Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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Viernes, 24 de marzo de 1961

Esta tarde sucedió algo extraño. Cuando sonó el timbre, poco después de las seis, fui a abrir la puerta porque ninguno de los hombres estaba en casa. Allí, en la galería, estaba Madama Fuga, del 17d. ¡Oh, Dios! ¿Cómo se llama?

– Qué alegría verla -dije por ser sociable.

– A mí también me alegra verte, querida -murmuró.

– ¿Le apetece pasar a tomar una taza de café?

Respondió que no, que tenía que regresar al piso de al lado antes de que comenzara la hora más ajetreada del negocio, pero que se preguntaba si… ummmm… teníamos… ummmm… planes para las habitaciones que habían quedado libres.

– Algunas de mis muchachas estarían interesadas -concluyó.

¡Qué raro! En ese preciso instante, llegaron Jim y Bob en su Harley Davidson y se quedaron conmigo, mientras yo explicaba a la madama que el Síndico Público tenía pleno control sobre todas las cosas y que todavía no sabíamos cuándo planeaban alquilar las habitaciones vacías.

– ¡Malditas viejas! -exclamó y se marchó dejando en el aire un fuerte aroma a Joy de Patou.

– El negocio debe de ir muy bien -dije a Jim-. Tengo entendido que ese perfume es más caro que los diamantes y las trufas.

– Bueno, también llevaba varios diamantes. ¿O crees que esos pendientes y colgantes estaban hechos con vidrio de botella? -respondió Jim.

– No es justo, ¿verdad? -preguntó Bob algo nostálgica-. Las niñas buenas como tú y yo, con suerte, recibimos una caja de bombones baratos.

Me sostuve boquiabierta del picaporte de la puerta.

– ¡Bob! ¿Estás insinuando que Jim te regala una caja entera de bombones?

Bob lanzó una mirada lasciva dejando al descubierto sus colmillos de Drácula.

– Jim me ama.

– Bueno, yo estoy pensando seriamente en pedir a Madama Fuga que me dé algunos consejos para iniciarme en el negocio -comenté-. ¡Es una buena forma de ganarse la vida decentemente (huy, quiero decir, indecentemente) en casa! Además, Flo tendría un millón de tíos.

Jim fruncía el ceño, pero no por las bromas.

– ¿Sabes, Harry? Lo que acaba de hacer la madama es muy extraño. Estoy segura de que sabe perfectamente que alquilar las habitaciones no depende de nosotros. Me pregunto qué querría realmente.

– No tengo la menor idea -respondí.

De pronto, Bob se echó a reír.

– ¿Qué dirían las del Departamento de Protección de Menores si supieran lo que sucede en el 17b y el 17d? ¡Uhhhhhh!

Ya lo saben, de eso no cabe duda; lo saben. De todos modos, Jim tenía razón, la visita de Madama Fuga era de lo más extraña. ¿Qué andaría buscando? Aunque sospecho que las del Departamento de Protección de Menores no quedaron tan impresionadas por los burdeles como cuando la señora Arf-Arf vino de visita por segunda vez y vio el falo alado bordado en la parte interna del muslo del pantalón de Jim. En cambio, sí había quedado boquiabierta al ver a Lady Richard apoyada sobre el brazo de Jim. Lady Richard fue la única de nosotros que adoptó el luto tradicional y formal por la señora Delvecchio Schwartz. Todavía se viste de negro, pero ya anunció que en breve volverá a vestirse de lila y gris. E incluso, si la ocasión lo requiere, de blanco.

Martes, 4 de abril de 1961

Esta mañana la secretaria del señor Hush me llamó por teléfono al trabajo y me preguntó si podía acudir a su despacho a las dos de la tarde. Mi instinto me indicó que no había sido una petición, sino más bien una citación. Eso significaba que tendría que ir a ver a la Hermana Agatha e informarla de que necesitaba salir más temprano. No era un día particularmente ajetreado en el Servicio de Radiología de Urgencias; pero, por supuesto, eso no importaba.

– La verdad, señorita Purcell -comenzó a decir la Hermana Agatha en tono malhumorado-, es que, últimamente, eso de dejarlo todo y marcharse se ha convertido en una costumbre bastante desagradable. No está nada bien.

– Exagera, Hermana Toppingham -repliqué con frialdad-. En lo que va de año, sólo he tenido que ausentarme tres veces. El 2 de enero, el 11 de enero y el 13 de enero. A decir verdad, el 13 tuve que asistir a un funeral, por más inapropiada que le parezca la fecha. No pedí que me pagaran ninguno de los tres días que estuve ausente y tampoco estoy pidiendo que se me paguen las dos horas que perderé esta tarde. La señorita Smith y la aprendiza se las pueden arreglar solas, todo está muy tranquilo en Urgencias; y sí, me doy cuenta de que le estoy creando un inconveniente, pero no es más que eso: un inconveniente. El hospital no dejará de rendir al máximo porque yo no esté presente.

