Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– Me cago en los sacerdotes que roban niños -informó a la gata.

Se podía dejar crecer barbas de judío, y ya tenía el pito que correspondía.

Le diría a la gente que, al igual que los hijos de Merlín, había crecido al lado de su pueblo e ignorante de su lengua y sus costumbres.

¡Se abriría camino hasta Persia!

¡Él tocaría el borde de la vestimenta de Ibn Sina!

Se sentía exaltado y aterrado, avergonzado de ser un adulto tan tembloroso. Fue algo semejante al momento en que supo que iría más allá de South por primera vez.

Decían que ellos estaban en todas partes, ¡condenados sean! En el viaje cultivaría su amistad y estudiaría sus costumbres. Cuando llegara a Ispahán estaría listo para hacer de judío, Ibn Sina lo acogería y compartiría con él los preciosos secretos de la escuela árabe.

SEGUNDA PARTE

EL LARGO VIAJE

LA PRIMERA ETAPA

Londres era el puerto inglés desde el que partían más barcos hacia Francia, de modo que se dirigió a la ciudad que lo había visto nacer. A lo largo de todo el camino hizo altos para trabajar, pues quería emprender la aventura con la mayor cantidad posible de oro. Tras su llegada a Londres se enteró de que estaba cerrada la temporada de navegación. El Támesis se había congestionado por los mástiles de los navíos anclados. Haciendo honor al origen danés, el Rey Canuto había construido una gran Flota de naves vikingas que surcaban las aguas como monstruos con ronzal. Los temibles buques de guerra estaban rodeados por un variado conjunto: gordos galeones convertidos en barcas para pesca de altura; las galeras trirremes, de propiedad privada de los ricos; buques cerealeros achaparrados, de lenta navegación a vela; dos botes mercantes con velas triangulares, de aparejo pequeño, carracas italianas de dos mástiles; largas naves de un sólo mástil que trasportan caballos de tiro de las flotas mercantes de los países nórdicos.

Ninguna de las embarcaciones llevaba carga ni pasajeros, pues ya soplaban vientos glaciales. En los terribles seis meses siguientes, muchas mañanas se congelaría la espuma salada en el Canal, y los marineros sabían que aventurarse hasta donde el mar del Norte confluye con el Atlántico equivalía a morir ahogado en aquellas aguas agitadas.

En el Herring, un antro de marineros del puerto, Rob golpeó contra la mesa su taza de sidra calentada con empecías.

– Estoy buscando alojamiento limpio y abrigado hasta la primavera dijo-. ¿Alguno de los presentes podría orientarme?

Un hombre bajo pero ancho, con figura de bulldog, lo estudió mientras limpiaba su taza, y luego asintió.

– Sí -dijo-. Mi hermano Tom murió en el último viaje. Su viuda, que responde al nombre de Binnie Ross, ha quedado con dos bocas para alimentar. Si estás dispuesto a pagar razonablemente, sé que te alojará encantada.

Rob le pagó una copa y lo acompañó hasta una diminuta casa cercana próxima al mercado de East Chepe. Binnie Ross resultó ser una ratita flaca, toda ojos azules preocupados en una carita delgada y pálida. La casa estaba bastante limpia aunque era muy pequeña.

– Tengo una gata y una yegua -advirtió Rob.

– La gata no me molestará -dijo la dueña de la casa, ansiosa: era evidente que necesitaba dinero desesperadamente.

– Puedes guardar el caballo durante el invierno -dijo su cuñado-. En la calle del Támesis están los establos de Egglestan.

Rob asintió.

– Conozco el lugar.

– Esta preñada -dijo Binnie Ross, alzando a la gata y acariciándola.

Rob no vio ninguna redondez extraordinaria en su liso vientre.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó, convencido de que estaba equivocada. Todavía es muy joven; nació el verano pasado.

La chica se encogió de hombros.

