–¿Y no era así?
–¡Obviamente que era así! Solo digo que quizá fuera a la inversa: no se convertían en animales, más bien alcanzaban las cumbres de lo humano, ¡de la crueldad humana! –Se paró a pensar un segundo–. Y la dignidad es una obsesión también humana, que nos esclaviza desde la cuna. Alguien nos la otorga y después nos la arrebata. Los animales no tienen tantos rollos, sienten dolor y aúllan, uno les hace cariño y ronronean. Es todo más simple entre ellos.
–Puesto así, suena muy convincente.
Permanecieron un rato en silencio y abstraídos en la contemplación de Monge, que no cejaba en su empeño fatigoso de recuperar allí abajo el potrero ese y desmalezarlo, para sembrarlo de nuevo y rescatar el pasto que aún dormiría bajo la maleza. Tarde o temprano resurgiría el verdor, aunque ahora parecía algo tan distante.
Larrondo pensó una vez más en Berlín y en su visita a la capital germana el 95, cuando el muro no había acabado aún de desplomarse entero y subsistían fragmentos discontinuos de él en variados puntos de la ciudad, puntos donde incluso había muerto gente al intentar cruzarlo, en un gesto desesperado del que solo quedaban ahora austeros testimonios en las cercanías, alguna lápida de yeso depositada allí por los deudos, con una foto del fallecido y un ramo de flores que alguien renovaba cada mes, evocando a esa gente succionada por el agujero negro que había partido en dos a la ciudad. Recordó la quietud prevaleciente en dichos sectores, un sopor instalado en el aire a su alrededor, parecido al abandono en que ahora escarbaba Monge allí al fondo, rastrillando el patio reseco. Algo como un silencio entronizado junto al muro allí en Berlín, interrumpido aquí y allá por una suerte de ronquido subterráneo apenas audible, como el del arbitrario Wotan en su sueño inestable, oculto entre esos edificios con las ventanas tapiadas que aún sobrevivían de la primera época, cuando fueron clausurados por las autoridades orientales. Construcciones en que ningún berlinés quería ya vivir y que nadie alquilaba, todo el mundo parecía rehuirlas, aunque ya no estuvieran el muro ni las torres artilladas en la vecindad.
¿Sería el caso del patio allí abajo? ¿O de otros territorios que aún vinieran a engrosar el listado? En toda época y lugar habría todavía gente corriendo al encuentro de las balas o alcanzada por la metralla, un hombre o mujer abatidos en su fuga, sintiendo la ráfaga en las piernas, yéndose de bruces, reptando hacia una trinchera cercana –cuando la había– o resguardándose al fin junto al muro, rodando hasta allí para no levantarse de nuevo, agonizando durante horas, esperando a que la vida acabara de abandonarlos a través del orificio imprevisto en su estómago, con sus arterias vaciándose de a poco en el empedrado y ellos recogidos al centro de la nada, gimiendo a solas, despojados del último aliento bajo las nubes.
No, no lo tendría más fácil el viejo Monge. Quizá pudiera, cómo no, desmalezar el patio o hacerlo florecer nuevamente, pero no por ello conseguiría revivir en plenitud las esperanzas allí sepultadas, neutralizar con su azadón al temible Wotan dispuesto aún al jolgorio, a envanecerse de su obra en esos territorios arrasados.
Decidió recurrir a Beregovic –hombre bien relacionado– para conseguir el número de Prada. Quería hablar primero con el antiguo encargado del campo, le explicó por teléfono, antes de entrevistar a los sobrevivientes, para confrontar primero al hechor y luego evaluar su estela sangrienta.
–Pero no se complique, Larrondo, ¿para qué va a entrevistar a Prada? –le dijo inesperadamente Beregovic, descolocándolo un segundo.
–Me parece de interés –insistió él–. Es el villano invitado dentro de la crónica, ¿no?
–Sí, claro. Pero lo que se le pide es una crónica del lugar, no más que eso.
–Igual me gustaría hablar con el villano.
Del otro lado del auricular le llegó un suspiro.
–Bueno, si usted insiste –concluyó Beregovic–... Veré qué puedo hacer, alguien debe tener su número.
La gestión resultó inesperadamente provechosa y al otro día por la mañana la secretaria de Beregovic lo llamó para darle el número.
