Jaime Collyer Canales - Gente en las sombras

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El año 2005 se produce en Santiago un atentado, no reivindicado, contra un coronel en retiro del ejército chileno, implicado en graves violaciones a los derechos humanos durante la dictadura. El episodio deja al uniformado en condición vegetativa. La trama de la novela retrocede a seis meses antes del atentado para darnos cuenta de un proyecto de transformación de un antiguo centro de detención en un memorial. A cargo del proyecto de remodelación del centro de torturas se hallan una arquitecta joven, Svetlana Braun, y un historiador y escritor, Álvaro Larrondo. Para realizar su investigación, Larrondo debe contactar a algunos sobrevivientes y también al coronel en retiro, por haber estado éste a cargo del centro de detención. La novela describe la interacción de Larrondo, Prada, Svetlana y otros personajes, al tiempo que desarrolla una profunda meditación en torno al tema de la violencia política y las justificaciones íntimas, y desde luego ilegítimas, del terrorismo de Estado. Explora también la responsabilidad de lo que se ha dado en denominar la «trama civil» del régimen: la de aquellos segmentos de la burguesía involucrados en la represión, cerebros en la sombra de los crímenes cometidos, beneficiarios directos de éstos y colaboradores pasivos de la crueldad de entonces, todos los cuales se las ingeniaron para eludir su complicidad en los hechos y hacer de manera antojadiza la crónica de su participación en ellos.

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–¿Qué años? –inquirió Larrondo solo por propiciar su inesperada locuacidad.

–Los del gobierno militar, qué otros. La época de ese gobierno empeñado en ordenar la casa.

A Larrondo no le extrañó esa distancia tácita que su frase sugería con el antiguo régimen. Era una táctica habitual entre sus ex colaboradores del mundo civil, una vez concluida esa labor de ordenamiento doméstico. Ahora se mostraban todos sorprendidos, incluso abrumados, con los métodos empleados por Prada en el proceso de ordenamiento, buscando evitar que se los confundiera con esos procedimientos o terminar todos convocados a los tribunales.

–Había que ordenar el país, mi amigo –prosiguió en el auricular–. El gobierno militar asumió en un escenario donde todos querían sacarse los ojos, quizá lo recuerde usted… ¿Qué edad tenía usted para el pronunciamiento? ¿Veinte años?

–Veintiuno.

–Bueno, se acordará de cómo fue, ¡el despelote que era este país! Alguien tenía que ponerle freno y le tocó a los militares, mala pata… Es un tema complejo.

–¿Por qué complejo? –se arriesgó Larrondo–. El costo fue clarísimo.

­–Sí, bueno, hubo alguna gente que metió las patas… Lo que no es justo es cargarle ahora a Efraín el muerto.

Los muertos –lo corrigió Larrondo y hubo, ahora sí, un silencio cargado de tensión en la línea.

–¿Debo suponer, entonces, que estuvo usted entre sus adversarios? –preguntó el otro.

Larrondo evaluó la respuesta más atinada para no estropear la opción ya abierta de hacer la entrevista.

–No tiene que responderme, no se complique –complementó a tiempo su interlocutor–. Ni importa mucho a estas alturas, ¿no? Cualquier espíritu sensato debiera hoy enjuiciar esos hechos con ojo crítico.

–¿Y está usted entre ellos? –le devolvió la pregunta Larrondo–. ¿Entre esos espíritus sensatos?

–Obviamente que sí –dijo él–. En fin, vamos a lo de la entrevista. Es posible hacerla, desde luego, pero antes me gustaría que nos viéramos usted y yo, para entender con precisión lo que tiene en mente. Soy el abogado de Efraín, debo ser cauteloso, más cauto incluso que él. Estar atento a lo que alguien va a preguntarle. O a sonsacarle.

Larrondo vaciló ante el matiz de censura que latía en la propuesta. Igual parecía un precio razonable por la entrevista.

­–Muy bien –aceptó–. ¿Dónde quiere reunirse?

–¿Algún Starbucks entre su casa y la mía le parece bien?

10

La gestión telefónica de Svetlana con el subsecretario resultó en esencia infructuosa: a Beregovic le parecía más apropiado raspar los pisos y remover todo vestigio que atentara contra la «buena presentación» del lugar, incluidas las manchas de sangre. Él apostaba todo a la pulcritud.

Svetlana recibió la conclusión y vino por la tarde al despacho de Larrondo a comentársela.

–Quiere que se vea pulcro –dijo yendo hacia la ventana y quedó allí atenta al patio delantero–. No entiendo mucho, la verdad. Lo que ocurrió aquí no fue muy limpio ni pulcro, ¿o sí?

