Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– ¿Cuál es tu problema? -preguntó Adolescentoli.

Lo escuchó sorprendido cuando, en lugar de describir síntomas, Rob habló nervioso de su deseo de estudiar medicina. El doctor tenía un rostro moreno y agraciado, y no sonreía. Sin duda la entrevista no habría terminado de manera diferente si Rob hubiese sido más sensato, pero fue incapaz de resistirse a hacerle una pregunta:

– ¿Habéis vivido mucho tiempo en Inglaterra, maestro médico?

– ¿Por qué me lo preguntas?

– Habláis muy bien nuestra lengua.

– Nací en esta casa -respondió serenamente Adolescentoli-. Cinco jóvenes prisioneros de guerra judíos fueron trasladados por Tito desde Jerusalén hasta Roma, con posterioridad a la destrucción del gran Templo. Los llamaban Adolescentoli, que en latín significa “los jóvenes”. Yo desciendo de uno de ellos, Joseph Adolescentoli, que ganó su libertad alistándose en la Segunda Legión Romana, la cual llegó a esta isla cuando sus habitantes eran unos oscuros hombres que hacían barquillas de cuero. Se trataba de los silurianos, que fueron los primeros en darse el nombre de britanos. ¿Tu familia ha sido inglesa durante tanto tiempo?

– Lo ignoro.

– Pero tú también hablas correctamente nuestra lengua -dijo Adolescentoli, suave como la seda.

Rob le habló de su encuentro con Merlín, mencionando únicamente que habían hablado de los estudios de medicina.

– ¿También vos estudiasteis con el gran medico persa en Ispahán?

Adolescentoli meneó la cabeza.

– Yo asistí a la universidad de Bagdad, una escuela de medicina más importante, con una biblioteca y un cuerpo facultativo mucho más grande. Claro que nosotros no teníamos a Avicena, al que llaman Ibn Sina.

Hablaron de sus aprendices. Tres eran judíos de Francia y el cuarto, un judío de Salerno.

– Mis aprendices me han elegido antes que a Avicena o a cualquier otro árabe -señaló con orgullo-. No cuentan con una biblioteca como la de los estudiantes de Bagdad, pero poseo la enciclopedia que enumera los remedios según el método de Alejandro de Tralles y nos enseña a preparar bálsamos, cataplasmas y emplastos. Se les pide que lo estudien con gran atención lo mismo que algunos escritos latinos de Pablo de Egina y ciertas obras de Plinio. Y antes de concluir el aprendizaje deben saber hacer una flebotomía, una cauterización, incisiones de las arterias y abatimientos de cataratas.

Rob experimentó un ansia arrolladora, no distinta a la emoción de un hombre que contempla a una mujer a la que instantáneamente desea.

– He venido a pediros que me aceptéis como aprendiz.

Adolescentoli inclinó la cabeza.

– Sospechaba que por eso estabas aquí. Pero no te aceptaré.

– ¿No puedo persuadiros de ninguna manera?

– No. Debes buscar como maestro a un medico cristiano o seguir siendo barbero -dijo Adolescentoli, no con crueldad pero sí con firmeza.

Quizá sus razones eran las mismas de Merlín, pero Rob nunca las conocería, porque el médico no dijo una sola palabra más. Se levantó, lo acompañó a la puerta e inclinó la cabeza sin el menor interés, cuando Rob abandonó el dispensario.

Dos ciudades más allá, en Devizes, montó el espectáculo y por primera vez desde que dominaba el arte se le cayó una pelota durante los juegos malabares. La gente rió de sus chistes y compró la medicina. Poco después pasó tras su biombo un joven pescador de Bristol, que rondaba su edad y que orinaba sangre, además de haber perdido casi toda la carne de su cuerpo, dijo a Rob que se estaba muriendo.

– ¿No puedes hacer nada por mí?

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó Rob, serenamente.

– Hamer.

– Quizá tengas una buba en las tripas, Hamer. Pero no estoy del todo seguro. No se cómo curarte ni como aliviar tu dolor. -Barber le habría vendido unos cuantos frascos del curalotodo-. Esto es sobre todo alcohol comprado barato y por barriles -explicó, sin saber por qué.

