Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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La costa verde oscureció a medida que retrocedía, hasta que Inglaterra fue una bruma azul y luego un borrón púrpura que se tragó la mar. Rob no tuvo la oportunidad de albergar nobles pensamientos, pues estaba vomitando. Al pasar a su lado en cubierta, Wulf interrumpió sus pasos y escupió despectivamente por el colmillo.

– ¡Por los clavos de Cristo! Vamos demasiado cargados para cabecear, el tiempo es inmejorable y las aguas están en calma. ¿Qué te ocurre?

Pero Rob no pudo responder, pues estaba inclinado sobre la borda para no manchar la cubierta. En parte, su problema era el terror que experimentaba, pues nunca había estado en el mar y ahora lo acosaba toda una vida de historias de ahogados, desde el marido y los hijos de Editha Lipton hasta el afortunado Tom Ross, que había dejado viuda a Binnie. Las aguas aceitosas por las que vomitaba se presentaban inescrutables e insondables, probablemente llenas de monstruos malignos, y Rob se arrepintió de la temeridad con que había emprendido tan extraña aventura. Para colmo de males, el viento arreció y en el mar se formaron profundos oleajes. Tuvo la certeza de que en breve moriría, y hubiera dado buena acogida a semejante liberación. Wulf fue a buscarlo y le ofreció una cena compuesta por pan y cerdo salado frito muy frío. Rob resolvió que Binnie debía haberle confesado las visitas a su lecho y que esa era la venganza de su futuro marido, al que no tenía fuerza para responder.

El viaje había durado siete interminables horas cuando otra bruma se levantó en el denso horizonte y lentamente apareció Calais.

Wulf se despidió deprisa, pues estaba ocupado con la vela. Rob condujo a la yegua y el carro por la plancha, hacia una tierra firme que parecía subir y bajar como el mar. Razonó que el terreno francés no podía oscilar, pues de lo contrario habría oído hablar de semejante rareza. Lo cierto es que después de unos minutos de caminata, la tierra le pareció más firme, pero ¿dónde iría? No tenía la menor idea de su destino ni de cuál debía ser el próximo paso. El idioma constituía un obstáculo. A su alrededor, la gente hablaba con un sonido de matraca, y no logró extraer ningún sentido a sus palabras. Finalmente se detuvo, se encaramó al carromato y batió palmas.

– ¡Contrataré a quien hable mi lengua! -gritó.

Un viejo con cara de necesidad se acercó a él. Tenía las piernas canijas y una estructura esquelética que advertían que no sería muy útil para levantar y arrastrar pesos. Pero el hombre notó que Rob estaba pálido y sus ojos centellearon.

– ¿Podemos hablar frente a un vaso calmante? Los alcoholes de manzana operan maravillas para asentar el estómago -dijo, y la lengua madre fue una bendición para los oídos de Rob.

Se detuvieron en la primera taberna que encontraron. Se sentaron ante una rústica mesa de pino, al aire libre.

– Yo soy Charbonneau -dijo el francés, haciéndose oír por encima del bullicio de los muebles-. Louis Charbonneau.

– Rob J. Cole.

En cuanto les sirvieron el aguardiente de manzanas, cada uno brindó por la salud del otro, y Charbonneau había acertado, porque el alcohol cayó en el estómago de Rob y lo devolvió al mundo de los vivos.

– Creo que ahora puedo comer -dijo, aunque dubitativo.

Contento, Charbonneau impartió una orden y en seguida una camarera llevó a la mesa un pan crujiente, una fuente con pequeñas olivas verdes y queso de cabra que hasta Barber habría aprobado.

– Ya ves por qué necesito ayuda -dijo Rob con tono quejumbroso-. Ni siquiera sé pedir la comida.

– Toda mi vida he sido marinero. Era un crío cuando mi primer barco me dejó en Londres, y recuerdo muy bien cuánto ansiaba oír mi lengua natal -explicó Charbonneau sonriendo.

La mitad de su vida en tierra la había pasado al otro lado del Canal, donde hablaban inglés.

