Luisa Valenzuela - Diario de máscaras
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En un diario de máscaras como este no es cuestión de hablar de esas dos bellas ciudades tan disímiles. Solo cabe mencionar las buenas amistades que allí forjé además de Sandra Shotlander y Joan, su compañera: mis compatriotas Ofelia y Roberto Brozky, la escritora Stephnie Dowrick, el fotógrafo Brendan Hennessy. Fue Brendan, original retratista de escritores y apasionado de la literatura quien, a pesar de ser irlandés, fue mi cicerón para conocer lo más australiano de Australia: sus animales. Necesitaba verlos, comenté, para no sentirme en Río de Janeiro estando en Sydney o en la Inglaterra victoriana al llegar a Melbourne. Brendan entendió y no quiso llevarme al zoo sino a un santuario, el Healesville, donde la fauna local vive en semilibertad. Y allí estaban aquellos bichos casi míticos. El ornitorrinco, que parece una vieja pantufla aplastada y es el único mamífero ovíparo y para colmo venenoso. Y el koala, como osito de peluche que en primavera se emborracha con las hojas nuevas del eucalipto y cae del árbol, y el wombat, ese perro-chancho. Allí escuchamos al kukaburra, el pájaro que ríe, y al pájaro campana que hace honor a su nombre. Fue en Healesville que una hembra de canguro enano, o wallaby, me permitió meter la mano en su bolsa de tibia felpa. En materia animal toco todo lo que puedo.
La fascinación por la fauna cimentó mi amistad con Brendan y pude confesarle que yo había viajado a Australia con una agenda oculta, como dicen en inglés: la secreta intención de llegar hasta Papúa Nueva Guinea y remontar el río Sepik para ver las fantásticas máscaras de la zona, pero me sentía tan pero tan agotada que no tenía ánimos para una incursión de esa envergadura. Andá a Bali, dijo entonces Brendan, yo te acompañaría si pudiera, pero estoy con mucho trabajo. Bali, repitieron mis otras amistades, un lugar donde podrás descansar, pero ni se te ocurra quedarte en Denpasar, la nada interesante capital, o ir a Kuta o Legian, las playas de moda llenas de australianos. No. En Bali el mar es considerado impuro, la montaña es sagrada, hay que ir a Ubud, sugirió Brendan. Y yo que me sentía morir, que no entendía por qué esa falta de fuerzas, por inercia saqué un vuelo barato a Bali. Como despedida, Brendan me dio una moneda de Papúa Nueva Guinea para que nunca olvidara mis sueños.
Resultó tranquilizador encontrar en la revista del avión un artículo sobre el jet lag. Entendí entonces mi dolencia, porque según explicaba se necesita un día de descanso por cada huso horario que se atraviesa en viaje. El vuelo transpolar de Buenos Aires a Sydney cruza al menos doce husos horarios, era solo cuestión de paciencia…
Y como el tema me interesó, un año más tarde, en la siguiente invitación a dar conferencias en Melbourne, me puse a investigar. En el vuelo de ida tenía a mi lado un joven ejecutivo gringo que me contó que no pasaba más de tres días en cada ciudad, y de Sydney debía viajar a Londres, y de allí a Los Ángeles y después… Agotada por la sola descripción del vertiginoso itinerario le pregunté cómo se arreglaba con el jet lag y esas cosas de los diferentes horarios. Ningún problema, me dijo él, en cuanto llego al hotel, donde quiera que sea y a la hora que sea, me pongo el equipo de jogging y salgo a correr; en una hora de ejercicio aeróbico mi organismo ya se adaptó a los cambios.
Me resultó una idea sensata, pero no me dio ganas de ponerla en práctica.
En el viaje de regreso me tocó un ejecutivo australiano, mayor que el anterior pero de equivalente trayectoria. Le hice la misma pregunta y él propuso algo más sencillo: ni me entero del famoso jet lag, me dijo; yo bebo… Y para demostrarlo no cesó de pedir whisky durante las veintipico horas de vuelo. Eso sí, me dejó otra enseñanza práctica que consiste en descubrir, de acuerdo a sus preguntas, de qué ciudad de Australia viene nuestro interlocutor. A saber:
Quien pregunta ¿quiere usted una cerveza? es de Perth. ¿A qué iglesia concurre? es de Adelaide. ¿Cuál es su universidad? es de Melbourne. El de Sydney preguntará ¿cuál es su club? Y el de Brisbane ¿quiere usted otra cerveza? Él, fácil comprobarlo, era de Brisbane… No se me ocurrió en aquel momento sugerir la pregunta apropiada para reconocer a los de Alice Springs, en el corazón de la isla: ¿cuál es su Ensueño?
