Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– Es la torre del homenaje de un hombre terrible, el sobrenombre de este conde Sigdorff, era el Imparcial.

– ¿El Imparcial? No parece el sobrenombre más apropiado para un hombre tan terrible.

– Ahora es viejo -explicó Charbonneau-. Pero se ganó ese nombre en su juventud, cayendo sobre Bamberg y llevándose a doscientos prisioneros.

Hizo que a cien de ellos les cortaran la mano derecha y a los otros cien la izquierda.

Llevaron a sus caballos a medio galope hasta que el castillo desapareció de la vista.

Antes de mediodía llegaron a una señal de desvío del camino romano, la aldea de Entburg, en la que decidieron montar su espectáculo. A los pocos minutos que habían tomado el desvío cuando llegaron a un recodo encontraron a un hombre que bloqueaba el sendero, montado en un caballo cobrizo, de ojos legañosos. El hombre era calvo y tenía pliegues en su corto pescuezo. Llevaba puesta una prenda de tejido casero con un cuerpo al mismo tiempo carnoso y duro, semejante al de Barber. Rob lo conoció. No había lugar para pasar con el carromato, pero tenía las armas enfundadas y Rob refrenó al caballo mientras se estudiaban serenamente. El hombre calvo pronunció unas palabras.

– Pregunta si tienes licor -aclaró Charbonneau.

– Dile que no.

– El hijoputa no esta sólo -agregó Charbonneau sin alterar el tono de su voz y Rob percibió que otros dos habían dispuesto sus cabalgaduras detrás de los árboles.

Uno era un joven montado en una mula. Cuando se acercó al gordo, notó la similitud de sus rasgos y dedujo que eran padre e hijo. El tercero iba en un animal enorme y torpe que parecía un caballo de tiro. Se instaló detrás del carromato, cortando la retirada por retaguardia. Tendría unos treinta años. Era menudo y de aspecto ruin; le faltaba la oreja izquierda, como a Señora Buffington.

Los dos recién llegados empuñaban espadas. El calvo dijo algo a Charboneau en voz alta.

– Dice que debes bajar del carromato y quitarte la ropa. Quiero que sepas que en cuanto lo hagas te matarán -dijo Charbonneau-. La vestimenta es cara y no quieren que se manche de sangre.

Rob no notó de dónde había sacado Charbonneau su puñal. El viejo lo hizo con un esforzado gruñido y un experto movimiento de mano que proyectó en línea recta y a gran velocidad: se hundió en el pecho del de la espada.

En los ojos del gordo se notó un sobresalto, pero aún no se había borrado la sonrisa de sus labios cuando Rob abandonó el asiento de su carromato.

Dio un solo paso hasta el ancho lomo de Caballo y se lanzó, arrancando al hombre de su silla. Aterrizaron rodando y dando zarpazos, cada uno tratando desesperadamente herir al otro. En un momento dado, Rob logró llevar su brazo izquierdo por debajo del mentón del otro, desde atrás. Un puño carnoso empezó a golpearle la ingle, pero Rob se retorció y pudo desviar los puñetazos a una nalga. Recibió unos terribles martillazos que le entumecieron la pierna. Con anterioridad siempre había peleado borracho, enloquecido de ira. Ahora estaba sobrio y concentrado en un único pensamiento, frío y claro.

"Mátalo.”

Jadeante, se aferró a la muñeca izquierda con la mano libre y tratando de estrangularlo o aplastarle la tráquea.

Luego pasó a la frente e intentó echarle la cabeza hacia atrás, para estropearle la espina dorsal.

"¡Quiébrate!”, imploró. Pero el cuello era corto y grueso, acolchado con grasa y surcado de músculos.

Una mano con largas uñas negras subió hasta su cara.

Rob se debatió para apartar la cabeza, pero la mano le rastrilló la mejilla haciéndolo sangrar.

Gruñeron y lucharon como en una tosca pelea de amantes.

La mano volvió. Esta vez llegó un poco más arriba, en busca de los ojos. Clavó sus afiladas uñas y Rob gritó.

Al instante Charbonneau estaba de pie sobre ellos. Insertó la punta de la espada deliberadamente, buscando un espacio entre las costillas, y hundió a fondo la espada.

El calvo suspiró, como si estuviera satisfecho. Dejó de gruñir y de moverse y se desplomó. Rob lo olió por primera vez.