– Yo soy cirujano barbero y viajo a Persia para comprar medicinas raras y hierbas curativas que serán enviadas a Inglaterra.

Eso era lo que había decidido decir a todos, para eludir cualquier discusión sobre el hecho de que la Iglesia consideraba un delito su verdadero motivo para ir a Ispahán.

Charbonneau enarcó las cejas.

– Es un largo viaje.

Rob asintió.

– Necesito un guía; alguien que traduzca lo que digo para poder presentar espectáculos, vender mi panacea y tratar a los enfermos durante el acto. Estoy dispuesto a pagar un salario generoso.

Charbonneau cogió una oliva de la fuente y la puso sobre la mesa calada por el sol.

– Francia -dijo y cogió otra oliva -. Los cinco ducados de Alemania por los sajines. -Cogió otra y luego otra, hasta que hubo siete olivas en fila-. Bohemia -dijo, señalando la tercera-, donde viven los eslay, los checos. Después está el territorio de los magiares, un país cristiano lleno de bárbaros jinetes salvajes. A continuación los Balcanes, un país de altas y feroces montañas, de gentes altas y feroces. Más allá Tracia, de la que sé muy poco salvo que marca el límite final de Europa y en ella se encuentra Constantinopla. Y finalmente Persia, adonde tu quieres ir -observó a Rob contemplativamente-. Mi ciudad natal está en la frontera entre Francia y las tierras de los ilanes, cuyas lenguas teutónicas hablo desde mi infancia. Por tanto, si me contratas, te acompañaré hasta… -Recogió las dos primeras olivas y se las metió en la boca-. Debo dejarte a tiempo para estar en Metz el próximo invierno.

– Trato hecho -dijo Rob, aliviado. Después, mientras Charbonneau le sonreía y pedía otro aguardiente, consumió con gesto solemne las demás olivas de la fila, tragándose así los cinco países restantes, uno por uno.

EXTRAÑO EN TIERRA EXTRAÑA

Francia no era tan decididamente verde como Inglaterra, pero había más. El cielo parecía más alto, y el color de Francia era un azul oscuro. Gran parte de la tierra estaba compuesta por bosques, como su país. El campo estaba salpicado de granjas escrupulosamente pulcras, y de vez en cuando aparecía un sombrío castillo de piedra similar a los que Rob estaba acostumbrado a ver en los campos de su terruño; pero algunos señores vivían en grandes casas solariegas de madera, que eran poco comunes en Inglaterra.

En los pastos había ganado y campesinos sembrando trigo.

Rob ya había visto algunas maravillas.

– Muchos de vuestros edificios campestres carecen de techo -observó.

– Aquí llueve menos que en Inglaterra-dijo Charbonneau-. Algunos granjeros trillan el grano en graneros abiertos.

Charbonneau montaba un caballo grande y plácido de color gris claro, blanco. Sus armas tenían aspecto de haber sido usadas y bien cuidadas.

Por las noches atendía cuidadosamente su montura, y limpiaba y lustraba su espada y la daga. Era una compañía agradable en el campamento y en el camino.

Todas las granjas tenían huerto, ahora en flor. Rob se detuvo en unas quintas con la intención de comprar licor, pero no encontró hidromiel. Adquirió un barril de aguardiente de manzanas, similar al que había paladeado en Calais, y descubrió que mejoraba la Panacea Universal.

Como en todas partes, los mejores caminos habían sido construidos tiempo atrás por los romanos, para que marcharan sus ejércitos: anchas calles que empalmaban entre sí y eran tan rectas como lanzas. Charbonneau hacía observaciones cariñosas sobre sus caminos.

– Abundan por doquier y forman una red que abarca el mundo. Si lo quisieras, podrías seguir por estas vías hasta llegar a Roma.

No obstante, ante un cartel que indicaba una aldea llamada Caudry, Rob hizo desviar a Caballo del camino romano. Charbonneau desaprobó la maniobra.

– Estos senderos arbolados son peligrosos.

– Tengo que recorrerlos para ejercer mi oficio. Son los únicos que llevan a las aldeas pequeñas. Tocaré el cuerno. Es lo que siempre he hecho.

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