extrañas y hostiles.

Durante la noche, cuatro veces dio el quien vive y las cuatro descubrió que se trataba de algún hombre que se apartaba del campamento para responder a una llamada de la naturaleza.

Hacia el alba, cuando el sueño se le estaba haciendo insoportable, Margaret Cullen salió de la tienda de su padre. Pasó cerca de él sin darse por enterada de su presencia. Rob la vio con toda claridad bajo la luz lavada de luna. Su vestido parecía muy negro y sus largos pies, que debían de estar húmedos de rocío, parecían muy blancos.

Hizo el mayor ruido posible mientras se encaminaba en dirección opuesta a la que había tomado ella, pero la observó de lejos hasta que la vio volver sana y salva, momento en que reanudó su ronda.

Con las primeras luces abandonó su puesto de centinela y desayunó pan y queso. Mientras comía, los judíos se reunieron en el exterior de su tienda para recitar las oraciones de la salida del sol. Su exceso de devoción era una forma de disimular la rutina. Se ataron unas pequeñas cajas negras en la frente, y se vendaron los antebrazos con delgadas tiras de cuero, con lo que sus miembros adquirieron el aspecto de los postes de barbero que lucía el carromato de Rob; después quedaron alarmantemente sumidos en un silencio y fueron cubriéndose la cabeza con sus taled. Rob suspiró aliviado cuando terminaron.

Enganchó a Caballo muy temprano y tuvo que esperar. Aunque los que encabezaban la caravana salieron poco después del amanecer, el sol estaba bien alto cuando le llegó el turno. Cullen llevaba un caballo blanco y flaco, seguido por su sirviente Seredy montando en una desaliñada yegua rucia, conduciendo tres caballos de carga. ¿Para qué necesitaban dos personas tres animales de carga? La hija cabalgaba un orgulloso corcel negro. Rob pensó que las ancas del caballo y de la mujer eran admirables, y los siguió de buena gana.

Se habituaron en seguida a la rutina del viaje. Los tres primeros días, tanto los escoceses como los judíos lo miraban amablemente y lo dejaban a solas, quizás inquietos por las cicatrices de su cara y las estrafalarias marcas del carromato. La intimidad nunca le había disgustado y estaba contento de que lo dejaran a solas con sus pensamientos.

La muchacha cabalgaba siempre delante de él, que inevitablemente la observaba, incluso después de acampar. Al parecer, tenía dos vestidos negros, y en cuanto tenía la oportunidad lavaba uno de ellos. Era obvió que se trataba de una viajera lo bastante aguerrida como para no quejarse de las incomodidades, pero había en ella -y también en Cullen- un aire melancólico apenas oculto. Por sus vestimentas, Rob dedujo que estaban de luto.

A veces la muchacha cantaba en voz baja.

La cuarta mañana, cuando la caravana se movía muy lentamente, la muchacha desmontó y llevó de las riendas a su caballo, para estirar las piernas.

Rob bajó la vista, y como estaba muy cerca de su carromato, le sonrió. Los ojos eran enormes, del azul más oscuro que puede tener un iris. Su cara de pómulos altos presentaba superficies amplias y delicadas. La boca era grande y madura, como todo en ella, y sus labios se movían con rapidez y, curiosamente, resultaban muy expresivos.

– ¿Cuál es la lengua de sus canciones?

– El gaélico.

– Ya me parecía.

– ¿Cómo puede un sasseinach reconocer el gaélico?

– ¿Qué es un sasseinach?

– Es el nombre que damos a quienes viven al sur de Escocia.

– Sospecho que ese término no es un cumplido.

– Claro que no -reconoció ella, y esta vez sonrió.

– ¡Mary Margaret! -gritó su padre imprevistamente.

Ella se apresuró a ir a su encuentro, como una hija acostumbrada a obedecer.

¿Mary Margaret?

Debía de contar aproximadamente la edad que tendría ahora Anne Mary, pensó con incomodidad. De pequeña, su hermana tenía el pelo castaño, aunque con algunos matices rojizos…

"Esa chica no es Anne Mary”, se recordó severamente. Sabía que debía dejar de ver a su hermana en todas las mujeres que no habían llegado a la ancianidad, porque era un pasatiempo que podía convertirse en una forma de locura.

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