Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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– Ayer a mediodía. Me caí del condenado techo mientras aseguraba la maldita paja.

– Pues no asegurarás esa paja en mucho tiempo. -miró a Rob-. Necesitaré tu ayuda. Ve a buscar una tablilla un poco más larga que la pierna.

– No la arranques de las dependencias ni de las vallas -gruñó Osbern

Rob salió a ver qué encontraba. En el granero había bastantes troncos de haya y roble, además de un trozo de tronco de pino que había sido trabajado hasta convertirlo en una tabla. Era demasiado ancha, pero la madera era blanda y le llevó poco tiempo partirla a lo largo con las herramientas del granjero.

Osbern le lanzó una mirada furibunda cuando reconoció la tabla, pero no pronunció palabra. Merlín bajó la vista y suspiró.

– Tiene los muslos de un toro. Nos espera un buen trabajo, joven.

El médico cogió la pierna lesionada por el tobillo y la pantorrilla, trató de ejercer una presión estable, para al mismo tiempo hacer girar y enderezar el miembro retorcido. Se oyó un crujido, como el sonido que producen las hojas secas pisoteadas, y Osbern emitió un bramido ensordecedor.

– Es inútil -dijo Merlín poco después-. Sus músculos son colosales. Se han cerrado sobre sí mismos para proteger la pierna y yo no tengo la fuerza suficiente para dominarlos y reducir la fractura.

– Déjame probar a mí -dijo Rob.

Merlín asintió, pero antes dio una jarra llena de alcohol al granjero, que hablaba y sollozaba a causa del dolor inducido por el esfuerzo fracasado.

– Otra -jadeó Osbern.

Tras la segunda jarra, Rob cogió la pierna a imitación de Merlín. Cuidando de no tironear, ejerció una presión uniforme, y la voz estropajosa de Osbern se convirtió en un prolongado aullido. Merlín había cogido al hombre por debajo de las axilas y tiraba hacia el otro lado, con el rostro congestionado y los ojos desorbitados por el esfuerzo.

– ¡Creo que lo estamos logrando! -gritó Rob para que Merlín lo oyera por encima de los gritos angustiados del paciente-. ¡Allá vamos!

Entretanto, los extremos del hueso roto rechinaron entre si y se encajaron en su lugar.

El hombre cayó en un repentino silencio. Rob lo miró de soslayo para ver si se había desmayado, pero Osbern estaba fláccidamente tendido, con la cara empapada por las lágrimas.

– Mantén la tensión en la pierna -dijo Merlín en tono apremiante.

Confeccionó un cabestrillo con tiras de trapo y lo ciñó alrededor del pie y el tobillo. Ató un extremo de una cuerda al cabestrillo y el otro, bien tenso, al pomo de la puerta. A continuación, aplicó la tablilla al miembro extendido.

– Ahora puedes soltarlo -dijo a Rob.

Por añadidura, ataron la pierna sana a la entablillada.

En unos minutos confortaron al exhausto paciente, dejaron instrucciones a su empalidecida mujer y se despidieron del hermano, que haría los trabajos de la granja.

Se detuvieron en el corral y se miraron. Los dos tenían la camisa mojada de sudor y la cara tan húmeda como las mejillas de Osbern.

El médico sonrió y le palmeó el hombro.

– Ahora debes venir conmigo a casa para compartir la cena.

– Mi Deborah -dijo Benjamín Merlín.

La esposa del doctor era una mujer rolliza con figura de paloma, una delgada naricilla y mejillas coloradotas. Palideció cuando vio a Rob y se sometió rígidamente a la presentación. Merlín llevó al patio un cuenco con agua de manantial, para que Rob se refrescara. Mientras Rob se lavaba oyó que en el interior de la casa la mujer arengaba a su marido en una lengua que nunca había oído.

Cuando salió a lavarse a su vez, el médico sonreía.

– Debes disculparla. Tiene miedo. Las leyes dicen que no debemos recibir a cristianos en nuestros hogares durante las fiestas religiosas. Pero ésta no puede considerarse tal. Será una cena sencilla. -miró penetrantemente a Rob mientras se secaba-. No obstante, puedo traerte la comida afuera si prefieres no sentarte a la mesa.