Logró apartarse del cadáver. Se sentó, acariciándose la cara vapuleada

El joven colgaba de la grupa de la mula, con sus sucios pies descalzos cruelmente enganchados. Charbonneau le arrancó el puñal y lo limpió

Aflojó los pies muertos sujetos a los estribos de cuerda y bajó su cuerpo a tierra.

– ¿El tercero? -jadeó Rob, sin poder evitar un temblor en su voz.

Charbonneau escupió.

– Huyó al primer indicio de que no nos dejaríamos matar tan fácilmente.

– ¿Obra del Imparcial, necesitado de refuerzos?

Charbonneau meneó la cabeza.

– Estos son asesinos baratos, y no hombres de un langrave.

Registró los cadáveres con la destreza del que no lo hace por primera vez. Del cuello del hombre colgaba una pequeña bolsa con monedas. El otro no llevaba dinero, pero sí un crucifijo deslustrado. Sus armas eran de mala calidad, pero Charbonneau las arrojó en el interior del carromato.

Dejaron a los salteadores de caminos donde estaban; el cadáver del calvo yacía de bruces sobre su propia sangre.

Charbonneau ató la mula a la parte de atrás del carro y llevó de las riendas al huesudo caballo capturado. Después, volvieron al camino romano

LENGUAS EXTRAÑAS

Cuando Rob preguntó a Charbonneau dónde había aprendido a lanzar diestramente un puñal, el viejo francés respondió que se lo habían enseñado los piratas de su juventud.

– Era útil para luchar contra los condenados daneses y apoderarse de sus naves. -Vaciló-. Y para luchar contra los condenados ingleses y apoderarse de sus naves -agregó con tono malicioso.

En ese entonces no le fastidiaban las trilladas rivalidades nacionales, y ninguno de ellos tenía la menor duda acerca de la valía de su compañero. Intercambiaron una sonrisa.

– ¿Me enseñarás?

– Si tu me enseñas a hacer malabarismos -dijo Charbonneau, y Rob accedió de buena gana.

El trato era desigual, pues para Charbonneau había pasado la hora de dominar una habilidad difícil, y en el poco tiempo que les quedaba aprendió a botar dos pelotas, aunque extrajo un enorme placer arrojándolas y recogiéndolas.

Rob tenía la ventaja de la juventud, y los años pasados haciendo juegos malabares lo habían dotado de muñecas fuertes y flexibles, además de una vista aguda, equilibrio y sincronización.

– Se requiere un puñal especial. Tu daga tiene una hoja fina que muy pronto se quebraría si empezaras a arrojarla, o se estropearía la empuñadura, es el centro del peso y del equilibrio de una daga corriente. Un puñal arrojadizo equilibra el peso en la hoja, de modo que un movimiento rápido de la muñeca lo lanza fácilmente de punta hacia el blanco.

Rob aprendió deprisa a lanzar el puñal de Charbonneau de modo que presentara primero su hoja afilada. Le resultó más difícil adquirir pericia en dar en el blanco al que apuntaba, pero estaba acostumbrado a la disciplina de la práctica y arrojaba el puñal a una marca hecha en un árbol, cada vez que tenía la oportunidad.

Se mantuvieron en los caminos romanos, que estaban abarrotados de viajeros que hablaban muchas lenguas. En una ocasión, la partida de un cardenal francés los obligó a apartarse del camino. El prelado cabalgaba rodeado por doscientos jinetes y ciento cincuenta sirvientes; usaba zapatos color escarlata, sombrero y capa gris sobre una casulla en otros tiempos blanca, y ahora más oscura que la capa por el polvo del camino. Algunos peregrinos avanzaban en la dirección general de Jerusalén, solos o en grupos reducidos o numerosos; a veces eran conducidos o instruidos por palmeros devotos religiosos que indicaban su participación en viajes sagrados usando dos palmas cruzadas recogidas en Tierra Santa. Algunas bandas de caballeros con armaduras pasaban al galope emitiendo gritos de guerra, a menudo borrachos, habitualmente belicosos y siempre sedientos de gloria, botín y diversiones. Algunos fanáticos religiosos llevaban cilicios y se arrastraban hacía Palestina sobre sus manos y rodillas ensangrentadas, para cumplir los votos hechos a Dios o a un santo. Agotados e indefensos, eran presas fáciles. En las carreteras abundaban los criminales, y la aplicación de las leyes por parte de los funcionarios era, en el mejor de los casos, negligente. Cuando un ladino o un salteador de caminos era atrapado con las manos en la masa, los mismos viajeros lo ejecutaban en el lugar del hecho, sin celebrar ningún juicio

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