Nunca le había dicho algo semejante a un paciente. El pescador le dio las gracias y se fue.

Adolescentoli o Merlín habrían sabido hacer algo más por él, se dijo Rob amargamente. "¡Bastardos timoratos -pensó-, negarse a enseñarme mientras el maldito Caballero Negro sonríe!”

Esa noche se vio atrapado por una repentina tormenta, con feroces vientos y aguaceros. Era el segundo día de septiembre, o sea pronto para que cayeran tales lluvias, pero reinaban la humedad y el frío. Se abrió camino hasta el único albergue, la posada de Devizes, atando las riendas de Caballo al tronco de un gran roble del patio. Una vez dentro, descubrió que muchos lo habían precedido. Hasta el ultimo trozo de pavimento estaba ocupado.

En un rincón oscuro estaba acurrucado un hombre fatigado, que rodeaba con sus brazos un abultado paquete de los que suelen usar los mercaderes para llevar sus mercancías. De no haber estado en Malmesbury, Rob lo habría mirado por segunda vez, pero ahora sabía, por el caftán negro y gorra de cuero puntiaguda, que era judío.

– En una noche como esta fue asesinado nuestro Señor -dijo Rob en voz alta.

Las conversaciones en la posada menguaron a medida que hablaba de la religión, porque a los viajeros les gustan las historias y las diversiones. Alguien acercó una jarra. Cuando contó que el populacho había negado que Jesús el Rey de los judíos, el hombre acurrucado pareció encogerse.

Al llegar Rob al episodio del Calvario, el judío había cogido su paquete y se había escabullido hacia la noche y la tormenta. Rob interrumpió la historia y ocupó su lugar en el abrigado rincón.

Pero no encontró más placer en alejar al mercader que el que había encontrado dándole a beber la Serie Especial a Barber. El dormitorio común en la posada estaba cargado del tufo que despedían la ropa húmeda y los trapos sin lavar, y poco después sintió náuseas. Aun antes de que dejara de llover, salió a la intemperie, en busca de su carromato y sus animales.

Condujo a la yegua hasta un claro cercano y la desenganchó. En el carro había astillas secas y se las arregló para encender el fuego. Señora Buffington demasiado joven para criar, pero quizá ya exudaba aroma femenino, porque más allá de las sombras proyectadas por el fuego, maullaba un gato. Rob arrojó un palo para alejarlo y la gata blanca se frotó contra su cuerpo.

– Somos una estupenda pareja de solitarios -dijo Rob.

Aunque tardara la vida entera, investigaría hasta encontrar un médico con el que pudiera aprender, decidió.

En cuanto a los judíos, sólo había hablado con dos doctores. Tenía que haber muchos más.

– Quizá alguno me tome de aprendiz si finjo ser judío -comentó con la señora Buffington.

Y así empezó todo. Como algo menos que un sueño…, una fantasía durante una charla ociosa. Sabía que no podía ser un judío lo bastante convincente como para sufrir el escrutinio cotidiano de un maestro judío.

Sin embargo, se sentó ante el fuego y contempló las llamas, y la fantasía adquirió forma. La gata le ofreció su panza sedosa.

– ¿No podría ser lo bastante judío para satisfacer a los musulmanes -preguntó Rob a la gata, a sí mismo y a Dios.

¿Lo bastante para estudiar con “el medico más grande del mundo”?

Estupefacto por la enormidad de lo que acababa de pensar, dejó caer a Señora Buffington, que de un salto se metió en el carromato. Volvió al instante, arrastrando algo que parecía un animal peludo. Era la barba postiza que Rob había utilizado para representar la farsa del viejo. La recogió. Si podía ser un anciano para Barber, se preguntó, ¿por qué no podía ser un hebreo? Podía imitar al mercader de la posada de Devizes y a otros y…

– ¡Me convertiré en un falso judío! -gritó.

Fue una suerte que no pasara nadie y lo oyera hablar en voz alta y seriamente con una gata, pues lo habrían catalogado como un hechicero que habla con su súcubo. No temía a la Iglesia.

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