Tenía razón: pocas semanas después, Señora Buffington prosperaba. Rob la alimentaba con bocados exquisitos y proporcionaba buenos alimentos a Binnie y a su hijo. La pequeña era bebé y todavía mamaba. A Rob le encantaba ir andando al mercado y hacer la compra para ellos, recordando el milagro de alimentarse bien después de largo tiempo con el estómago vacío.

La pequeña se llamaba Aldyth y el niño, de menos de dos años, Eduard. Todas las noches Rob oía llorar a Binnie.

Llevaba en la casa menos de dos semanas cuando ella se acercó a su cama en la oscuridad. No dijo una sola palabra, pero se tendió y lo rodeó con delgados brazos, silenciosa durante todo el acto. Por curiosidad, Rob probó su leche y la encontró dulce.

Después, ella volvió a su propio lecho y al día siguiente no hizo ninguna referencia a lo ocurrido.

– ¿Cómo murió tu marido? -le preguntó mientras ella servía las gachas del desayuno.

– En una tormenta. Wulf, su hermano, el que te trajo aquí, dijo que a Paul se lo había llevado la mar. No sabía nadar.

Acudió a él más de una noche, aferrándolo desesperadamente. Más adelante, el hermano de su difunto marido, que sin duda había hecho acopio de coraje para hablarle, se presentó en la casa una tarde. A partir de entonces Wulf aparecía todos los días con regalitos; jugaba con sus sobrinos, pero era evidente que hacía la corte a la madre, y un día Binnie le dijo a Rob que ella y Wulf se casarían. Este anuncio volvió más cómoda la casa para la larga espera de Rob.

Durante una ventisca, Rob asistió a Señora Buffington en el alumbramiento de una hermosa camada: una miniatura de sí misma, un macho blanco y un par de mininos negros y blancos que probablemente habían salido a su padre. Binnie se ofreció a prestarle el servicio de ahogar a los cuatro gatitos, pero en cuanto fueron destetados Rob forró un cesto con trapos y los llevó a las tabernas, donde pagó una serie de bebidas con el propósito de que alguien aceptara llevárselos.

En marzo, los esclavos que hacían el trabajo pesado volvieron al puerto, nuevas filas de hombres comenzaron otra vez a abarrotar la calle del Támesis, cargando los depósitos y los barcos con productos de exportación.

Rob hizo innumerables preguntas a los viajantes y decidió que lo más conveniente era iniciar el viaje vía Calais.

– Allí se dirige mi nave -le dijo Wulf, y lo llevó a la grada para mostrarle el Queen Emma.

El barco no era tan importante como su nombre: un enorme carcamán de madera con un mástil altísimo. Los estibadores lo estaban cargando con conchas de estaño de las minas de Cornualles. Wulf llevó a Rob ante el capitán, un galés nada sonriente que asintió cuando le preguntó si llevaría un pasajero, y mencionó un precio que parecía justo

– Tengo un caballo y un carro -dijo Rob.

El capitán frunció el ceño.

– Te costará caro transportarlos por mar. Algunos venden sus bestias y carros a este lado del Canal y compran otros nuevos al llegar al otro lado.

Rob meditó un rato, pero decidió pagar el flete, aunque era muy elevado. Había forjado el plan de trabajar como cirujano barbero durante sus viajes. Caballo y el carromato rojo eran un buen equipo, y no confiaba en encontrar algo que le diera tantas satisfacciones.

Con abril el tiempo se volvió bonancible y empezaron a salir los primeros barcos. El Queen Emma levó anclas del fango del Támesis el undécimo del mes, despedido por Binnie sin demasiado llanto. Soplaba un viento seco pero suave. Rob vio cómo Wulf y otros siete marineros jalaban los cabos levantando una enorme vela cuadrada que se hinchó con un crujido en cuanto llegó a lo alto: comenzaron a flotar en la marea ascendente. Pesada su carga de metal, la enorme embarcación salió del Támesis, deslizándose suavemente a través de los estrechos entre la isla de Thanet y el continente, arrastrándose frente el litoral de Kent, y cruzando luego tenazmente el Canal, viento en popa.

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