– Estoy agradecido de que me permitáis comer con vos, maestro.

Merlín asintió.

Una cena extraña.

Estaban los padres y cuatro niños, tres de ellos varones. La pequeña se llamaba Leah y sus hermanos, Jonathan, Ruel y Zechariah. ¡Los niños y el padre se sentaron a la mesa con unos gorritos puestos! Cuando la mujer llevó a la mesa un pan caliente, Merlín hizo una señal a Zechariah, que partió un pedazo y comenzó a hablar en la lengua gutural que Rob había oído antes. Su padre lo interrumpió.

– Esta noche el brochot será en inglés, por cortesía hacia nuestro invitado.

– Bendito seas, Dios nuestro Señor, Rey del Universo -entonó dulcemente el niño-, que produces el pan de la tierra.

Entregó el pan a Rob, que lo encontró bueno y lo pasó a los demás.

Merlín sirvió vino tinto de una jarra. Rob siguió el ejemplo de los demás y levantó su copa cuando el padre hizo una señal a Ruel.

– Bendito seas, Dios nuestro Señor, Rey del Universo, que creaste el fruto de la vida.

La cena consistía en sopa de pescado hecha con leche, no como la preparaba Barber, sino picante y sabrosa. Luego comieron manzanas del huerto del judío. El niño pequeño, Jonathan, dijo indignado a su padre que los conejos estaban consumiendo las coles.

– Entonces tú debes consumir los conejos -dijo Rob-. Tienes que cazarlos para que tu madre pueda servir un delicioso estofado.

Se produjo un extraño silencio, pero en seguida Merlín sonrió.

– Nosotros no comemos conejo ni liebre, porque no son kosher.

Rob notó que la señora Merlín mostraba inquietud, como si temiera que él no comprendiera sus costumbres.

– Es un conjunto de leyes dietéticas, viejas como el mundo.

Merlín explicó que los judíos no podían comer animales no rumiantes que no tuvieran la pezuña hendida. Tampoco carne junto con leche. La Biblia advertía que el cordero no debía hervir en el flujo de la ubre materna Y no se les permitía beber sangre ni comer carne que no hubiese sido sangrada a fondo y salada.

Rob se quedó confuso, y se dijo que la señora Merlín tenía razón: no comprendía a los judíos. ¡Eran auténticos paganos!

Se le revolvió el estomago cuando el médico dio las gracias a Dios por alimentos exentos de sangre y de carne.

Preguntó si le permitían acampar en el huerto aquella noche. Benjamín insistió en que durmiera bajo techo, en el granero adjunto a la casa.

Poco después, Rob se tendió en la fragante paja y, a través de la delgada pared, oyó el agudo ascenso y descenso de la voz de la mujer. Sonrió tristemente en la oscuridad, pues conocía la esencia del mensaje a pesar de que las palabras eran ininteligibles.

– No conoces a ese sujeto de aspecto brutal, y lo traes aquí. ¿No has notado su nariz torcida y la cara magullada, y las costosas armas de criminal? ¡Nos asesinará cuando estemos durmiendo!

Al rato, Merlín entró en el granero con un frasco muy grande y dos copas de madera. Entregó una de ellas a Rob y suspiró.

– En cualquier otro sentido es una mujer excelente -dijo mientras llenaba las copas-. Para ella es difícil estar aquí, porque se siente separada de muchas cosas y seres queridos.

La bebida era buena y fuerte, descubrió Rob.

– ¿De qué parte de Francia sois?

– Como el vino que bebemos, mi mujer y yo somos originarios de la aldea de Falaise, donde viven nuestras familias bajo la benevolente guía de Alberto de Normandía. Mi padre y dos hermanos son vinateros y proveedores del comercio inglés.

Siete años atrás, prosiguió Merlín, había regresado a Falaise después de estudiar en Persia, en una academia para médicos.

– ¡Persia! -Rob no tenía la menor idea de dónde estaba Persia, pero sabía que era muy lejos-. ¿En qué dirección está Persia?

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