Mi propio ensueño es decir mi animal totémico, según me dijeron los abos de Tranby en ese segundo viaje, era el emu, enorme ave de plumas mórbidas pariente en las antípodas de nuestro ñandú, cuyos huevos son empollados por el macho. También me regalaron una uña de ese ave gigante y, tallado en piedra un huevo negro con sus símbolos. Para protección, me dijeron. Lo habría puesto a empollar sobre el abanico de plumas de avestruz de mi abuela si éste hubiese sobrevivido a mis mudanzas.
Adenda zoológica
Empecé tocando los lentos babeantes caracoles de tierra, cuernitos de ternura.
Estando embarazada jugué a ser un hipopótamo en tibio río africano.
Nunca quise jugar al avestruz. Sí al emu, que no escondía la cabeza en la arena.
Me adorné con víboras, me las puse como collares y pulseras, igual que la Phidusa.
Antes que nada, para empezar la historia, me senté sobre el montículo de hormigas y me cubrí de hormigas coloradas. Lindo bicho, dije, admirándolas.
Quizás aún antes hubo otros contactos; no los tengo registrados.
Toqué la negra aterciopelada tarántula que me presentó el criador.
Toqué la boa constrictora y toqué la anaconda.
He tocado al puma suelto. Al tigrillo lo empecé a tocar con la punta de mi lápiz, lo seguí tocando con un dedo, la mano, y por fin lo saqué de la jaula y me lo acerqué a la cara.
Palmeé el rinoceronte en cautiverio (y al rinoceronte pareció gustarle).
El guardián de un zoológico me arrancó del sitio dos milímetros antes de acariciarle la zarpa extendida al oso polar.
Hubo besos y abrazos de chimpancés, montonal de abrazos de Darwin, el mono araña amigo.
Nos entendimos con aquella perra boxer (¡guardiana!) que en Oberá, Misiones, me invitó a pasar al jardín, me guió hasta su casa-cucha y para espanto de sus dueños me permitió alzar sus cachorritos recién nacidos.
Alguna vez toqué una lagartija, la tuve entre las manos sin haberla cazado.
Memorables sapitos de Punta del Este, negros como de seda fina con la panza a puntitos rojos y amarillos. Había muchos entonces; hoy ya están casi extinguidos.
Para no hablar de bichitos de luz, luciérnagas, mariposas (¿y la crueldad de convertirlos en joyas?).
Mi langosta saltona favorita en el año de la manga de langostas. Renga la pobre. Creo que la bauticé Pancho.
Muchísimos perros y gatos, claro.
Un pájaro se quedó en lo alto de una ruina en Massada, dejándome acercar muy cerca. Y abajo el Mar Muerto.
Podría hacerme amiga de un ratón. De una araña; las respeto, como a la araña Estrella, o a las Pepitas patudas de mi casa en Tepoztlán.
Nunca de un leopardo negro como el de la otra noche en sueños, el que se fue acercando incontenible por puertas que no cerraban bien. Una puerta a cada lado de la misma pared. No podía cerrarlas y tampoco importó tanto, porque el leopardo negro pasó a formar parte o era parte de esa pieza, de esa escena, de mí misma. Mi máscara.
Primera vez en Bali
Fue poner un pie en el aeropuerto de Denpasar, mencionar la palabra Ubud y ya un enjambre de choferes de taxi y demás medios de transporte, más o menos públicos y más o menos destartalados, me ofrecían llevarme hasta esa ciudad central y me ofrecían hoteles y hostales y pensiones y lo que fuere. Por qué elegí al que elegí solo los dioses del panteón hindú, que se veneran en Bali, lo saben. Pero ahí estaba yo, metida en ese coche que avanzaba a los tumbos por las rutas de la isla, sin saber a ciencia cierta dónde quedaba mi destino. Me sucedió tantas veces a lo largo de mi vida que solo atiné a recordar nuestra Biblia telúrica y me recité esos versos del Martín Fierro que dicen “Derecho ande el sol se esconde / tierra adentro hay que tirar; / algún día hemos de llegar... / después sabremos adónde”.
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