Rob lavó sus heridas y la atendió como a una amante.
– Ah, Señora. Tienes que aprender a evitar las rencillas, como he hecho yo, porque no te servirán de nada.
Le dio leche y la sostuvo en el regazo, delante del fuego. Ella le lamió la mano. Quizá Rob tenía una gota de leche entre los dedos, o tal vez olía a cocoa, pero prefirió interpretarlo como un mimo y acarició su suave pelaje, decido por su compañía.
– Si tuviera expedito el camino para asistir a la escuela musulmana -le dijo-, te llevaría en el carromato, enfilaría a Caballo hacia Persia y nada nos impediría llegar a ese pagano lugar.
“Abu Ali at-Husain ibn Abdullah ibn Sina”, pensó melancólicamente.
– ¡AI infierno con vosotros, árabes! -dijo en voz alta, y se acostó.
Las silabas hormigueaban en su mente como una letanía obsesionante y burlona. "Abu Ali at-Husain Ibn Abdullah Ibn Sina, Abu Ali at-Husain Ibn lullah Ibn Sina…”, hasta que la misteriosa repetición superó el hervor de la sangre, y se quedó dormido.
Soñó que estaba enzarzado en combate con un odioso y anciano caballero, cuerpo a cuerpo con sus dagas. El anciano caballero se tiró un pedo y se burló de el. Rob notó herrumbre y líquenes en la armadura negra. Sus cabezas estaban tan próximas que vio colgar los mocos y la corrupción de la huesuda nariz, se asomó a sus ojos terribles y percibió el hedor enfermizo del aliento del caballero. Lucharon desesperadamente. Pese a su juventud y su fuerza, Rob sabía que el puñal del espectro oscuro era despiadado y su armadura, indestructible. Más allá se veían las víctimas del caballero: mamá, papá, el dulce Sabel, Barber, incluso Incitatus y el oso Bartram. La cólera dio fuerzas a Rob, que ya sentía que la inexorable hoja penetraba su cuerpo.
Al despertar descubrió que la parte exterior de su ropa estaba húmeda por el rocío y la interior, húmeda del sudor del sueño. Echado bajo el sol matinal, mientras un petirrojo cantaba su regocijo en las cercanías, comprendió que aunque el sueño había acabado, él no lo estaba. Era incapaz de renunciar al combate.
Quienes se habían ido jamás volverían, y así eran las cosas. Pero ¿había algo mejor que pasarse la vida luchando contra el Caballero Negro? A su manera, el estudio de la medicina era algo que amar, a falta de una familia.
Decidió, cuando la gata se frotó contra él con la oreja sana, entregarse a ese problema era desalentador. Montó espectáculos sucesivamente en Northampton, Bedford y Hertford, y en cada uno de esos sitios buscó a los médicos y habló con ellos y comprobó que sus conocimientos combinados eran inferiores a los de Barber. En el pueblo de Maldon, la reputación de carnicero del médico era tal que cuando Rob J. pidió instrucciones a los transeúntes para llegar a su casa, todos palidecieron y se santiguaron.
No serviría de nada colocarse de aprendiz de uno de aquellos médicos.
Se le ocurrió que otro doctor hebreo podría estar más dispuesto a aceptarlo que Merlín. En la plaza de Maldon interrumpió sus pasos donde unos obreros estaban levantando una pared de ladrillos.
– ¿Conocéis a algún médico judío en este sitio? -preguntó al maestro.
El hombre lo miró fijamente, escupió y se volvió.
Preguntó a otros que estaban en la plaza, pero los resultados no fueron mejores. Por último, encontró a uno que lo examinó con curiosidad.
– ¿Por que buscas a los judíos?
– Busco a un médico judío.
El hombre asintió, comprensivamente.
– Tal vez Cristo sea misericordioso contigo. Hay judíos en la ciudad de Malmesbury, y tienen un medico que se llama Adolescentoli -dijo.
El trayecto desde Maldon hasta Malmesbury le llevó cinco días, con paradas en Oxford y Alveston para montar el espectáculo y vender la medicina. Rob creyó recordar que Barber le había hablado de Adolescentoli como un médico famoso, y se encaminó a Malmesbury cansado, al tiempo que la noche caía sobre la aldea pequeña e informe. En la posada le sirvieron una cena sencilla pero reconfortante. Barber habría encontrado insípido el guiso de cordero, pero tenía mucha carne; después pagó para que extendieran paja fresca en un rincón de la sala dormitorio.