–Debe ser lo que el Ministerio considera apropiado –acotó él–. No es que desconozcan lo ocurrido, solo les parece mejor cubrir los rastros… Para no herir susceptibilidades, como dicen ellos. No es tan inesperado o infrecuente, ya que la especie humana tiende a rehuir la evocación de sus proezas sangrientas. He estado leyendo de eso.

–¿Ah, sí?

–Ocurrió en Japón con los sobrevivientes de la bomba, ¡de las dos bombas atómicas! Incluso en Israel en algún grado, ¡con los deportados que volvieron de los campos! Hay como una vocación de olvido colectivo en estas cosas. En Japón, los hibakusha , que es la denominación de los sobrevivientes, no gozan de aceptación plena entre sus compatriotas. Ni siquiera hoy, es raro.

–¿Y eso por qué? –indagó ella un poco abrumada.

–Se teme, hasta hoy, a los efectos radiactivos que puedan emanar de ellos, cuando no queda ya nada que pueda emanar. A mí me parece que es una barrera psicológica… Y un estigma, claro. Ninguno de ellos pudo hacer una vida normal y casarse, tener hijos. Con los «deportados» del nazismo pasaba, en el propio Israel, que nadie quería hablar mucho del tema, menos en la sobremesa. Mejor que fuera en público, si tenía que ser, en las ceremonias públicas de homenaje. El dolor no convoca mucho a nadie, Svetlana, menos sus estragos.

Hubo, como solía ocurrirles, un prolongado silencio entre los dos, con las mismas preguntas revolviéndose en la mente de ambos. ¿Sería la experiencia del Campo D un estigma similar, algo que sus compatriotas –incluso los ideológicamente solidarios con el caso– percibían ahora como una imposición de las víctimas? ¿Y qué actitud cabía adoptar ante su experiencia? ¿Confraternizar con ella? ¿Pretender que ella no les había dejado secuelas apreciables?

–A pesar de sus mejores intenciones, el individuo «normal» evita a las víctimas del estigma –concluyó él en voz alta– como prefiere que desaparezcan las manchas de sangre en el piso. Lo digo para que no te gastes más de la cuenta con Beregovic.

–Igual no pienso rasparlas, de momento –concluyó ella.

Larrondo adivinó algo más bajo esa altivez creciente, una mezcla paradójica de rabia y congoja, en partes iguales, pero evitó de momento indagar en la causa.

Parecía todo –el mobiliario superviviente y los muros, incluso los pisos manchados– envuelto en una especie de bruma que emanaba de cada rincón y los envolvía a ellos mismos en su estela, todo embebido de ese aroma insidioso que se advertía nada más ingresar al lugar, semejante al residuo azumagado que hay en las casas de playa o los desvanes familiares, y en las bodegas a oscuras, allí donde las arañas tejen su tela sin necesidad de público y ni siquiera de luz.

Doña Ema solía vocear al mediodía la inminencia del almuerzo y lo servía a la una, con ellos dos ya instalados en un extremo de la mesa, uno frente al otro, esperando a que ella ingresara desde la cocina y dejara la fuente entre ambos, yéndose enseguida a almorzar con su esposo, «pa’ que no se sienta solo mi pobre viejo», les decía y partía a su casa al fondo del patio.

Los almuerzos discurrían por lo general sin altibajos, salvo alguno habido en esos días iniciales, en que Svetlana permaneció con la vista clavada un rato en su plato. Larrondo intuyó una crisis en ciernes, hasta que ella misma la evidenció:

–¿Cómo haría esa gente para juntarse aquí a atormentar cada día a otros? Me cuesta entenderlo.

–Debían considerarlo su deber, ¿no? –sugirió él–. Una rutina.

–¿Y almorzarían todos aquí en esta misma mesa?

–Posiblemente. Quizás hasta hacían comentarios entre ellos: «Me salió duro el último huevón, tuve que subirle el voltaje».

Ella se enervó de manera ostensible con su acotación.

–Muchos de ellos debían tener una tuerca suelta –señaló él para remediarlo.

–¿Y después qué? ¿Volvían todos a su casa como si nada, para llevar a los niños al zoológico el fin de semana?

–Imagino que sí.

–¿Y se acordarían en esos momentos de la gente que ellos mismos tenían enjaulada?

–Quizás evitaban el zoológico –sugirió él absurdamente–. Pero no debía importarles mucho, debían considerarlo un deber, una rutina indispensable. Una labor patriótica. Muchos pidieron, de hecho, el traslado aquí de manera voluntaria, está en la documentación. Era tal vez una vocación personal, la suya, por contribuir al sufrimiento humano… Algunos debían ser además voyeristas.

–¿Por qué voyeristas?

–La tortura era casi siempre administrada de a dos, ¡o en tríos! El que no estaba practicándola aprovechaba de mirar a los otros haciéndola. Hasta hubo, al principio, gente de civil que tomaba notas, los sobrevivientes lo han relatado.

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