La voz que afloró esa noche en el auricular –estaba ahora en su estudio de la planta baja– no parecía la de un ordenanza, mucho menos la de Prada. Era la voz de alguien más joven que la del viejo militar, pero no por ello menos altanera. Una voz un poco estentórea, que llamaba al interlocutor a bajar automáticamente el volumen, como si entre ella y los demás hubiera habido un reparto tácito de los decibeles disponibles y, como ella utilizaba la mayor parte, el interlocutor debía necesariamente conformarse con un tono más bajo.
Larrondo se presentó en ese tono más bajo: era escritor e historiador –le pareció mejor realzar esta vez su estatus dual– y estaba interesado en hablar con el coronel Prada, si ello era posible.
–¿Y quién le dio este número? –inquirió la voz en tono cortante.
–Una autoridad del Ministerio de Información –le informó Larrondo–. El subsecretario.
–Ah, bueno, en ese caso –dijo el otro atenuando en forma automática el matiz impositivo, aunque no el volumen–... Igual tendrá que hablar antes conmigo. Efraín no está muy disponible para estas cosas, usted comprenderá –su empleo del nombre de pila al aludir a Prada sugería la familiaridad de un asesor cercano–. ¿Quién me dijo que era usted?
–Álvaro Larrondo. Me han encargado hacer la crónica del Campo D.
–¿Larrondo el escritor? ¿Hijo del abogado Larrondo? Conozco bien a su padre –dijo el otro variando el tono emocional de fondo, dando paso por primera vez a cierta cordialidad–. ¿El que dictaba la cátedra de procesal?
–Así es. ¿Y usted es… si puedo preguntarlo? –indagó cautamente Larrondo.
–El abogado del coronel. Godofredo Ruy Díaz, para más señas.
A la mente de Larrondo acudió instantáneamente el rostro severo de un antiguo personero del régimen militar, integrante del primer o segundo gabinete, al cual se había incorporado siendo muy joven –debía tener por entonces poco más de cuarenta años, hasta fue presentado a la prensa como una suerte de mascota incluida por razones indescifrables entre la gerontocracia restante.
–Además fui ministro de Justicia –corroboró él mismo ahora con voz aguardentosa, sugestiva de que ya no era tan joven y mucho menos la mascota de nadie–. Aunque ahora solo ejerzo la abogacía –aclaró e hizo una pausa. Luego volvió al asunto de fondo–: Así que va a escribir del Campo D, qué cosa más escabrosa. Mejor le hubieran encargado escribir de la vida del coronel, Larrondo, ¡es mucho más entretenida! ¿Qué sacan con seguir escribiendo de esas cosas y el Campo D, esas cuatro paredes destartaladas de las que nadie se acuerda mucho…?
–Precisamente para que alguien se acuerde de ellas –dijo él.
–Ya, ¿y con qué fin? No es tan malo el olvido, mi amigo, puede que sea incluso lo más aconsejable en estas circunstancias, ¡hay que dejarse de odiosidades! –El hecho de haber conocido a su padre le permitía ahora, en apariencia, hasta un dejo de complicidad–. Mejor escriba usted de Efraín y su vida, es más interesante. Fíjese que él mismo acaba de anunciar ahora sus memorias, la tontería esa.
–¿A usted no le parece buena idea?
–Al contrario, pienso que es una muy mala idea. No sabemos lo que pueda resultar de todo eso, podría repercutir de algún modo en su defensa. ¡O repercutirnos a todos! Y no estoy pensando en sus ideas o que no tenga derecho a exponerlas. En todo caso, Efraín no tiene muchas ideas –dijo y rio brevemente en el auricular–. Lo que sí maneja es mucha información, por razones evidentes. Cosas que es mejor dejar en el tintero, mi amigo, este país debe mirar al futuro –hizo otra pausa, reevaluando lo dicho sobre su defendido–. Pero es porfiado el hombre, como buen militar. Un hombre de convicciones, más allá de lo que alguien piense hoy de esas convicciones o los yerros en que pueda haber incurrido –mencionó esos «yerros» con liviandad, como si arrojar gente al Océano Pacífico hubiera sido una instrucción mal impartida por su cliente o una orden suya no bien entendida–. Durante esos años difíciles –precisó.
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