A la mañana siguiente, al tiempo que desayunaba, pidió al posadero que le hablara de los judíos de Malmesbury. El hombre se encogió de hombros como diciendo: "¿Qué se puede decir?”
– Siento curiosidad, porque hasta hace muy poco no conocía a ningún judío.
– Eso se debe a que escasean en nuestra tierra. El marido de mi hermana, que es capitán de barco y ha viajado mucho, dice que abundan en Francia. Según él, se los encuentra en todos los países, y cuanto más al este se viaje, más numerosos son.
– ¿Aquí vive entre ellos Isaac Adolescentoli, el médico?
El posadero sonrió.
– No; claro que no. Son ellos los que viven alrededor de Isaac Adolescentoli, mamando de su sabiduría.
– Entonces, ¿es célebre?
– Es un gran medico. Muchos vienen desde lejos para consultarlo y se hospedan en esta posada -informó, orgulloso-. Los sacerdotes hablan mal de él; naturalmente, pero yo sé -se metió un dedo en la nariz y se inclinó- que como mínimo en dos ocasiones lo sacaron de la cama en medio de la noche y lo despacharon a Canterbury para atender al arzobispo Ethelnoth, quien el año pasado se creía agonizante.
Le indicó cómo llegar a la colonia judía, y poco después Rob cabalgaba junto a los muros de piedra gris de la abadía de Malmesbury, a través de montes y campos, y un escarpado viñedo en el que unos monjes recogían uvas. Un soto separaba las tierras de la abadía de las viviendas de los judíos, no más de una docena de casas apiñadas. Tenían que ser judíos: unos hombres como cuervos, con negros caftanes sueltos y sombreros de cuero forma de campana, serraban y martillaban, levantando un cobertizo. Rob llegó a un edificio más grande que los demás, cuyo amplio patio estaba lleno de caballos y carros atados.
– ¿Isaac Adolescentoli? -preguntó Rob a uno de los chicos que atendía a los animales.
– Está en el dispensario -dijo el chico, y cogió diestramente en el aire la rienda que Rob le arrojó para que atendiera bien a Caballo.
La puerta principal daba a una gran sala de espera llena de bancos de madera, todos ocupados por una humanidad doliente. Como las colas que esperaban junto a su biombo, pero en este caso muchas más personas. No había ningún asiento desocupado, pero encontró un lugar junto a la pared.
De vez en cuando, salía un hombre por la puertecilla que llevaba al resto de la casa, y se hacía acompañar por el paciente que ocupaba el extremo del banco. Entonces todos avanzaban un espacio. Al parecer, había cinco médicos. Cuatro eran jóvenes y el otro era un hombre mayor y menudo, de movimientos rápidos; Rob supuso que se trataba de Adolescentoli.
La espera fue larga. La sala seguía atiborrada, pues parecía que cada vez que alguien atravesaba la puertecilla con un médico, desde el exterior entraban otros por la puerta principal. Rob pasó todo el tiempo tratando de diagnosticar a los pacientes.
Cuando quedó primero en el banco de delante, promediaba la tarde.
Uno de los jóvenes cruzó la puerta.
– Puedes pasar conmigo -dijo con acento francés.
– Quiero ver a Isaac Adolescentoli.
– Soy Moses ben Abraham, aprendiz del maestro Adolescentoli. Estoy en condiciones de atenderle.
– Estoy seguro de que me tratarías sabiamente si estuviera enfermo, debo ver al maestro por otra cuestión.
El aprendiz asintió y se volvió hacia la siguiente persona que esperaba.
Adolescentoli salió poco después, hizo pasar a Rob por la puerta y avanzaron juntos por un corto pasillo. A través de una puerta entreabierta, Rob vislumbró una sala de cirugía con una cama para operaciones, cubos e instrumentos. Fueron a parar a una habitación diminuta, desprovista de muebles, salvo una pequeña mesa y dos sillas.
Читать дальше