Noah Gordon - El Médico

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Esta arrebatadora novela describe la pasion de un hombre del siglo XI por vencer la enfermedad y la muerte, aliviar el dolor ajeno e impartir el don casi mistico de sanar que le ha sido otorgado. Arrastrado por esa pasion, recorrera un largo camino que le conducira, desde una Inglaterra en la que domina la brutalidad y la ignorancia, a la sensual turbulencia y el esplendor de la remota Persia, donde conocera al legendario maestro Avicena, que esta experimentando con las primeras armas de la medicina moderna.

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Rob sintió que aquel también estaba muerto. Apoyó ligeramente la mano en el vientre distendido y tuvo la tentación de irse, pero vio mentalmente el rostro blanco de mamá tendida en las boñigas del suelo del establo, y estaba seguro de que la mujer moriría rápidamente si él no actuaba.

En el revoltijo de avíos de Barber encontró el espéculo de metal pulido, pero no lo usó como espejo. Cuando pasó la convulsión puso las piernas de la mujer en posición, y con el instrumento dilató el cuello del útero, como Barber le había explicado que se debía hacer. La masa interior se deslizó fácilmente, pero era más putrefacción que bebé. Rob apenas notó que el marido contenía el aliento y se apartaba.

Sus manos indicaron a su cabeza lo que debía hacer, en lugar de todo lo contrario.

Sacó la placenta y limpió a la mujer. Levantó la vista y se sorprendió al ver que había llegado el médico judío.

– Supongo que querréis haceros cargo -dijo Rob aliviado, pues la hemorragia no cesaba.

– No hay prisa -respondió el medico.

Pero escuchó al infinito su respiración y la examinó tan lenta y exhaustivamente, que su falta de confianza en Rob era manifiesta.

Por último, el judío pareció satisfecho.

– Apoya la palma de tu mano en su abdomen y fricciona firmemente, este movimiento.

Rob masajeó la tripa vacía, perplejo. Finalmente, a través del abdomen sintió que la esponjosa matriz se encajaba hasta hacerse una bola pequeña y la hemorragia cesó.

– Magia digna de Merlín y un truco que siempre recordare -dijo.

– No hay ninguna magia en lo que hacemos -lo contradijo el médico judío-. Veo que conoces mi nombre.

– Nos encontramos hace años, en Leicester.

Benjamín Merlín miró el llamativo carromato y sonrió.

– ¡Ah! Tú eras un crío; el aprendiz. El barbero era un tipo gordo que tragaba cintas de colores.

– Sí.

Rob no le dijo que Barber había muerto, ni Merlín le preguntó por él. Se estudiaron mutuamente. La cara de halcón del judío seguía enmarcada por una cabeza llena de pelo blanco y una barba canosa, pero no estaba tan densa como antes.

El escribiente con el que hablasteis aquel día en Leicester, ¿le operaste de cataratas?

– ¿Qué escribiente? -Merlín pareció confundido, pero en seguida recordó-. ¡Sí! Es Edgar Thorpe, del pueblo de Lucteburne, en Leicestershir. Si Rob había oído hablar de Edgar Thorpe, lo había olvidado. Esa era la diferencia entre ellos: casi nunca se enteraba del nombre de sus pacientes.

– Lo operé y le quité las cataratas.

– Y ahora ¿se encuentra bien?

Merlín sonrió tristemente.

– No puede decirse que esté bien porque cada día es más viejo y tiene achaques y dolencias. Pero ve con ambos ojos.

Rob había escondido el feto podrido en un trapo. Merlín lo desenvolvió, lo estudió, y a continuación lo roció con agua de un frasco.

– Yo te bautizo en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo -dijo rápidamente el judío.

Volvió a envolver el pequeño bulto y se lo entregó al labrador.

– El bebé ha sido debidamente bautizado, y sin duda se le permitirá la entrada al Reino de los Cielos. Debes decírselo al padre Stigand o al otro cura de la iglesia.

El labrador sacó una bolsa polvorienta; en su rostro se mezclaba la de dicha con la aprensión.

– ¿Cuánto debo pagaros, maestro medico?

– Lo que puedas -dijo Merlín, y el hombre le dio un penique que sacó de la bolsa.

– ¿Era varón?

– No podemos saberlo -respondió amablemente el médico.

Dejó caer la moneda en el bolsillo grande de su capa y tanteó hasta encontrar medio penique, que le tendió a Rob.

