Es inevitable, en este tema, la mención del padre Teilhard de Chardin 1, que en Cristo Jesús ve la meta unitaria del universo. Por supuesto, no hay por qué estar de acuerdo en todos y cada uno de los pasos del razonamiento teilhardino. Pero aduzco su recuerdo porque inspira respeto esta figura que hizo compatible la más honesta investigación científica con una increíble ternura y penetración espiritual. Teilhard profesó una apasionada adhesión al corazón del Cristo. Y esto, a dos niveles. Uno, la devoción pura y simple al corazón de Jesús, entendida a la manera más típica de presentación de esta devoción en el periodo de fines del siglo XIX y primer tercio del XX. Sin rebozo ni concesión alguna. Es el corazón de Jesús de su vida espiritual personal y el aliento en las no ordinarias dificultades con que hubo de contar en sus actividades de hombre de ciencia. Es el Sagrado Corazón de su diario, de su correspondencia, de su dirección espiritual.
Otro nivel —y quizá a él le irritaría esta distinción— es el del Cristo punto Omega del universo que él intuía, y que solamente se define, como tentativa, en un acto de amor. Partiendo del convencimiento de que el universo evoluciona, y de que cada etapa solo tiene sentido por su relación con las precedentes, Teilhard concluye que el conjunto del proceso ha de tener una razón y un término, un “punto omega” que, contenido ya virtualmente en el mismo proceso, lo dirige desde dentro y le da dinamismo y sentido. (“El corazón de Cristo, centro del misterio cristiano y clave del mundo”, en el aniversario de la fundación de los Misioneros del Sagrado Corazón, 1981, en La Iglesia de hoy y del futuro, Mensajero , Bilbao, 1982, p. 577).
4. La Trinidad como centro de su espiritualidad *
El padre Arrupe, en una conferencia del acto de clausura de curso del Centro Ignaciano de Espiritualidad, en Roma, el 8 de febrero de 1980, destaca los principales rasgos de una espiritualidad centrada en el misterio de la Trinidad.
Deseo añadir una observación que considero necesaria: no me parece objetivo el caracterizar la espiritualidad ignaciana por su ascética, cosa que consciente o inconscientemente se ha venido haciendo, quizás más en épocas pasadas que en la nuestra. La espiritualidad ignaciana es un conjunto de fuerzas motrices que llevan simultáneamente a Dios y a los hombres. Es la participación en la misión del enviado del Padre en el espíritu, mediante el servicio, siempre en superación, por amor, con todas las variantes de la cruz, a imitación y en seguimiento de ese Jesús que quiere reconducir a todos los hombres, y toda la creación, a la gloria del Padre ( La identidad del jesuita en nuestros tiempos , Sal Terrae, Santander, 1981, pp. 421-422).
Si la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad permitió a Ignacio llegar a resoluciones prácticas proporcionadas a las necesidades de su tiempo —la función de la Compañía, con su determinado carisma, poner en luz aquel hecho, y ponernos también nosotros a la misma luz, nos permitirá también a nosotros revivir en toda su pureza aquel carisma y hacernos más aptos para las necesidades de nuestros días. Si lo hacemos así, habremos conseguido, como deseaba el Concilio Vaticano II, nuestra actualización mediante el retorno a las fuentes más altas de nuestra generación como religiosos.
Me pregunto si la falta de proporción entre los generosos esfuerzos realizados en la Compañía en los últimos años y la lentitud con que procede la esperada renovación interior y adaptación apostólica a las necesidades de nuestro tiempo en algunas partes —tema del que me he ocupado reiteradamente— no se deberá en buena parte a que el empeño en nuevas y ardorosas experiencias ha predominado sobre el esfuerzo teológico-espiritual por descubrir y reproducir en nosotros la dinámica y contenido del itinerario interior de nuestro fundador, que conduce directamente a la Santísima Trinidad y desciende de ella al servicio concreto de la Iglesia y “ayuda de las ánimas”.