Tragó saliva como había hecho la Señora.

– ¡Es usted una impertinente, señorita Purcell! -fue la mejor respuesta que pudo articular.

– No, Hermana Toppingham, no soy una impertinente, simplemente estoy haciendo algo imperdonable, que es defenderme a mí misma -dije.

La Hermana Agatha tomó un registro.

– Puede retirarse, adam. Le aseguro que no olvidaré esto.

¡Uhhhhh! Apuesto a que la vieja bruja tampoco lo olvidará. ¡Ah, pero qué bien me sentí cuando el espíritu de las Purcell casi pierde la paciencia!

El humor del señor Hush no era mucho mejor que el de la Hermana Agatha. Tenía la expresión de alguien que acaba de descubrir que el congelador de la carne había dejado de funcionar justo después de cerrar el negocio la víspera de un largo fin de semana.

– Ayer fui al Departamento de Protección de Menores -dijo-. Tenía la intención de presentar la solicitud formal de adopción para Florence Schwartz. Pero me temo que la reacción que tuvieron en su contra fue más categórica de lo que yo esperaba, señorita Purcell. Simplemente me informaron de que usted no es moralmente apta para tener una niña a su cargo.

– ¿Moralmente apta?

– Ese es el término. Moralmente apta. En primer lugar, está el problema de las dos casas de mala fama contiguas a la propiedad de su antigua casera, donde usted piensa criar a la niña, que supuestamente sería su heredera. En segundo lugar, una de las funcionarias del Departamento de Protección de Menores entrevistó a la señora Forsythe. Se rumorea que usted y el doctor Forsythe están juntos. Esta funcionaria se enteró por medio de una amiga del Queens. La señora Forsythe la ha desplumado a usted. -Su expresión indicaba que la carne se había echado a perder-. Lo lamento mucho, pero así están las cosas.

– ¡La muy zorra! La voy a matar -dije lentamente.

Me miró comprensivamente.

– Estoy de acuerdo en que matarla le haría muy bien a su corazón, Harriet, pero eso no ayudaría lo más mínimo a Flo, ¿no cree? -Sacó los cuchillos y eligió uno bien afilado para provocarme ese inmenso dolor-. En el Departamento de Protección de Menores también me notificaron que pronto darán de alta a Flo del Royal Queens. El diagnóstico es una forma indeterminada de autismo, lo cual significa que la enviarán a una institución adecuada.

– Stockton -dije con voz apagada.

– Lo dudo mucho. En el Departamento de Protección de Menores son conscientes de que Flo cuenta con un grupo de gente que la visita y que esa gente vive en Sydney. Supongo que la enviarán a Gladesville.

– Sale Flo, bien etiquetada. -Lo miré fijamente-. Señor Hush, no me interesa lo que diga el Departamento de Protección de Menores; quiero que presente la solicitud formal y que cada vez que la rechacen, presente una nueva. Durante años, si es necesario. Cuando Flo sea una mujer adulta quiero que sepa que lo intenté una y otra vez. Si es que sigue viva, cosa que dudo. Esa es la verdadera tragedia.

Volví a casa caminando y atravesé el Domain; me quité los zapatos y las medias y sentí la hierba áspera y mullida bajo los pies. Ay, ¿por qué habré humillado públicamente a la Señora? ¿Por qué la habré arrastrado fuera de su automóvil delante de las madamas y la habré empujado hacia dentro después de haberle dicho lo que pensaba? ¿Por qué le habré mostrado lo pequeña e insignificante que es? Bueno, ya ha tenido ocasión de vengarse; aunque pienso que hubiera hecho lo mismo si yo no la hubiera atacado. Pero me las va a pagar, ah, sí. A partir de la semana que viene. Dado que me han calificado de no ser moralmente apta, ¿qué importa si invito hombres a mi apartamento? Voy a llamar a Duncan a su casa y lo invitaré a pasar la noche conmigo. Si quiere jugar sucio, señora Forsythe, verá lo sucia que puedo llegar a ser. Cucarachas… Tomaré de la morgue una urna gigante llena de cucarachas y las soltaré en su sofisticado coche inglés. De las grandes, las que vuelan, jo, jo, jo, jo. Haré un piquete frente a la próxima reunión del Comité de Etica con una enorme pancarta que diga: LA SEÑORA FORSYTHE NO ATIENDE A SU MARIDO Y POR ESO ÉL SE VE OBLIGADO A BUSCAR SEXO EN UNA MUCHACHA DE MORAL DUDOSA QUE PODRÍA SER SU HIJA.

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