Tuvieron que ayudar al labrador a llevar a la mujer a casa; un trabajo duro para medio penique de recompensa. Cuando quedaron libres, fueron a un arroyo cercano y se lavaron la sangre.

– ¿Has presenciado alumbramientos similares?

– No.

– ¿Cómo sabías lo que debías hacer?

Rob se encogió de hombros.

– Me lo habían descrito.

– Dicen que algunos nacen para sanadores. Unos pocos selectos. -el judío le sonrió-. Por supuesto, otros tienen suerte, sencillamente -precisó. El escrutinio del doctor puso incómodo a Rob.

– Si la madre hubiese estado muerta y el bebé vivo… -dijo Rob, arriesgándose a preguntarlo.

– Operación cesárea. -Rob abrió los ojos desmesuradamente-. ¿sabes de qué estoy hablando?

– No.

– Debes cortar el vientre y la pared uterina, y sacar al niño.

– ¿Abrir a la madre?

– Sí.

– ¿Vos lo habéis hecho?

– Varias veces. Cuando era ayudante vi a uno de mis maestros abrir una mujer viva para llegar a su hijo.

"¡Embustero!”, pensó Rob, avergonzado de escucharlo con tanto entusiasmo. Recordó lo que Barber le había contado sobre aquel hombre y los de su especie.

– ¿Qué ocurrió?

– Murió, pero de cualquier modo habría muerto. Yo no apruebo que se abra a mujeres vivas, pero me han hablado de quienes lo han hecho y lograron que sobrevivieran tanto la madre como el niño.

Rob se volvió antes de que el médico de acento francés se riera de él. Pero sólo había dado dos pasos cuando se sintió impulsado a volver.

– ¿Dónde hay que cortar?

En el polvo del camino, el judío dibujó un torso y mostró dos incisiones: una larga línea recta en el costado izquierdo, y la otra más arriba, en mitad del vientre.

– Cualquiera de las dos -dijo, y lanzó el palo a lo lejos.

Rob asintió y se marchó, imposibilitado de darle las gracias.

HUÉSPED DE UNA FAMILIA JUDíA

Se alejó inmediatamente de Tettenhall, pero ya le estaba ocurriendo algo.

Andaba escaso de Panacea Universal y al día siguiente compró un barril de licor, haciendo un alto para mezclar una nueva serie de medicina, de la que esa misma tarde comenzó a desprenderse en Ludlow.

La panacea se vendió tan bien como siempre, pero estaba preocupado y algo agotado.

Sostener un alma humana en la palma de tu mano, como si fuera un guijarro. ¡Sentir que a alguien se le escapa la vida pero que con tus actos puedes devolvérsela! Ni siquiera un rey tiene tanto poder.

¿Podría aprender más? ¿Cuánto era posible aprender? "¿Cómo será -se preguntó- aprender todo lo que puede enseñarse?” por vez primera reconoció el deseo de hacerse médico.

¡Luchar verdaderamente con la muerte! Albergaba nuevos y perturbadores pensamientos que por momentos lo embelesaban, y otras veces eran casi dolosos.

Por la mañana partió hacia Worcester, la siguiente población rumbo al sur, por el río Severn. No recordaba haber visto el río ni el sendero, ni haber conducido a Caballo, ni nada del trayecto. Llegó a Worcester y los pueblerinos quedaron boquiabiertos al ver el carromato rojo; rodó hasta la plaza, hizo un circuito completo sin detenerse y abandonó la ciudad por donde había entrado

El pueblo de Luctehurne, en Leicestershire, no era lo bastante grande para tener una taberna, pero estaba en marcha la siega del heno, y cuando se paró en una vega en la que había cuatro hombres con guadañas, el de la senda más cercana al camino interrumpió su rítmico balanceo el tiempo suficiente para indicarle cómo llegar a la casa de Edgar Thorpe.

Rob encontró al viejo a cuatro patas, en su pequeño huerto, cosechando puerros. Percibió de inmediato, con una extraña sensación de exaltación que Thorpe había recuperado la vista. Pero sufría terribles dolores reumáticos, y aunque Rob lo ayudó a incorporarse en medio de gruñidos y angustiosas exclamaciones, pasó un rato hasta que pudieron hablar en paz.

Rob bajó del carromato varios frascos de la panacea y abrió uno, contentando enormemente a su anfitrión.

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