¿Parecerá a alguno que todo esto es un tema demasiado arcano y alejado de la realidad de la vida cotidiana? Tanto valdría cerrar los ojos a los fundamentos más profundos de nuestra fe y de nuestra misma razón de ser. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que es uno y trino. Nuestra vida de gracia es participación de esa misma vida. Y nuestro destino es ser asumidos, por la redención del Hijo, en el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre. Cristo, a quien y con quien servimos, tiene esa misión de llevarnos al Padre y enviarnos el Espíritu Santo que nos asiste en nuestra santificación, es decir, en la perfección en nosotros de esa vida divina. ¡He aquí las grandes realidades!
Como la inserción de servicio en el mundo vigoriza nuestro celo apostólico, porque nos da a conocer las realidades y necesidades en que se opera la redención y santificación de los hermanos, así una penetración en el significado que la Trinidad tiene en la gestión de nuestro carisma nos proporciona una participación vivencial de esa misma vida divina que es conocimiento y amor y da al celo apostólico impulso en el rumbo cierto. Más aún: en el plano de las realidades terrenas, la experiencia confirma y, a lo más, profundiza el conocimiento; pero a nivel de contemplación espiritual, el conocimiento vivo de Dios es ya participación y gozo. Vía ad illum [Camino hacia él], como se llama a la Compañía en la fórmula de Julio III, es la vía a la Trinidad. Ese es el camino que debe seguir la Compañía; camino largo que no terminará sino cuando lleguemos a la plenitud del reino de Cristo. Pero el camino está trazado y debemos recorrerlo siguiendo las huellas de Cristo que retorna al Padre, iluminados y vigorizados por el Espíritu que habita en nosotros.
Sí, este sublime misterio de la Trinidad tiene que ser objeto preferente de nuestra consideración, de nuestra oración. Esta invitación no es ninguna novedad. Nadal, el mejor conocedor del carisma ignaciano, la hizo a toda la Compañía, hace más de cuatro siglos. Su voz llega también hasta nosotros: “Tengo por cierto que este privilegio concebido a nuestro padre Ignacio es dado también a toda la Compañía; y que su gracia de oración y contemplación está preparada también para todos nosotros en la Compañía, pues está vinculada con nuestra vocación. Por lo cual, pongamos la perfección de nuestra oración en la contemplación de la Trinidad, en el amor y unión de la caridad, que abraza también a los prójimos por los ministerios de nuestra vocación”. (Conferencia del acto de clausura del Curso Ignaciano del Centro Ignaciano de Espiritualidad, el 8 de febrero de 1980, en Información S. J ., n.º 67, mayo-junio 1980, p. 106).
*Alcover, Norberto. Pedro Arrupe. Memoria siempre viva . Bilbao: Mensajero, 1999, pp. 52-53.
*Alcover, Norberto. Pedro Arrupe. Memoria siempre viva . Bilbao: Mensajero, 1999, pp. 69-70; 182-183.
*Alcover, Norberto. Pedro Arrupe. Memoria siempre viva . Bilbao: Mensajero, 1999, pp. 102-103.
1Jesuita, paleontólogo, filósofo y teólogo que aportó importantes reflexiones para la comprensión cristiana de la materia y la evolución de las especies. Nació en Francia en 1881 y murió en Nueva York, en 1955. Escribió muchos libros y artículos científicos y teológicos, entre los que se destacan: El fenómeno Humano y El Medio Divino.
*Alcover, Norberto. Pedro Arrupe. Memoria siempre viva . Bilbao: Mensajero, 1999, pp. 182-185.
CAPÍTULO II
ARRUPE, TESTIGO DELA BOMBA ATÓMICA
MILAGROS
Sentí a Dios tan cerca
en sus milagros
que me arrastró violentamente detrás de sí.
Y lo vi tan cerca de los que sufren,
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